Este pasado domingo, 22 de febrero, se cumplieron 180 años del fallecimiento, en Berlín, de Enrique Gil y Carrasco. El escritor clásico más universal de las Letras Bercianas y Leonesas, a cuya pluma debemos El Señor de Bembibre, considerada por los expertos como la mejor novela histórica del romanticismo español. Y que tanta relevancia y simbolismo tiene para el Bierzo, y en especial para Bembibre por haber situado el nombre de esta villa en la lista de obras señeras que jalonan la Historia de la Literatura.
Un aniversario que invita a recordar la figura este destacado escritor nacido en Villafranca del Bierzo el año 1815, y que, a pesar de su temprana desaparición, pues no había cumplido todavía los treinta y un años cuando se lo llevó la parca, dejó, sin embargo, una obra de considerable extensión, cada día, más y mejor valorada, en el terreno de la poesía y el periodismo (artículos de crítica literaria y teatral, relatos viajeros, estudios arqueológicos y de costumbres, etc.), además de dos novelas muy vinculadas a su tierra natal: El lago de Carucedo, un relato corto que vio la luz en 1840, y la ya referida El Señor de Bembibre, en 1844, dos años antes de su muerte.
Enrique Gil, fallecido el 22 de febrero de 1846, sobre las siete de la mañana, había llegado a Berlín en septiembre de 1844, con el mandato de la reina Isabel II de ir preparando el terreno, desde su cargo de Secretario de Legación, para restablecer las relaciones diplomáticas entre los reinos de España y Prusia, rotas desde hacía varios años. Y en tierras berlinesas recibió, un día del otoño siguiente, un paquete muy esperado por él, con algunos ejemplares de El Señor de Bembibre, cuyo manuscrito había dejado, antes de partir hacia Europa, en manos del editor madrileño Francisco de Paula y Mellado para su publicación y puesta a la venta. Edición que en Madrid y en su tierra natal pasó casi inadvertida en aquel momento, al igual que la noticia de su muerte, provocada por la implacable tuberculosis pulmonar que sufría desde años atrás; y que le impidió mantener la actividad normal durante la última etapa de su vida berlinesa.
Aún con todo, Gil tuvo todavía la oportunidad de enviar uno de los ejemplares al doctor Huber, profesor de Literatura moderna de la Universidad de Berlín; otro, al Barón de Humboldt, su gran amigo e introductor en la corte prusiana, y un tercero, por indicación suya, al propio rey Federico Guillermo IV; quien, impresionado gratamente por su lectura, pues conocía el idioma español, pide un mapa a sus ayudantes para localizar el espacio geográfico donde se desarrolla la acción, y concede al escritor berciano la Gran Medalla de Oro, reservada a las personas sobresalientes en las artes y las letras. Gil consigue, a su vez, del gobierno de España, la Gran Cruz de Carlos III para Humboldt.
Y lo que es el destino y las paradojas de la vida. Mientras la existencia de Gil se apagaba poco a poco en su residencia berlinesa, sin nadie de la familia que le cogiese la mano en la hora del adiós definitivo, y el monarca Federico Guillermo y Humboldt y Huber cabalgaban virtualmente por el Bierzo a lomos de la novela; en el propio Bierzo y en Madrid, donde había sido minuciosamente gestada y escrita, su alumbramiento editorial pasaba casi desapercibido, entre otras razones, sin duda, debido a prematura muerte del autor y la de algunos de sus buenos amigos y valedores, como Larra o Espronceda, que tampoco llegaron a apadrinarla en los círculos literarios que solían frecuentar, pues habían fallecido con anterioridad. Y tanto fue así, que pasaron treinta y seis años hasta que se publicó, en 1880, una segunda edición en La Coruña; y tres años después, aparecen dos amplios tomos con sus Obras en prosa, donde se recogen El Señor de Bembibre y El lago de Carucedo en el primero, y las demás, en el segundo.
