Cuentos para ser oídos: Ronfís y Las Montañas de Canaán

Un vergel en el desierto de nieve

Lo que voy a contaros sucedió cuando los animales hablaban. En aquellos tiempos hubo una gran guerra; dicen que fue la guerra más grande de todas las guerras. La batalla final sucedió en un día de verano. Antes de empezar la matanza ya lucía el sol y pegaba fuerte el calor; sin embargo, cuando acabó la lucha, llegó un frío repentino. Empezó a nevar, los árboles perdieron las hojas y los carámbanos colgaban de las ramas. El hielo y la tristeza se quedaron por todas partes.

En aquella batalla muy pocos sobrevivieron; murieron los reyes, los príncipes y los más poderosos guerreros. Las reinas y las princesas desaparecieron también.

El campo de batalla quedó cubierto de heridos, moribundos y cadáveres. Pasaron no sé cuántos días, mucho tiempo, y uno de aquellos cuerpos heridos y amortecidos, una noche, despertó. Abrió los ojos y lo invadió una gran desolación: todo era nieve y frío, todo muerte y tristeza. El invierno reinaba en pleno verano.

Ronfís era pastor de oficio y de familia, así que cogió y se fue de allí en busca de algo de comida, algún sitio donde calentarse, algún pueblín o alguna casa. Se puso a caminar sin rumbo por el alto de aquella montaña, por donde la Cruz de Ferro y por el Redondal, por esos montes de Foncebadón y Montirago. Al estar todo tan nevado se desorientó; pero, después de dar tumbos como un vagabundo, a la séptima noche, se encontró con una casa solitaria. A través de las ventanas, ya desde muy lejos, veía salir el rubor de la lumbre dentro de la casa. Al llegar cerca se percibía, goloso, el aroma de la comida recién cocinada.

Aquella casa tenía un cercado alrededor. Dentro de él no había nieve; allí los árboles estaban cubiertos de hojas verdes, llenos de fruta madura: naranjas, manzanas, melocotones… Había también una huerta cultivada con todo tipo de verduras, hortalizas y legumbres. Además, crecía con fuerza un elegante jardín florido, con plantas aromáticas y especias.

Ronfís se quedó pasmado al ver aquel misterioso vergel de mil maravillas en medio del desierto de nieve. Llamó a la puerta. Llamaba y llamaba, pero nadie respondía. Como tenía más hambre que vergüenza, abrió y entró. En medio había una mesa con dos sillas. Ante una de ellas, cuidadosamente colocada, había una vajilla completa y dispuesta para comer, con sus cubiertos, sus platos, una copa de vino y una botella llena; no faltaba detalle. En una fuente lucían los colores de variedad y cantidad de frutas y manjares; todo mejor de lo que se puede imaginar. Dentro de la casa la temperatura era estupenda, había lumbre en la chimenea y la luz lo llenaba todo; era una luminosidad misteriosa que no daba sombras ni reflejos, una claridad que no venía del fuego y que no se podía saber dónde nacía, simplemente estaba allí en todas partes, llenando cada hueco, cada rincón.

Al pie de la lumbre había un balde de plata con agua cálida y limpia, de esa que nunca se enfría ni se enturbia. A su lado, en un pequeño mueble, estaban los jabones y perfumes, de aromas delicados. Todo listo para el baño.

Llamó a los amos de la casa y, como no había nadie que respondiera, comió en abundancia y bebió cuanto quiso. Después se bañó y, casi al instante, las heridas de su cuerpo mejoraron enormemente. Además, recuperó un tercio de su fuerza.

Reparó que había una puerta abierta y, por buscar a los dueños de la casa, entró. Aquella habitación estaba oscura, en tinieblas, pero encontró una cama suave y agradable donde se acostó para descansar mejor que nunca.

Amaneció. Encontró la mesa puesta con un desayuno como el que toman los más exquisitos reyes. Se sació y, cuando quiso darse cuenta, la mesa estaba ya recogida y limpia, la vajilla había desaparecido. Lo mismo había ocurrido en la cena. Antes de que sus ojos pudieran reparar, aquello en lo que pensaba, todo lo que quería, pues aquello sucedía; sus deseos tomaban forma y se materializaban al instante.

En el ambiente sonaba una música dulce y tranquila que calmaba su espíritu y le transmitía las sensaciones más agradables. Buscó a los músicos, pero no encontró a nadie. La música nacía de la misma casa, sin que se pudiese decir en qué lugar se producía.

