La bembibrense Yolanda Navarro, ganadora del concurso literario especial del Festival del Botillo

La bembibrense Yolanda Navarro ha sido la ganadora del concurso literario del Festival del Botillo, que este año apostó por una edición especial. El título «La última cena» la hizo acreedora del primer premio en este certamen al que se presentaron cerca de 60 trabajos, en la línea de ediciones anteriores.

Yolanda Navarro ha estado siempre muy vinculada al mundo de la cultura a través del teatro, y como ha explicado a Bembibre Digital, ha participado en varias ediciones de este Certamen Literario  sin fortuna, por lo que manifestó sentirse tan feliz como sorprendida por recibir este premio, que en las últimas ediciones ha recorrido distintas localidades de la geografía española. 

A continuación, reproducimos la obra ganadora de esta edición especial del certamen literario del Botillo:

 

LA ÚLTIMA CENA

Juan 8: 7

Pero como insistían en preguntarle, Jesús se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado, sea el primero en tirarle una piedra.

Quién es más culpable, el que induce o el que ejecuta, el que idea o el que actúa, el que te pone la piedra en la mano o el que la lanza.

Ya son 19 años, lentos, azarosos, simétricos, siameses. Ya son 19 años con la facundia pegada al alma, a la espalda.

     Esta mañana invité a un cigarro al compañero. Él le ha dado cuatro caladas largas expulsando el humo. De pronto me ha mirado y me ha dicho: ¿Sabes?, un día te haces viejo, así de repente, y cuando vas a chingar tienes que meterla doblada, meterla a puñaos. Se ha terminado su cigarro en silencio y ha seguido rumiando su mala suerte.

     Los internos tenemos demasiado tiempo para la tristeza en sí misma y sólo esperamos que den las once para cerrar los ojos.

Tomás me pregunta cuál es la diferencia entre un cuchillo corriente y un cuchillo jamonero. Mientras me mira esperando mi respuesta, yo lo imagino desnudo como un San Sebastián saeteado. Ramón siempre está hablando de su picha. Es muy nervioso. Cuando era pequeño les pinchaba los ojos a los pájaros. Los soltaba y los veía chocar contra los muros. Lo ha contado hoy en lo negro, en una sala negra en la que nos reúne el psicólogo para hacer sesiones de terapia.

Mi nombre es nadie, y mi vida es nada y mis sueños mierda y todo es nadie, nada, mierda.

     Lorenzo El Bis es deficiente, nació tonto y es torpe, repite siempre los finales de las frases. Nos cuenta que fuera vendía su cuerpo, abusaban sexualmente de él le pagaban treinta o cuarenta euros y se los guardaba para dárselos a su hermana ciega. Un día defecó en la puerta del Congreso y se lo trajeron al psiquiátrico y como no da problemas lo trasladaron aquí,  porque ayuda en la cocina y en la lavandería.

     Todas las noches paso un rato mirándome en el espejo, tocándome las arrugas prematuras que ha puesto el tiempo en mí. Luego me fijo en los ojos y me veo perdido en la llanura de una desolación ineluctable. Muchas tardes yo entero entristezco. Algo me dice que mi vida nunca volverá a tener sentido y me acuerdo de Paul Celan: “lo más importante es irse de aquí, dónde consiga uno llegar es cuestión secundaria”.

Y al final, voy a salir, con los pies por delante. Tres días, sólo me restan tres días. Mi abogado me jura y perjura que no hay que perder la esperanza. Que casos peores se han dado, que me acuerde de fulanito que después de 50 años entre rejas salió por la puerta grande y de menganito al que esperaban risueños y ávidos toda una manada de periodistas de la víscera esta, mal llamada corazón.

     Algunas tardes paseamos todos juntos por el patio dando vueltas a la fuente, somos personas que no se van a salvar nunca de lo que hay que salvarse, personas que han descubierto que la vida no es otra cosa que llenar el absurdo vacío de un sueño, parecemos animales a medio disecar y los guardianes nos observan desde las garitas de arriba con sus manos escondidas en el gatillo de su arma.

Hay un vejete que se pasea por las galerías en pijama, una especie de momia itinerante. Todos los días hace el mismo recorrido para no morirse y admiro el empeño que pone en caminar. Él será de los que se mueren aquí, no literalmente, porque salir saldrá, más viejo, más enjuto, más muerto en vida, más acojonado de lo que ahora está.

     Pienso en Dios y me preocupa Dios. La gente piensa: Dios no existe es lo lógico o Dios está en los cielos y aquí abajo todos debemos ser castos. ¿Sabrá Dios que hay muchos hombres que creen en él? Pienso en un Dios de Sartre que es la soledad de los hombres. Pienso en un Dios que pasa de nosotros y juega al póker en el cielo. ¡Pobre Dios, tan solo y con toda esa eternidad a cuestas! Y rezo un avemaría setenta veces siete.

Una noche dolorosamente lúcida, mientras veía caer por la ventana un desangre de lluvia, me di cuenta que mi vida se podía resumir perfectamente en tan pocas palabras que daría vergüenza hacerlo. