Esta es una historia real. Una de tantas protagonizadas por Moscú, un personaje entrañable y muy peculiar de Quintana de Fuseros, capaz de sorprender en cualquier momento a sus vecinos con una de sus particulares hazañas.
Era un domingo de julio. El reloj de la torre de la iglesia marcaba la una y cuarto. La misa estaba a punto de acabar (” – Podéis ir en paz. – Demos gracias a Dios”) y los feligreses comenzaban a salir.
En ese preciso momento, en el rellano del campanario, Moscú se quitaba las viejas botas de cuero, los calcetines y la camisa. Con parsimonia los puso debajo de una de las campanas, junto con un paquete de Celtas, una caja de cerillas y unas monedas.
Después, pegando el pecho desnudo al pilar que separa los dos vanos que albergan sendas campanas, agarró con decisión las cadenas de ambos badajos y tocó. El broce sonó con toque desordenado dejando en el aire medio volandero y un preocupado runrun que recorrió el pueblo “¿Quién toca? ¿A qué tocan?” se decían, con una sola respuesta: “Es Moscú”. Entonces la preocupación se disipó. Tenía tácita licencia para hacer cosas así. No dañaba nada, ni ponía en peligro a nadie, excepto a sí mismo algunas veces. Y aún en esos casos tampoco se preocupaban, porque sabían que era el tipo duro que cuando trabajaba podía hacerlo varias horas seguidas sin descanso, que hacía flexiones de suelo en la plaza, que jugaba descalzo a fútbol en las eras, que se metía en el reguero en invierno, que algunos días durmió tirado en la nieve… Era su forma de sentirse vivo. Por esto y por su condición humana era admirado y, en lo esencial, querido por muchos mayores con los que compartía bar y trabajos, y por los niños que a veces lo seguían diciéndole “Moscúuu”, “Moscúuu”, “Moscúuu”… Él jugaba con ellos, como ahora iba a jugar con la pared de la torre en un reto autoprovocado, de incierto final, arriesgando su reputación y su vida.
Cuando paró de tocar dio un paso atrás y miró hacia abajo ajeno a las pequeñas tertulias formadas tras la misa recién terminada y a lo que algunos le decían. Más concentrado miró hacia arriba estudiando los detalles de la parte posterior de la espadaña de la iglesia. Esperó un momento, respiró profundo e inició la subida rebosante de ánimo y adrenalina, confiado en su fuerza física y mental.
Comenzó agarrándose al yugo de la campana de la derecha y apoyando un pie en el gancho que sujeta las cadenas de los badajos clavado en el pilar a un metro del suelo del rellano. Después se colgó de la moldura del pilar, medio metro por encima de su cabeza. Paso a paso fue coordinando los movimientos de brazos y piernas, pegado a la pared como las lagartijas cuando trepan, hasta alcanzar la cornisa. En todo el tramo, en cada agarre y en cada apoyo, sintió la rugosidad y dureza de la piedra en los dedos de las manos y de los pies descalzos. Ya en la base del capitel le fue fácil alcanzar la veleta. Puso un pie a cada lado y en posición vertical y agarrado a ella se mantuvo firme. Abajo algunos contuvieron el aliento, otros decían preocupadas frases sueltas, pero la mayoría de ellos asistían al espectáculo confiados.
Alguien dijo “Vengo ahora”. Fue hasta casa y en un santiamén volvió con su cámara de fotos, una de las pocas que había en el pueblo. El reloj de la torre marcaba las dos menos veinte y Moscú seguía en lo más alto. Encuadró y el clic guardó la hazaña para otras retinas en tiempos venideros, evitando dudas sobre el hecho, que siempre hay quien no se lo cree, sabedor o sabedora de que la memoria es también creativa y reconstructora.
Desde esa altura su imaginación voló sobre los tejados de las casas del barrio de abajo, los prados del Toral, los Castros, Marciel soñado… Cabanillas, San Justo, Noceda y Bembibre, que le hizo recordar la imagen del Cristo Salvador que corona su iglesia con los brazos abiertos. Quizá por eso, arriesgando más, soltó la veleta y abrió los suyos, apoyando solo la planta de los pies, con los músculos tensos y el alma libre.
Pasado un rato inició la bajada, que es la otra mitad del camino. Con calma se fue descolgando. Primero del capitel. Después agarrado a la cornisa puso un pie sobre el hombro de la campana de la izquierda, que se movió girando sobre su eje y dejándolo colgado. Había confiado en que no se movería. La nube de la tragedia proyectó su sombra negra. Alguien dijo “¡Ay Dios mío, se va a caer!” mientras un escalofrío compartido los sacudió a todos, aceleró sus corazones y anticipó en sus cabezas un final demasiado doloroso. Pero Moscú seguía agarrado con fuerza, notando que su corazón se aceleraba y bombeaba una sangre danzarina que le hinchaba las venas. Con los brazos estirados y tensos se mantuvo suspendido sobre los dedos aferrados al borde de la cornisa, sin dejarse vencer por el dolor y el cansancio. A pulso logró subir hasta la moldura del pilar y de pie sobre ella recalculó los pasos; se descolgaría dejando resbalar los pies por la pared. No tuvo más problemas, salvo rozaduras en los dedos que no se iba a molestar en curar.
Ya en el rellano se sentó para descansar brevemente, calzarse, coger el tabaco y el dinero y ponerse la camisa, que no abotonó en todo el día.
Bajó las escaleras del campanario y se fue calle arriba con paso ligero al bar de la plaza, que también era tienda. Entró, saludó y lo saludaron. Se acercó al mostrador y con un golpe seco puso todo el dinero que llevaba sobre la gastada tabla. Iba a pedir vino, pero alguien que acababa de entrar se adelantó.
Ponle a Moscú un orujo, que hoy lo invito yo –dijo una voz a su espalda-. Se lo merece.
Y, junto con otros que llegaron un poco más tarde, explicó lo sucedido a los que no lo vieron. Después vinieron los halagos y las frases hinchadas y solemnes que a veces duran lo que dura la juerga. Y más orujo y más vino.
Por la tarde Moscú dormiría la borrachera tirado en la calle, y tras un despertar turbio retomaría el día donde lo dejó.
El día pasó, pero su proeza quedó para siempre en la memoria y el papel. Hablamos de ella, y de otras, porque nos las brindó y porque siempre que recordamos y hablamos de los que ya no están evitamos esa segunda y definitiva muerte que da el olvido. Y aunque solo sea por un momento, los revivimos.
J. Luis Segura Carbajo
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