Cincuenta luces y sombras de Grey en la Patagonia

Los expedicionarios españoles a la Antártida llevan treinta años viajando al continente blanco, haciendo escala en dos puntos del mapa que merecen una visita por sí mismos, Ushuaia y Punta Arenas. Las dos ciudades, argentina y chilena, se disputan la primacía austral, compiten por ser cabecera turística, comercial y marítima de la región magallánica, Tierra del Fuego, la Patagonia.

Para los que tenemos la suerte de viajar a la Antártida, su poderosa imagen convierte a Ushuaia y Punta Arenas en lugares de paso: estancias de dos o cuatro días, reencuentros con los amigos de expediciones anteriores, últimas compras y preparativos, y muchas cervezas de calafate. Al tiempo, se ha extendido la sana costumbre de aprovechar, a la ida o a la vuelta, que uno está tan lejos, para perderse un par de días por las montañas y glaciares de la Patagonia. Esto es lo que trato de hacer estos días, mientras el buque oceanográfico Hespérides está en modo pause, atracado en el muelle de Punta Arenas.

Ushuaia y Punta Arenas, tanto monta, monta tanto, salvo que seas nacionalista chileno o argentino, presumen de ser el segundo destino turístico de su respectivo país, por encima del desierto de Atacama, gracias a que la cordillera de los Andes ha cuajado aquí las formas más espectaculares y caprichosas: Torres del Paine, glaciar Grey, glaciar Perito Moreno. Para quienes venimos de la Antártida, de ver una sucesión inacabable de glaciares inmensos, el Grey o el Perito Moreno son poca cosa, me dijeron. No es cierto: las cinco horas de viaje tracatrá merecen la pena. La belleza serena del paisaje del Paine (cielo azul en mapagundún) se adueña del espíritu del visitante: de nuevo, siempre, la fuerza ciega y deslumbrante de la Naturaleza.

Pertenezco a la generación de quienes podemos viajar horas y horas contemplando el paisaje por la ventanilla del tren o del autobús sin sentir cansancio, sin necesitar otra cosa que una meoparada cada tres horas, un bocata y frutos secos. El resto lo pone el paisaje, la soledad viajera: entonces la pampa, la estepa o la meseta castellana operan el milagro del otro viaje, el interior.

Torres de Cielo Azul, la octava maravilla del mundo, no defrauda; menos aun cuando te recibe un día despejado —las agujas y los dientes se esconden a veces, a capricho, entre las nubes—, y ninguna fruslería te roba la atención del monumento natural. Leer la historia geológica de estas formaciones, cómo hace doce millones de años, en el Mioceno, emergieron y se incrustaron, alzando sus coronas de arcillolita, añade maravilla a la maravilla. ¡Qué son 12.000.000 de años en la vida de una cordillera!

Con razón, y permítanme que añada “científica”, esta región magallánica abrió los ojos de par en par a Darwin e iluminó las estancias, hasta entonces oscuras, de la Evolución. Todos los navegantes y exploradores que han pasado antes y después de Darwin por los canales patagónicos y las incontables islas del cinturón de Tierra de Fuego, han sufrido un cierto síndrome de Stendhal científico, un deslumbramiento superior, un despertar de los sentidos y las emociones, como el que ayer sentí ante la lengua helada del renegrido glaciar Grey. Cincuenta luces y sombras de Grey en la Patagonia.

Todos esos visitantes han construido la historia reciente de Punta Arenas —colonia de inmigrantes croatas, ciudad pujante en el modernismo, apenas siglo y medio de existencia—, desde la que nos cuentan también la historia de los indígenas, destruidos también aquí por la civilización, el comercio y el alcohol. Una piel de foca, una botella de güisqui. Esa historia reciente puede leerse en el Cementerio de Punta Arenas, el segundo más grande de Sudamérica, recreo arquitectónico, repleto de panteones suntuarios: la otra cara de la mísera Ciudad de los Muertos que hace años visité en El Cairo.

Leo la huella de esos exploradores e inmigrantes en el paisaje aun sin construir, virgen, de inmensas praderas apenas tocadas por la mano del pastor ovejero o del pampero solitario; pero la leo también en el mapa que me convoca a la aventura: Cordillera Darwin, Monte Fitz Roy, Lago Pedro Sarmiento de Gamboa, Glaciar Nordernskjöld, Caleta Valentín…; pero también los anónimos Porvenir, Primavera, Lago Deseado, Lado Despreciado, Lago Escondido. Puerto del Hambre, Canal Ballenero, Isla Desolación. El mapa de Tierra del Fuego es un poema. Puede leerse en todas las direcciones del ánimo. Así como sus crestas y glaciares recapitulan la historia geológica y volcánica del Planeta, el mapa nos cuenta la aventura humana de su descubrimiento. Laguna Amarga. Trono Blanco. Mirador Cuernos. Mirador Cóndor. Valle Escondido. Glaciar Olvidado. Puerto Deseado… continúen ustedes el poema.

Valentín Carrera, Punta Arenas

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