Y durmió la segunda noche. Al otro día todas sus heridas se curaron, todas sus fuerzas sanaron. Estaba como después de haber descansado muchas semanas. El segundo día pasó como el primero y llegó la tercera noche.

De madrugada, pero aún de noche, acostado sobre su lado izquierdo, notó en su espalda algo frío, grande y un poco áspero. Aquello se frotaba suavemente contra él. Se despertó con sorpresa y confusión, apalpó aquella cosa y, al momento, de ella manó un olor repugnante que le golpeó la nariz. Aguantando las náuseas tocó a tientas todo alrededor y pronto supo que estaba acostado en la cama con un culebrón enorme; conque saltó de la cama, cogió la espada y salió corriendo hasta la lumbre que ardía en el comedor.

Allí, desnudo y de pie, esperó a que el culebrón saliera a la luz. Esperó todo lo que quedaba de noche. Tan pronto como despuntó el sol salió del dormitorio una dama de cabello moreno, cara luminosa, piel de color del pantrigo, dientes de perlas y ojos azules como el cielo.

Ronfís guardó silencio; quedó impresionado ante aquella mujer tan bella y resplandeciente. Al verse uno frente al otro, los dos se enamoran al instante, los dos sienten que sus entrañas tiemblan y que una fuerza misteriosa los recorre y los enlaza.

Ella dijo:

– Todo lo que tenías que hacer era quedarte conmigo en la cama y abrazarme, besarme; lo que no debías hacer jamás era levantar tus armas contra mí ni abandonar nuestro lecho. Has hecho lo que no debes, y ahora no encontraremos paz en nuestro reino, ni la tierra dará fruto.

Ronfís entendió que aquella era una dama encantada, el encanto que habitaba aquella casa maravillosa. Entonces le habló y tuvieron una conversación parecida a esta:

– Ahora entiendo lo que está pasando, pero también sé que conoces la manera de romper el encanto que nos enreda; yo también estoy encarcelado en él contigo, mi destino se ha unido al tuyo y solo liberando tu encantamiento podremos encontrar paz y riqueza para el reino y podrás liberarte de esa prisión. Cuando te vi, sentí en mi corazón el salto del amor y no podré parar hasta liberarte de ese encantamiento o morir.

– Ronfís, nada mejor podría oírte decir, pero poco puedo ayudar ahora, porque lo único que sé es que el vínculo que nos une, quien ha enlazado este encanto con nosotros, el dragón que nos envuelve con su aliento, vive en las montañas de Canaán. Si vas allí y decides deshacer este encantamiento yo sería tu reina y tú serías mi rey. Por ti esperaré en este nuestro lecho. Por ti esperaré para contarte que eres el amor que tengo dentro de mí. Ahora no soy más que una visión y ni siquiera tengo un cuerpo verdadero para abrazarte y besarte. Ve, rompe este hechizo. Estaré aquí esperándote.

– Haré lo que digas que se debe hacer, incluso si eso acaba con mi vida; pero quisiera, al menos, saber tu nombre y a qué lugar debo dirigirme para llegar a esa montaña de Canaán…

– Mi nombre solo se podrá pronunciar cuando esté desencantada, no ahora. De las montañas de Canaán no sé nada más que su nombre. Tendrás que preguntarle a quien sepa, quizá un sabio, alguna persona tiene que saber.

Y con este juramento en su corazón, Ronfís salió en busca de las Montañas de Canaán.

 

Tres majestades de tres reinos de aquí mismo

Ronfís salió en busca de alguien que le pudiese ayudar a encontrar las montañas de Canaán. Como se había perdido por aquellas tierras extrañas, ni sabía dónde estaba ni hacia dónde ir. Al principio caminaba por la nieve adivinando los senderos sin saber qué hacer hasta que, a fuerza de pisar, le llegó un fuerte pensamiento y consideró que el rey de las montañas debería conocer los nombres de todas las montañas, debería de saber dónde están y como se llega hasta ellas. Pero claro, el cuento era saber dónde estaba el rey de las montañas. Así que, siguió caminando entre la nieve y pasaban los días sin que viese a nadie.

De aquella los animales hablaban, cada uno su idioma, pero también existía un idioma común que se había acordado entre todos para charlar de las cosas de los animales. Hoy en día se ha olvidado ese idioma; sin embargo, Ronfís había aprendido en la escuela la charla de los animales.

