Lago Esmeralda: las Llanuras del misterio

¿Qué sabemos de la Tierra? Poco o, por decirlo de otro modo, inmensamente nada. No niego el avance de la ciencia; al contrario, lo afirmo. El vulcanálogo Amos de Gil me explica la que vamos a bautizar, provisionalmente, como Ley de la Relatividad Antártica: “¿Qué sabíamos treinta años atrás del volcán de Isla Decepción? Muy poco. Hoy tenemos datos, conocemos, o creemos conocer, cómo se mueven las placas, podemos detectar una erupción, pero quizás dentro de otros treinta años los investigadores del futuro se sorprendan de lo poco que sabemos”.

La charla transcurre en la sala de informática del buque Sarmiento de Gamboa, convertida en centro de discusión y tertulia de la Expedición Española a la Antártida: aprendiendo algo nuevo cada minuto. Hemos dejado en Decepción a nueve científicos, ellos y ellas, y el barco ha cruzado de nuevo el Paso Drake, rumbo Norte, hasta enfilar el canal Beagle, para pasar Navidad y Fin de Año atracados en el muelle de Ushuaia, al que se asuman dos cadenas de montañas glaciares. Si les cuento que he pasado el terrible Drake, por segunda vez, con calma chicha, pensarán que tengo mucha suerte, o que les engaño y estamos navegando por el Caribe, pero las fotos no mienten: el Drake soleado, sin una nube, sin una ola, apacible, acogedor, tierno. Lo he disfrutado en cubierta con el primer oficial, Oscar Macián y dos compañeros búlgaros, tomando el sol en manga corta. ¡El Drake!

La Antártida ya no es lo que era, ¡y no digamos Tierra de Fuego, convertida en fetiche turístico! Si usted aún no conoce Ushuaia, es seguro que alguien de su familia o amigos ha estado aquí pateando el glaciar Perito Moreno o las chilenas Torres del Paine. Caravanas de japoneses, miles de argentinos que disfrutan sus vacaciones de verano (32º en Nochebuena en Buenos Aires), senderistas europeos de todas las nacionalidades, menos ingleses que les tienen tirria por la “ocupación ilegal de las Malvinas desde 1833…”

¡Ah, los ingleses! El padre del evolucionismo, Charles Darwin, fue uno de los primeros en visitar Patagonia, en diciembre de 1832, a bordo de la corbeta Beagle, que da nombre al canal de Ushuaia. El científico más progresista de todos los tiempos usa un lenguaje que hoy sería reaccionario: llama salvajes a los fueguinos, a los que considera seres inferiores, “innobles y asquerosos salvajes”: su lengua, que no merece a Darwin el nombre de lenguaje articulado, le recuerda el sonido de un hombre haciendo gárgaras. “No me imaginaba -dice en Viaje de un naturalista alrededor del mundo- cuán enorme es la diferencia que separa al hombre salvaje del hombre civilizado; diferencia mayor que la que existe entre el animal silvestre y el doméstico”.

Esto lo escribe en 1830 el naturalista que desafía la ignorancia teológica y da un paso de gigante para la Ciencia. En su viaje por la Patagonia, Darwin casi llega a alcanzar el Lago Argentino, remontando los 385 kms del Río Santa Cruz, pero se quedó en “la Llanura del misterio”, y el mundo civilizado hubo de esperar hasta 1873 (exploración de Feilberg a bordo del Chubut) y, sobre todo, hasta el viaje de Francisco P. Moreno, que pateó a fondo la Patagonia Austral en 1876: el descubridor del telúrico glaciar que lleva su nombre, glaciar Perito Moreno, el más visitado por miles de turistas invasores. Predominan japoneses y europeos con pasta: gracias a ellos Ushuaia es la ciudad más austral y más cara del mundo, sin hablar de su desastroso urbanismo, otro misterio.

Pascasio Moreno, que así se llamaba el Darwin argentino («Perito Moreno», vino después, cuando el gobierno de Buenos Aires le nombró perito en la disputa fronteriza con Chile) se sorprende, como nuestro investigador Amos de Gil ciento cuarenta años después, de lo poco que entonces se sabía de la Patagonia. Ley de la Relatividad Antártica: el ignorante Gobierno pretende poseer unas tierras cuyos límites, lagos, glaciares, habitantes, tribus, razas, idiomas, costumbres, clima… nadie conocía.

Moreno, el primer antropólogo que convive bajo los toldos con mapuches, aucaches, onas, tehuelches, describe en un libro ameno la llegada al Lago Argentino. Y siente el orgullo patriótico de informar a su Gobierno “que la Llanura del misterio del almirante FitzRoy ha sido explorada”. La frescura de su relato me ha acompañado ayer en una excursión al Lago Esmeralda, cerca de Ushuaia. Durante la ascensión, atravesando turberas, presas de castores y bosques de lengas, me interpelaba la pregunta inicial, ¿qué tanto sabemos de la Tierra?

“¡Cómo ha cambiado la vida en pocos años!”, se sorprendía el capitán del Sarmiento, Pablo Fernández, ante la ristra de turistas enviando fotos a medio mundo por güasap desde la orilla del Lago Esmeralda. Un bullicio. Apuramos el atardecer para ser los últimos y disfrutar en soledad del anfiteatro natural: una gema verde esmeralda engarzada en una sortija de picos plateados. Sentí la misma emoción de Darwin y de Pascasio Perito Moreno: la pequeñez de la dimensión humana ante la Naturaleza, de la que sabemos tanto y, en verdad, tan poco. Nuestro conocimiento científico se rige por la ley de la Relatividad Antártica: un continuo work in progress, a hombros de gigantes, desde el vacío hacia el abismo, avanzando por las Llanuras del misterio.

A eso hemos venido en esta XXX Expedición Científica Española a la Antártida. Tras recalar en Tierra de Fuego, dentro de pocos días volvemos a Isla Decepción para estudiar su misterioso volcán, sentir de cerca el olor de los pingüinos y, ¡quién sabe!, encontrar en los ojos de una sirena el fondo del lago Esmeralda.

ValentínCarrera
Ushuaia (Argentina)

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