Hay decisiones que parecen pequeñas y, sin embargo, sostienen una arquitectura moral enorme. Que el IES El Señor de Bembibre haya invitado a su alumnado más joven a poner nombre a la biblioteca no es un gesto administrativo. Es una declaración silenciosa de principios. Es decirles a quienes empiezan que la cultura no se hereda por inercia, se elige.
Que el nombre elegido haya sido El rincón Amable, en homenaje a Amable Arias Yebra, no es una ocurrencia simpática. Es un acto de conciencia. Adrián Rubial García, alumno de primero de ESO, ha pronunciado con naturalidad el nombre de uno de los creadores más singulares que ha dado esta comarca del Bierzo. Y cuando un joven nombra así, la memoria deja de ser archivo y vuelve a respirar.
Amable no fue un artista cómodo. No se instaló en la complacencia ni buscó el aplauso fácil. Vivió en la tensión constante entre la creación y la intemperie. Su pintura y su palabra fueron búsqueda, ruptura, riesgo. No quiso decorar paredes ni tranquilizar miradas. Quiso interpelar. Quiso incomodar cuando era necesario. Entendió el arte como un territorio de libertad radical, incluso cuando esa libertad implicaba soledad.
Por eso hay algo profundamente simbólico en que su nombre presida ahora una biblioteca. Una biblioteca no es un almacén de libros ordenados por materias. Es un laboratorio de conciencia. Es el lugar donde alguien descubre que el mundo puede pensarse de otra manera, que las certezas son frágiles y que la imaginación también es una forma de conocimiento. Esa actitud, la de no aceptar moldes sin examinarlos, fue el núcleo de la vida de Amable.
En tiempos de ruido superficial, de consumo rápido y de referencias que caducan en horas, anclar un espacio educativo a la figura de un creador exigente es un gesto de resistencia cultural. Es recordar que la identidad de un pueblo no se construye solo con estadísticas ni con titulares, sino con referentes éticos y estéticos. Con hombres y mujeres que se atrevieron a mirar más allá.
Además, esta decisión no ha descendido desde un despacho. Ha nacido del alumnado. De la intuición limpia de Adrián, que ha entendido que honrar a un artista de su tierra es también reconocerse en una tradición de pensamiento y sensibilidad. Ese detalle lo cambia todo. Porque no hablamos de una placa protocolaria, sino de una elección que brota desde dentro.
El rincón Amable no será únicamente una inscripción en una puerta. Será una presencia. Cada estudiante que cruce ese umbral lo hará bajo el nombre de alguien que defendió la autenticidad por encima de la moda y la coherencia por encima del reconocimiento inmediato. Sin saberlo, entrará en diálogo con un espíritu inconformista que invita a pensar con voz propia.
En una comarca que ha tenido que pelear por preservar su memoria cultural, estos gestos importan. Importan porque crean continuidad. Porque enseñan que el talento nacido aquí no pertenece a un pasado clausurado, sino que puede iluminar el presente y señalar horizontes.
Celebrar esta iniciativa no es cumplir con un trámite social. Es reconocer que cuando la educación se enlaza con la memoria y con el arte, deja de ser transmisión de contenidos y se convierte en compromiso con la libertad. Y eso, en el fondo, es la forma más profunda y más humana de llamar a un rincón Amable.
Nicanor García Ordiz
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