Después de andar y caminar llegó al borde de un río y, usando el idioma común de los animales, llamó a la reina de las truchas de ese río y le preguntó si sabía dónde estaba la morada del rey o reina de las montañas. La reina de las truchas de aquel río dijo que el rey de las montañas, como es lógico, vivía en la cima más alta de esas tierras.

Muchos trabajos pasó Ronfís para subir aquella cumbre, al Catoute; por fin llegó y, en el punto más alto, preguntó por el rey de las montañas, dijo:

– Con el debido respeto os pregunto ¿dónde puedo encontrar al rey de las montañas, podría hablar con él?

Del peñasco más alto de ese lugar salió una voz que decía:

– Lo que quieres saber es, justamente, lo que debo callar.

Ronfís porfiaba y porfiaba, repetía una y otra vez la misma pregunta; sin embargo, la voz que contestaba hablaba cada vez más bajo, siempre decía lo mismo: “Lo que quieres saber es, justamente, lo que debo callar”. Al cabo de un rato ya no se oía lo que decía.

Volvió a bajar al río y llamó a la reina de las truchas del río Boeza. Pensó que seguramente la reina de los valles y las tierras bajas debería saber dónde están las montañas de Canaán, porque los valles están siempre entre montañas; por eso le preguntó a la trucha por la morada del rey, o reina, de los valles y de las tierras bajas. La trucha dijo que su majestad se pasaba el día durmiendo. Dormía dentro de un roble que estaba en la curva del río, allí mismo.

Llegó al rebollo y le dijo:

– Con el debido respeto os pregunto ¿dónde puedo encontrar a la reina de los valles y de las tierras bajas, podría hablar con ella?

La respuesta salió del tronco del árbol:

– Lo que quieres saber es, justamente, lo que debo callar.

Ronfís porfiaba y porfiaba, repetía una y otra vez la misma pregunta; sin embargo, la voz que contestaba hablaba cada vez más bajo. Siempre decía lo mismo “Lo que quieres saber es, justamente, lo que debo callar”. Al cabo de un rato ya no se oía lo que decía.

Entonces pensó que tal vez el rey de las profundidades de la tierra podría saber dónde estaban estas montañas, porque al fin y al cabo las montañas siempre tienen cuevas que pertenecen al reino de las profundidades.

La reina de las truchas del Boeza le dijo que tendría que volver a subir al Catoute y buscar una cueva que hay entre tres grandes peñascos; allí vivía la reina de las profundidades de la tierra.

Después de muchos trabajos y muchas vueltas entre la nieve encontró aquella cueva y, en la lengua común de los animales, dijo:

– Con el debido respeto os pregunto ¿dónde puedo encontrar a la reina de las profundidades de la tierra, podría hablar con ella?

De la caverna que hay entre esos tres peñascos salió una voz que dijo:

– Lo que quieres saber es, justamente, lo que debo callar.

Ronfís porfió hasta que la voz de los peñascos dejó de oírse.

Desesperado ya, sin ideas, comenzó una caminata sin rumbo que duró siete meses. Durante ese tiempo no se encontró con ninguna persona, pero sí con algunos animales, a todos ellos les preguntó por aquellas montañas, pero nadie conocía el sitio de las Montañas de Canaán.
Al cabo de siete meses y siete días llegó a un cruce de nueve caminos en un lugar que llaman El Couso.

Allí se encontró una furibunda discusión de un águila, un león y una hormiga; los tres muy enfadados. Por culpa de la nieve de aquel invierno, que nunca terminaba, corrían tiempos de escasez y de hambre. Aquellos tres razonadores discutían, cada uno con sus argumentos, quién de ellos debía comerse un mostrenco que había muerto en el cruce de los caminos.

Discutieron sin cesar y sin ningún acuerdo posible. Ronfís escuchaba atento las razones de uno y de otros. Entonces tuvo una idea para juzgar de manera justa aquella disputa y les habló:

– Creo que es posible un acuerdo satisfactorio para todos y cada uno de ustedes tres.

– ¿Y qué es? Necesito toda la carne para mi gran cuerpo – Dijo el león.

– No creo que sea posible, necesito mucha comida para mi guarida de miles de hormigas.

– Lo dudo, necesito mucha comida y fuerza para poder levantar el vuelo y estar en el aire, ¡no me vale poca cosa!