Así de apagados fueron los primeros decenios de la ahora fortalecida novela, que conjuga en su trama el asunto histórico de la disolución de la Orden del Temple, decretada por el papa Clemente V, en el siglo XIV, con los amores contrariados entre los dos protagonistas de ficción: doña Beatriz Ossorio, heredera de la casa de Arganza, y don Álvaro Yáñez, señor de Bembibre y sobrino del maestre del Temple en Castilla; en cuya relación amorosa se interpuso ruinmente el conde de Lemus, fanático enemigo de los Templarios, que contaba, para este fin, con el respaldo del propio padre de doña Beatriz.
Un compromiso sentimental y un asunto histórico magníficamente entretejidos en el marco geográfico y monumental del Bierzo, donde se desarrollan las escenas de mayor trascendencia (castillos de Ponferrada y Cornatel, monasterios de Carracedo y San Pedro de Montes, las Médulas o el lago de Carucedo, en cuya quinta templaria rindió sus días la protagonista). O las brillantes descripciones del paisaje, que revisten singular encanto; hasta el punto que Azorín llegó a escribir que “en las páginas de este libro nace, por primera vez en España, el paisaje en el arte literario”.
En fin, como acabamos de señalar antes de este paréntesis argumental, El Señor de Bembibre es ahora, vista con la ya larga perspectiva del tiempo, una novela de trayectoria recuperada, firme y resuelta, y de vocación cada vez más universal, como lo demuestran, entre otros indicadores, el número creciente de ediciones que ha tenido desde finales del siglo XIX hasta la actualidad, y que ronda las ciento veinte en formato de libro. De las que algo más de la mitad son ediciones en primera impresión, y el resto, reediciones o reimpresiones -de ellas, casi una veintena desde 2015 para acá-, además de varias adaptaciones de tipo escolar, ediciones en folletín de periódico, sobre todo durante las primeras décadas del siglo XX, etc.
Cabe señalar, asimismo, que El Señor de Bembibre ha sido editada en Buenos Aires en 1910 y 1942, así como en México el año 1984 (en este caso con una tirada de 5.000 ejemplares), coincidiendo con una época en que estos países eran lugar de destino de muchos bercianos que emigraban a América, y que encontraban en la lectura de “su novela” una seña de identidad y nexo de enlace con la patria chica.
Destacar también, que ha sido traducida al inglés en dos ocasiones (en 1938, en Londres; y 2018); otras dos, al alemán (en 1991, en Berlín; y 2021); otra, al francés en 2019, y finalmente, al chino mandarín en 2021. En el caso de estas últimas ediciones de los años 2018, 2019 y las dos de 2021, por iniciativa de la Biblioteca Enrique Gil y Carrasco, cuyas versiones digitales, además de las de papel, hacen que El Señor de Bembibre esté hoy al alcance potencial de más de 3.000 millones de lectores en el mundo. Algo sorprendente que jamás hubiera soñado el buen Enrique Gil en sus mejores momentos.
Pero, además, como toda obra literaria que se precie, El Señor de Bembibre ha sido llevada también al teatro, a la radio y a la televisión, pudiendo asimismo escucharla y/o disfrutar su visionado de forma gratuita en varios portales digitales.
Por lo que se refiere al teatro, la primera representación de la que tenemos noticia, se estrenó en el Teatro Principal de Ponferrada el año 1848, dos años después de la muerte del autor, habiendo sido su adaptador el farmacéutico Mateo Garza. Ya en el siglo XX, se hicieron algunas representaciones más, hasta que en 1977 el grupo teatral Conde Gatón, también ponferradino, estrenó una nueva versión de El Señor de Bembibre que se representó durante varios años, con gran éxito de público y de la crítica, en el histórico marco del castillo de Ponferrada, tan ligado al argumento de la novela y a la niñez y adolescencia de Enrique Gil. En el verano 2018 se inició una nueva modalidad de visitas teatralizadas al castillo, inspiradas igualmente en la novela, y que se vienen repitiendo verano tras verano desde entonces.
Dicho grupo Conde Gatón llegó a representar esta adaptación suya en el Teatro Benevivere, de Bembibre, los días 8, 9 y 14 de mayo de 2003, con motivo de inaugurarse entonces este centro cultural. Sin que se pueda descartar otra posible representación de la obra en nuestra localidad, allá por el otoño de 1923; que habría sido interpretada por un grupo de aficionados de la villa a raíz de la inauguración del antiguo Teatro de Bembibre, que en el futuro pasó a conocerse como Cine Merayo, ahora desaparecido. Probablemente relacionada con ello, está una curiosa copia manuscrita hecha ese mismo año por el telegrafista bembibrense Antonio Alonso Peña, reproduciendo la de Mateo Garza.
