Soy isla: la lucha contra el gen gregario

Última crónica desde Tierra del Fuego: cuando estas líneas lleguen al periódico, estaremos surcando el Paso Drake, que los hispanos preferimos llamar Mar de Hoces. Digo “preferimos”, en primera persona de plural, pues ¡cómo no sentirse hispano en este rinconcito de Argentina donde nos quieren, o hace unas semanas en la chilena Punta Arenas, o tal vez dentro de unos meses en el inmenso Brasil, cuya lengua agarimosa me trae a la memoria ecos de Galicia! ¡Adoro Brassssil!

Dos chicas sonrientes me abordan en inglés en una pizzería de Ushuaia: se han quedado sin mesa para comer, está completo, y mi computadora y yo ocupamos cuatro asientos, que les invito a compartir. Me entran en inglés, la lengua franca del imperio; pero son brasileñas, de modo que en pocos minutos estamos hablando de cosas comunes: Vanessa de Oliveira (ese Oliveira portugués, tan familiar) ha sido alumna de mi querida amiga Nélida Piñón, gallega de Cotobade, brasileira universal, la estrella más dulce del firmamento literario. A República dos soños. Voces do deserto.

—¿Conoces a Nélida Piñón? -la sorpresa de Vanessa es inmensa, y el destino pone cita, quién sabe, tal vez, a un reencuentro en Sâo Paulo.

Nos despedimos intercambiando redes sociales, labios que se besan en el espejo retrovisor del selfie; y recalo en otra taberna con el primer oficial, Oscar Macián Avendaño, catalán+gallego, en vez de ocho apellidos vascos, siete generaciones de diáspora sin perder las raíces. Nos une Serrat, el poema Palabras para Julia, y una conversación íntima en esta tarde afortunada: a nuestra vera se han sentado, bulliciosas, cuatro jóvenes de Huesca. Han venido a la taberna más antigua de Ushuaia, con las paredes cubiertas de mensajes de varias generaciones; han venido porque sus padres también dejaron aquí su papelito… ¡y lo encuentran! “Ser de derechas se cura viajando y leyendo”, escribió el papá de Huesca. Selfie que te crió para mandar a casa por la waifai.

Esto es Ushuaia, amigos, pasen y vean: pronto construirán un dique gigante para cruceros de lujo; miles de turistas en buses con air conditionated se desparraman por Bahía Lapataia, que recorrí solitaria hace treinta años. Donde solo había Naturaleza, ahora hay un Parque Temático. Visa is coming. Pague con su Iphone: tenemos waifai en toda la isla.

Conocí entonces, en diciembre de 1986, al naturalista húngaro Miklos Udvardy que estaba elaborando un Mapa de provincias biogeográficas del mundo, para la Unesco. La idea es fantástica: en vez de Estados y fronteras, el Planeta dividido en 150 provincias fitogeográficas, basadas en los ecosistemas. “Debemos salvar los recursos de la tierra para las próximas generaciones”, me dijo Udvardy, y en esa tarea seguimos.

En Lapataia hago cuatro horas de senderismo por playas y bosques de lengas y guindos, con Oscar y Arnau; una excursión deliciosa, sana, digna de Darwin, que encontró aquí la evolución de las especies; como él, vamos cogiendo muestras científicas: hojas, bayas, gemas de pizarra verde, del mismo tono que el Lago Esmeralda. Tierra del Fuego, tiene su magia.

Vivir cada instante

De regreso a Ushuaia, me ofrecen un mate en el pub Placeres Patagónicos, y me dejo. En materia de placeres, conviene dejarse llevar, aunque el mate amargo me desvela y la madrugada me encuentra leyendo el libro de Perla Bollo, Soy isla. Una mujer caminando la Tierra del Fuego. Una mujer caminando sola, luchando contra el gen gregario. Somos grey, rebaño; pero Perla trabaja su soledad. “No necesito -se repite- más que lo que pueda cargar”, y camina días y días sola, sobre la nieve, con dedos del pie izquierdo congelados y escasez de víveres: llega a sufrir hambre real, pasa la Nochevieja en soledad en Península Mitre, se baña desnuda en el mar helado y camina descalza.

Pero su viaje es interior. Esta cita de Soy isla conviene a nuestra expedición en estas fechas familiares: “Las distancias no sirven únicamente para alejarse. Tomar distancia nos permite cambiar los puntos de vista, Acercarnos. Redimirnos. Perdonarnos. Crecer. Olvidarnos. Encontrarnos. Alejarnos hasta tal punto que sintamos la humana necesidad de regresar…”.

Despedimos 2016 haciendo sonar la bocina del Sarmiento: la improvisada familia de marineros se abraza. Gen gregario, también lo cultivan los pingüinos, que se dan calor mutuo en el largo invierno polar. Con el Año Nuevo partiremos otra vez hacia la Antártida: mi tercer viaje al hielo, escapando del gen gregario, como Perla Bollo. Como ella, yo también soy isla y “mi primera necesidad es vivir cada segundo de mi vida intensamente”.

Las cuatro gregarias de Huesca, que viven desparramadas, se han reunido para pasar las vacaciones en Calafate y Tierra del Fuego: la Navidad les importa un pito, como a Perla y a mí. Pero seguimos celebrando el gen gregario, rescoldos de la infancia, atrapados en nuestra telaraña emocional. Las cuatro simpáticas adolescentes de Huesca, como mis hijas Zoraida, Sandra y Alicia, tienen la vida por delante para vivirla intensamente.

Las felices brasileiras vienen a despedirnos al puerto de Ushuaia, pero el mar, o el destino caprichoso, se atraviesa. Un viento de 40 nudos cierra la bahía donde está fondeado el Sarmiento. No habrá despedidas, ¿acaso no es mejor así? Confiemos el rumbo de 2017 al viento. “Baraja las cartas la mano de Dios”.

Apenas ha despegado el avión hacia Sâo Paulo, el viento encalma, se abre el puerto y bajamos a tierra. El destino juega con nosotros, le digo sonriendo a la segunda cerveza roja Beagle, que abre mis poros en canal. Estoy lejos de casi todo lo que quiero, y nunca me sentí más cerca, pero he venido a la Antártida, como Perla Bollo a Tierra del Fuego, a plantarle cara al gen gregario. No quiero ser rebaño: soy isla.

Mañana, al atardecer, zarpamos…

ValentínCarrera, Ushuaia (Argentina)

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