– Pues escuchen el acuerdo que les propongo: De este buey puede llevar la hormiga a su hormiguero la sangre, la piel y el tuétano. Estos alimentos serán suficientes para pasar este invierno. El águila puede comer la grasa y las tripas que le darán energía y fuerza para volar y batir sus alas durante mucho tiempo. El león podrá comer la carne para mantener su cuerpo fuerte y musculoso.

Los tres quedaron satisfechos y coincidieron en que era una sentencia justa a su disputa, por eso hablaron así:

– Yo soy el águila, reina de los pájaros y las montañas. Ahora debo hablar y decir que yo misma, gracias a tu buen juicio, te llevaré a las montañas de Canaán. Además, te daré un regalo.

Y cogió una pluma de su cuerpo y la colocó en la cabeza de Ronfís, la pluma se perdió entre su cabello y desapareció.

– Ahora, cuando necesites convertirte en algún pájaro, todo lo que tienes que hacer es decir estas palabras: «Ave me vuelva», y tu cuerpo humano se transformará por encantamiento en el cuerpo de un pájaro y volarás cómo el pájaro, con las cualidades de cualquier ave que elijas.

Entonces tomó el león la palabra:

– Soy el león, rey de los animales de tierra, los valles y las llanuras. Yo también estoy agradecido por tu sentencia juiciosa. También tengo un regalo para ti.

Y sacó una guedeja de su melena, la posó en la cabeza de Ronfís y aquel pelo se perdió entre el cabello del mozo.

– Ahora, cuando necesites convertirte en un león, todo lo que tienes que hacer es decir estas palabras: «León me vuelva», y tu cuerpo humano será intercambiado por cuerpo de león, por encantamiento, con su misma fuerza, furia, ferocidad y valor.

La última en hablar fue la hormiga:

Soy la hormiga, reina del suelo, de los animales que sobre él se arrastran, reina de las profundidades de la tierra y de los animales subterráneos. Yo también digo: gracias por compartir tu gran sabiduría. Tengo este regalo para ti.

La hormiga tomó de su cuerpo una pata y la dejó caer entre los pelos de Ronfís, donde se derritió para formar parte de su propio ser.

Ahora, cuando necesites convertirte en una hormiga, todo lo que tienes que hacer es decir estas palabras: «Hormiga me vuelva», y tu cuerpo humano será convertido, por encantamiento, en un cuerpo de hormiga, con su misma fuerza, habilidad, esfuerzo, tamaño y constancia.

Ronfís estaba emocionado con lo ocurrido y, aunque aún no sabía dónde se encontraban las montañas de Canaán, la reina de las aves lo iba a llevar allí.

Cuando llegó el momento, montó a caballo del lomo del pájaro, un águila gigante, y comenzó el vuelo. Mucho antes de lo esperado llegó a otras montañas de rocas calvas y valles de fondo verde; Allí abajo subía un hilo de humo de una cueva, al pie de un prado.

– Estas son las montañas que estás buscando, el lugar de tus trabajos. El humo que ves salir de la cueva, efectivamente, es humo; pero también es el aliento del culebrón, el dragón que come las vacas y destroza los rebaños de estas tierras. Ahora, si quieres, puedo descargarte donde me digas, o también puedes volverte pájaro y volar donde tu espíritu lo determine.

– Por lo que dices de los rebaños creo que en estas tierras viven personas, llévame cerca de la morada del amo y señor de las tierras donde está la cueva del dragón, por favor.

Ronfís y la reina de los pájaros se despidieron con gran cariño y ceremonia; por los acontecimientos que estaban viviendo quedaron obligados como parientes para siempre.

 

Púrpura sobre negro derrite la nieve

Ronfís vio cómo se alejaba la Reina de las Aves y se encaminó rumbo a la morada del señor de aquellas tierras. Preguntó quién era el amo de los prados y de la cueva donde salía el aliento del culebrón. Descubrió que era un conde, sin pensarlo se presentó ante él y consiguió trabajo de pastor.

Aquella ganadería se componía de muchas ovejas y cabras, caballos, vacas y bueyes. A cargo de Ronfís quedó un rebaño de 33 bueyes, 66 toros y 99 vacas. Todo aquel ganado estaba muy débil y esmirriado, preguntó la razón y le dijeron que casi no había dónde llevarlo a pastar:

… no lleves el ganado al prado de Canaán porque allí, en una caverna, vive un enorme culebrón que sale y devora cada animal que ve o que huele.