En lo que se refiere al mundo de la radio, consta asimismo en varias fuentes que Radio Nacional de España realizó en 1974 y 1976 una adaptación y grabación radiofónica en 25 capítulos, de unos 25 minutos de duración cada uno. Adaptación dirigida por Manuel Aguado e interpretada por Francisco Valladares, Mª José Alfonso, Luis Varela y el cuadro de actores de dicha cadena. Y que fue emitida, entre otras emisoras, por las de Ponferrada y Astorga.
Por lo que respecta a la pequeña pantalla, sabemos que Televisión Española -entonces la única emisora existente- emitió la adaptación de la novela en al menos tres ocasiones distintas. La primera, conformada en un serial de 10 capítulos, de unos 20 minutos cada uno, comenzó a difundirse el 30 de mayo de 1966 en horario de sobremesa. La segunda, con guion de José Luis Cuerda y Luciano Berriatúa, fue televisada por la 2ª cadena de TVE el 6 de junio de 1988 en una única emisión de 45 minutos de duración. Grabación que volvió a reproducirse el 29 de octubre de 1997, con un número de espectadores estimado en 36.000.
Sin embargo, y a pesar del éxito que supone todo lo referido hasta aquí, hay que reconocer que a esta emblemática obra de Gil aún le queda pendiente la asignatura del cine; y si bien es cierto que ha habido varios planes en este sentido, nunca han llegado a buen puerto.
La primera noticia al respecto, data de los años veinte del siglo pasado, cuando el profesor bembibrense Alberto López Carvajal le propuso al historiador astorgano Marcelo Macías, que había sido párroco de Bembibre bastantes años atrás, la “idea incubada hacía mucho tiempo… de adaptar al cinematógrafo El Señor de Bembibre”, idea que después trasladó al director de cine nocedense León Artola, afincado en Buenos Aires, donde era representante de la compañía cinematográfica “América Hispana Film”, y que finalmente “fracasó”.
Un segundo intento, también fallido, tuvo lugar a mediados de los cuarenta. Hasta que, ya en el año 2002, el entonces concejal de Cultura del ayuntamiento ponferradino retomó la vieja propuesta de López Carvajal, trasladándosela al cineasta asturiano Gonzalo Suárez, director en aquel momento de la Escuela de Cine de Ponferrada, a quien le pareció que podía ser una película “maravillosa en potencia”; pero intuía que no corrían buenos tiempos para hacerla realidad, como efectivamente ocurrió.
Así las cosas, el ya nonagenario plan volvió a saltar a los medios de comunicación a principios de 2010, en este caso de manos del periodista Valentín Carrera -director de la Biblioteca Enrique Gil y Carrasco-, quien redactó la oportuna memoria y guion -de unas 200 páginas- para llevar al cine El Señor de Bembibre, amor y muerte del último Templario, que ese era el título propuesto, y que se rodaría en diversos lugares del Bierzo y Galicia. Este proyecto, con casting previo en Ponferrada, se presentó incluso en la Casa de las Culturas de Bembibre a finales de mayo de ese año, pero la crisis económica de entonces, unida al elevado coste del proyecto, estimado en 2,8 millones de euros, obligó a archivarlo en el baúl de los sueños, del que no ha conseguido despertar todavía.
Esta es, a grandes rasgos, la trayectoria editorial, la intrahistoria, de la obra cumbre de Enrique Gil, escrita en Madrid entre 1841 y principios de 1843 -según Picoche, su estudioso más concienzudo-, después de un intenso trabajo de campo recorriendo el Bierzo en varias ocasiones “por esos vericuetos de Dios en busca de materiales”; y de una intensa labor de documentación explotando la mina inagotable de la Biblioteca Nacional -gracias a su puesto de ayudante segundo del director de la misma-, además de su portentosa capacidad e imaginación. La novela, ilustrada con una veintena de láminas de Zarza – Batanero, fue publicada, como ya se ha indicado antes, por el editor madrileño Francisco de Paula y Mellado, de cuyas prensas salió hacia finales de 1844; siendo la única de sus obras que vio publicada en forma de libro.
