Byers o cómo sobrevivir en Campamento Paciencia

¿Cuántos kilómetros tiene que nadar un pingüino en aguas heladas para conseguir comida? ¿A qué profundidad necesita bucear para sobrevivir? Retenga una cifra en su mente y luego veremos si acierta. Todas las especies se mueven incesantemente en busca de alimento. También nosotros hemos recorrido 13.000 kms para trabajar en esta latitud extrema, en la que nada es fácil.

¿Cuánto cuesta una cerveza? En un supermercado, 30 céntimos; en la Antártida no tiene precio. Cada cosita que llega aquí, desde una tirita al más sofisticado sistema de georradar, supone un gran esfuerzo económico, pero sobre todo, logístico y humano. Cuando el ilustrado Malaspina organizó la primera verdadera expedición científica española, en 1789, al tiempo que en la Bastilla prendía la Revolución francesa, encargó los equipos a instrumentistas de Londres y París. La lista es digna de Verne: dos higrómetros, un aerómetro, una escafandra de corcho, un presómetro de faltriquera, un eudiómetro, dos escopetas de viento…, y una colección de atlas botánicos que haría las delicias de Humboldt. Nosotros traemos a bordo todo eso multiplicado por mil.

La Bahía Sur de Isla Livingston nos ha recibido con tiempo soleado, apenas viento y atardeceres dorados, y esto facilita las pesadas tareas de carga y descarga que la dotación del Sarmiento de Gamboa y de la base científica realizan sin cesar, pero el trabajo es tan extremo como el de los pingüinos. No hay margen de error para sobrevivir.

He observado el arte de la estiba: los palés entran y salen por orden inverso, el tiempo es escaso, la maniobra peligrosa, parece que las eslingas van a estallar cuando la grúa iza un depósito de gasoil de varias toneladas y lo posa con una caricia en la barcaza miniada. Para acabar la construcción de la nueva base Juan Carlos I, que lleva diez años en obras, hace falta de todo: cemento, tubos, paneles, bombillas, colchones, neveras… y todo ha de traerse desde algún puerto, Vigo, Cartagena, Punta Arenas, Ushuaia. Un despiste y la lavadora empaquetada o la mesa de laboratorio caerían sin remedio al mar de hielo. La tragedia sería que cayera uno de los expedicionarios: para bajar a tierra hemos de calzar, más que vestir, un pesado y rígido traje impermeable, el teletuby, porque enfundados parecemos muñecos de la tele, con andares de pingüino.

Centinelas de la salud

Precisamente para visitar una colonia de pingüinos, bajé a la isla con dos reputados ornitólogos que trabajan desde la perspectiva de la ecología: el madrileño Andrés Barbosa (Museo de Ciencias Naturales, CSIC), que lleva veinte años estudiando la fisiología de los pingüinos, principalmente dos especies, el barbijo, ese que tiene una rayita negra en la barbilla, y el papúa, de inconfundible pico amarillo; y el argentino Juan F. Masello (Universidad de Giessen), experto en parasitología y comportamiento ecológico. Dos libros abiertos, un lujo impagable, que hoy parten hacia el Campamento Internacional Byers, en la otra punta de la isla, donde van a vivir en completo aislamiento los próximos veinte días.

“Los pingüinos -me explica Barbosa- son los centinelas de la salud del ecosistema antártico. A través de la fisiología de los pingüinos, podemos estudiar los efectos del cambio global en una zona tan sensible como esta de la Antártida, donde se están produciendo cambios ambientales de mayor magnitud”. Cómo obtienen su alimento y el de sus crías: sobrevivir y reproducirse, la incesante lucha por la vida, pero en las condiciones más duras del planeta. Estos pingüinos papúa nadan hasta 40 kilómetros (más de 90 en Malvinas) o bucean a una profundidad de 150 metros para conseguir comida: su manjar es el krill, un camarón diminuto, indigesto para nosotros.
Pero la investigación va más allá: estamos hablando de cambio global: determinados parásitos, enfermedades y contaminantes están alterando la conducta de los pingüinos, y de otras especies. Barbosa y Masello analizan la presencia de esos parásitos, por ejemplo, garrapatas, y cómo afectan a las funciones fisiológicas de estos animalejos, a su respuesta inmunitaria o su capacidad de termorregulación.

Supondrá usted que colocar un GPS o hacer análisis de sangre a un pingüino no es fácil: yo les digo que es heroico. Andrés, Juan y el montañero Iñaqui Irastorza -más de veinte Aconcaguas-, van a pasar este año una Navidad muy especial. Van a convivir en un pequeño iglú, con comida enlatada, bajo cero, yendo a diario a la pingüinera para atrapar a los afortunados que durante cinco días llevarán implantados dispositivos GPS, acelerómetros y profundímetros, con los que registrar su posición en el mar, las zonas donde procuran el alimento y el gasto energético que supone ese desplazamiento. Procurando que no se pierda ningún GPS, a razón de 3.000€ la unidad, y evitando accidentes. “En la Antártida, todo requiere mucha paciencia”, filosofa Andrés.

Campamento Paciencia se llamó el de Shackleton y sus hombres, que sobrevivieron más de un año sobre un iceberg a la deriva. Ayer presencié los preparativos de nuestros científicos para invernar en el Campamento Paciencia de Byers. Práctica para colocar una vía o un parche de calor con Daniel, médico de la Base: “Mejor que no tengáis que usarlo”. “El año pasado -sonrió Irastorza- tuve que ponerle 40 puntos de sutura a la médica de la Base, que se cayó en unas rocas”. Por si la vida en Byers fuera poco espartana, el protocolo del Tratado Antártico exige un absoluto cuidado ambiental: nada puede contaminar la zona, de modo que los tres expedicionarios tendrán que ir guardando “todo”, y todo es todo, que será recogido para depuración y reciclaje a su regreso. Comida seca y fría, tienda de campaña húmeda, hacer pipí a media noche en una botella, y los temporales que vengan, es el precio que Andrés, Juan e Iñaki pagan gustosos por la sensación única de estar solos en la pingüinera y escuchar el coro de papúas cantores, o despertar con el saludo cariñoso de un elefante marino moviendo la tienda.

@ValentínCarrera,
Base Juan Carlos I, Isla Livingston, Shetlands del Sur

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