Ronfís se había presentado como un pastor de lejanas tierras en busca de empleo, por eso había escondido su armamento antes de ir a casa del conde a pedir trabajo.

El primer día, antes de llevar el ganado al prado de Canaán, pasó por el lugar donde había escondido la espada y todo lo demás.

Así se acercó armado con toda su parafernalia guerrera. Al llegar, con el olor de tantísimo ganado, el culebrón salió de su cueva enfurecido. Daba grandes rugidos, sus fríos ojos estaban necesitados de sangre, su enorme boca se abría lista para morder con aquellas docenas de dientes puntiagudos. Sacudía unas garras de uñas largas y fuertes, como dagas emponzoñadas de veneno mortífero. La cola era enorme y musculosa, la punta del rabo se disparaba hacia todas partes, cortando el aire, frenéticamente, como si fuese una lanza de mortal aguzo tóxico. Era de color negro, brillante como un cuervo.

En medio de su loco frenesí, el culebrón, al ver ante él tanto ganado, tuvo un momento de duda porque no sabía por dónde empezar. Entonces reparó en que solamente un vulgar guerrero, armado con escudo y espada, pastoreaba aquel rebaño y, por lo que parecía, se enfrentaba a él. El dragón dio un golpe aterrador con la cola en el suelo que hizo retumbar toda la comarca y exhaló un aliento caliente y paralizante.

Ronfís se veía perdido, no esperaba tan monstruoso culebrón; enseguida supo que su espada y su escudo eran un juguete para el dragón. Entonces se acordó de algo, y lo dijo:

– ¡León me vuelva!

En ese instante, su cuerpo se transformó en un león del tamaño del dragón. La piel era de color púrpura brillante e iluminaba toda la falda de las montañas, como el fuego de una fragua gigantesca. Aquel prodigioso león tenía cuatro garras terribles, coronadas por uñas espantosas, una boca poderosa de dientes como sables de acero y un cuerpo de enormes músculos, fortísimos y resistentes: Parecía tan invencible como el dragón.

Y lucharon todo el día hasta que se agotó la luz del sol, hasta consumir las fuerzas que tenían. Uno cayó y el otro también. Mientras ellos dos luchaban el ganado comía tranquilo. Como aquel era un lugar mágico la hierba tenía nueve veces más fuerza de lo común por lo que los animales enseguida se tornaron lucidos y hermosos.

Al segundo día Ronfís no se molestó en coger su espada, llegó a la cueva y dijo:

– ¡León me vuelva!

De nuevo apareció un león gigantesco, púrpura y brillante.

Aquel segundo día la lucha fue igual que el primero, los dos luchadores estaban parejos en fuerzas y también los dos tenían un encantamiento igual de poderoso.

Un encanto consta de dos partes: el ser y la visión. Por encantamiento alguien se convierte en otra cosa de manera que su ser anterior se reduce a una insignificancia sin importancia, donde se refugia el verdadero ser, mientras que todo lo demás es la visión. Cuando Ronfís pronunciaba las palabras “León me vuelva” él se convertía en una guedeja pequeña y vulgar en lo más profundo de la melena del león; todo lo demás era solamente la visión. Por eso, para hacerle daño a Ronfís, era necesario saber dónde estaba su ser y destruir aquel pelo anónimo de la melena del León. Lo mismo pasaba con el dragón, ¡¿quién sabe dónde estaba el ser?!

Ya que los encantamientos eran de fuerza similar, no había ni un ganador ni un perdedor… pero siempre hay una forma de deshacer el hechizo.

Pasaron seis días luchando el dragón contra el león, sin vencedor. El ganado del conde se puso gordo y lucido. El señor conde se mostró muy satisfecho con el trabajo de pastoreo de Ronfís, pero también estaba muy intrigado porque lo veía llegar exhausto cada día al anochecer.

Un día, mientras Ronfís cenaba, el conde le habló así:

– Apreciado Ronfís, estoy muy contento con tu trabajo y tu esfuerzo, en pocos días mi ganado está tan lucido como nunca. No sé cómo lo haces, dime, ¿cuál es el secreto de esta maravilla?

– Mi señor, todo lo que hago es llevar su ganado a los mejores pastos y cuidar que nada los moleste.

El conde no quedó contento del todo con esta respuesta, así que ordenó a sus hijas que vigilasen a Ronfís, sin ser vistas, para saber qué pasaba en realidad. Ellas le contaron lo que vieron.