Pero, a mayores de El Señor de Bembibre, Enrique Gil escribió varios trabajos más sobre su querida patria chica, entre ellos la ya citada novela corta El lago de Carucedo, que había visto la luz en las páginas del Semanario Pintoresco Español, durante los meses de julio y agosto de 1840. También, cinco estupendos artículos del Bosquejo de un viaje a una provincia del interior, publicados en El Sol en 1843; un párrafo de Los montañeses de León, en 1839, y otras tres menciones en los Diario de viaje, cuando iba camino de Berlín en 1844. Además de varios poemas inspirados en recuerdos de la infancia: Una gota de rocío, La niebla, El Sil, La violeta, Un recuerdo de los Templarios, La mariposa o La campana de la oración (en este caso dedicado Guillermo Baylina, su gran amigo ponferradino que acudió a despedirle cuando Gil se marchó a Madrid en 1836, y hermano de su musa Juana Baylina. Fallecidos ambos, al igual que su propio padre, en el otoño de 1837, lo que supuso un duro golpe para él),
Para quienes tengan la curiosidad de rastrear referencias bercianas en las páginas de sus obras, decir, por ejemplo, que la palabra Bierzo aparece mencionada unas 75 ocasiones; Arganza se repite 85 veces; Bembibre, 74; Ponferrada, 53; Cornatel, 51; las Medulas, 30; San Pedro de Montes, 11; Cacabelos, 10; Villafranca, 10. Además de Carracedo, Carucedo, Congosto, Corullón, Manzanal, Noceda, los ríos Boeza, Burbia, Cúa, Sil, etc. etc.
Con todo, no podemos quedarnos con la idea de que Enrique Gil fue un escritor centrado únicamente en el Bierzo. Nada más lejos, pues su obra poética y periodística restante, así como sus documentados ensayos y artículos de crítica teatral y literaria, publicados en los mejores periódicos y revistas madrileñas de la época (El Español, No me olvides, El Correo Nacional, El Liceo, El Sol, Semanario Pintoresco Español, El Iris, El Pensamiento, El Laberinto); o su visión europea que le granjeó la confianza del gobierno de Isabel II para ser enviado a Berlín en una misión diplomática importante, trascienden con mucho esa supuesta mirada meramente comarcal. Aunque es cierto que su obra no berciana ha sido menos publicada, y por ello más desconocida, de ahí ese punto de vista a veces incompleto y parcial.
Añadir, antes de concluir este apunte, que el Instituto de Estudios Bercianos, siempre comprometido con la figura de Enrique Gil y Carrasco, ha programado varios actos culturales con ocasión de este 180 aniversario de su fallecimiento, en la idea que contribuirán a recordar su figura y su obra; a leerla y difundirla, especialmente entre los escolares y jóvenes, en la convicción de que es el mejor homenaje que se le puede ofrecer para mantener vivo su importante legado literario. Y también su ejemplo de lucha contra las adversidades de la vida. Que no fueron pocas.
Dichos actos tendrán lugar en Camponaraya, el miércoles día 25, a las 11 h., donde se inauguró ya en la Casa Ucieda la exposición “La imagen de El Señor de Bembibre a través de Luis Gómez Domingo y otros autores”, y que se podrá visitar hasta el 25 de marzo. El jueves, día 26, será Bembibre la localidad anfitriona, con una ofrenda floral, a las 18:30 h. ante la estatua de Enrique Gil existente en el parque de su nombre; a la que seguirá, a las 19 h., una proyección y recitado de poemas en el Teatro Benevivere. Cerrándose este triduo conmemorativo el sábado 28 en Villafranca de Bierzo, en cuyo Teatro Villafranquino – Gil y Carrasco se presentará el libro Gil y Carrasco en el centro del mundo. (Diario de viaje), del que son autores Mar Sancho y José Enrique Martínez.
Jovino Andina Yanes
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