– Mi padre, cuando Ronfís sale del palacio va a las montañas. En un lugar del camino, donde hay unos peñascos, comprueba que sigue allí su armamento: una espada, un escudo y su armadura; sin embargo, deja todo allí y sigue con nuestro ganado al prado de Canaán. Con cada paso que da, al acercarse a la pradera, cambia de color; es decir, se vuelve brillante y de él sale una luz granate más fuerte que si de un faro se tratara. Cuando llega con el rebaño a la pradera, sale el terrible culebrón negro y grande como la misma noche. Ronfís da un golpe en el suelo que parece ofender al mundo y se convierte en un león purpúreo y gigantesco, alto y formidable. Dragón y león luchan durante horas, pero no parece que ninguno de los dos pueda vencer al otro.

Lo que me contáis es fabuloso. Tal vez haya algo que podamos hacer para que gane esa lucha contra el culebrón», dijo su padre; que añadió: Ciertamente siempre me impresionó el encanto de este hombre, pero no pensé que fuera tan formidable. Esta noche hablaré con él.

El conde ya sabía que Ronfís era mucho más que un sencillo pastor. Aquella noche en la mesa de Ronfís estaban los más deliciosos manjares que el conde podía ofrecer. En esta ocasión, tanto él como sus hijas compartieron mesa con el pastor.

– Esta noche, querido señor, queremos mostrarle nuestro agradecimiento por todo el excelente trabajo que está realizando con nuestro ganado. También sepa que, permitiéndonos una pequeña licencia, hemos visto su lucha con el dragón y que nos sentimos inmensamente honrados de que un guerrero tan noble haga por nosotros la hazaña de matar al dragón.

– Gracias, mi señor. No es mi deseo hablar de mí, no importa quien sea, lo que cuenta es lo que haga y, por ahora, aún no he hecho nada, no he realizado hazaña alguna.

– De todos modos, señor, si lo tiene a bien, tal vez podamos ayudar de alguna manera; dígamelo, haré lo que sea necesario para acabar con ese dragón.

– Bueno, sí, hay algo. Si está en su voluntad hacerlo y en su mano llevarlo a cabo, pues que esta noche cada una de sus tres hijas, aquí presentes, haga un bollo de pan y mañana por la mañana, cuando me vaya, que me lo den caliente y entero. Si están de acuerdo es muy importante que permanezcan sin hablar, ni a mí ni a nadie, desde el momento en que empiecen a amasarlo hasta que me lo den, caliente y entero.

Así se hizo. Al día siguiente, por la mañana temprano, las tres hijas del conde le llevaron cada una su bollo, amasado por ellas mismas, caliente y entero, sin encetar.

Aquel séptimo día el dragón negro y el león púrpura estaban en feroz lucha. Ronfís iba reculando hasta unos peñascos donde había escondido los bollos de pan. Allí golpeó un mandoble fortísimo en el hocico del dragón, que abrió la boca; entonces Ronfís le metió en las fauces uno de los tres panes. Al instante el dragón se hizo un tercio más pequeño y débil; tanto daño le causó aquel pan que la serpiente gritó. En medio de aquel aullido Ronfís le metió el segundo bollo de pan en la boca. El dragón era ya poco más que una simple serpiente que se veía perdida, con gran rapidez se retiró a la grieta donde estaba la entrada de la caverna; cuando Ronfís la agarró por la cola la culebra se volvió para dar un último mordisco, pero se encontró con el tercer bollo de pan que, así, se le metió en la boca.

Al comer el tercer bollo se deshizo el encantamiento del dragón. Por eso la visión desapareció y apareció el ser, pero no era el ser verdadero, era un ser encantado. El dragón era el encanto de un encanto … o de más, ¿quién sabe?

Al desaparecer el dragón apareció una paloma blanca que, rápidamente, levantó el vuelo sobre las colinas de aquellas montañas.

Entonces Ronfís dijo:

– ¡Ave me vuelva!

Y se convirtió en un veloz halcón que cazó la paloma en el aire. Al comerla encontró en su interior un huevo. En realidad, esto es lo que estaba buscando: el huevo.

Ronfís guardó el huevo en un morral y caminó hacia la cueva de Canaán. La grieta de la cueva era tan estrecha que no podía pasar, así que fue entonces cuando dijo:

– ¡Hormiga me vuelva!

Y apareció una hormiga muy fuerte y ágil que cargó con el huevo y entró en el pozo. Dentro estaba un gigante formidable que medía más de una braza entre ojo y ojo. Se miraron en la oscuridad, pero enseguida Ronfís sacó una honda de la bolsa, puso el huevo en ella y lo arrojó tan fuerte y con tanta puntería que se lo estrelló al gigante entre los ojos, le golpeó con tanta potencia que se lo metió dentro de la cabeza. De este modo se deshizo el encantamiento del encanto del encanto del encanto. La cabeza cayó a un lado y el cuerpo a otro, las dos partes quedaron muertas y sin vida para siempre. De una gota de la sangre que rezumaba de aquellos despojos surgió el ser que había causado todos los males: un enano con unas orejas muy grandes, que temblaba de miedo.

Lo malo de deshacer aquel triple encanto es que, al desaparecer todas las visiones, la montaña recuperó su normalidad y la caverna desapareció. Ronfís y el enano quedaron atrapados dentro de la montaña.

En aquella total oscuridad se oyó la voz del enano que se reía con mucho escándalo y decía:

– Casi me has vencido del todo, efectivamente has desencantado mis tres encantamientos, pero no podrás disfrutar de tu premio porque te quedarás aquí para siempre jamás. Aquí dentro, de nada sirven los encantamientos, ni los tuyos ni los míos. A mí me queda aún magia para una vez, con ella me iré yo de aquí y tú te quedarás por los siglos de los siglos enterrado en esta montaña.

Entonces Ronfís saltó sobre la cabeza del enano y lo mordió en una de aquellas orejas tan grandes que tenía, lo mordía y lo mordía, tanto que el enano, en medio de un insoportable dolor, dijo:

– Ay, ay, ¡¡deja de morderme!!

– No lo haré hasta que me des lo que te pida.

– Ay, ay, ¡¡deja de morderme!!

– No lo haré hasta que me des lo que te pida – repitió.

– Ay, ay, ¡¡te digo que dejes de morderme!!

– Y yo te repito que no lo haré hasta que me des lo que te pida.

Tanto dolor le causaba el mordisco en la oreja que el enano perdió la voluntad. Desesperado por librarse de aquel dolor, honestamente dijo:

– ¿Qué es lo que quieres o me pides?

– Que me saques a tierra seca.

Al instante apareció Ronfís en el prado, con sus rebaños.

Justo en el momento en que Ronfís había deshecho el último de los tres encantamientos, lejos de allí, en las tierras donde estaba la casa encantada en la que ha empezado esta aventura, la nieve había empezado a derretirse. Allí, en aquel instante, volvió súbitamente la primavera y empezaron a brotar y florecer las plantas.

Ronfís fue a despedirse del conde y sus hijas. Inmensamente agradecido el señor le habló esto:

– De estas tres hijas mías, elige la que más te guste; ya que las tres te aman de igual manera.

– Querido señor conde, agradezco mucho su generosidad, pero no puedo tener más mujer que una. Mi amada me está esperando en nuestra casa. Ahora he roto el vínculo que la tenía encantada, y con ella a mí. Todo lo que he hecho ha sido el trabajo justo para romper este hechizo, no he venido aquí por aventuras ni para lograr un gran botín. Entienda mi señor que no puedo aceptar su oferta.

– Sois un noble y gran caballero, digno de ser el más grande de los reyes. Siga su camino y recuerde que, para siempre, vos y sus sucesores tendréis la amistad de estas tierras. Quedamos, para todos los tiempos venideros, obligados con usted.

Ronfís regresó a la casa de su amada. Esa noche durmieron juntos y, cuando salió el sol, todo el país estaba florido y brillante. Al amanecer su novia le habló así:

– Mi amor, mi nombre es Floriana y soy la reina de estas tierras. Gracias a tu amor y a tus hazañas he sido liberada del encanto del malvado enano, aquel canalla que se aprovechó de las miserias de la guerra para hacer el mal. Ven conmigo y con nuestro amor seremos la semilla de los reyes de estas tierras, por los tiempos de los tiempos.

Y cuento contado, cuento acabado; el que no levante el culo es porque lo tiene pegado.

 

Cuento tradicional recogido por Tomás Rodríguez de Rosario Merayo

Ilustraciones: Carmen Rey

 

Facebook
Twitter
LinkedIn
Pinterest
WhatsApp
Telegram

También podría interesarte

Destacadas de Bembibre Digital cabecera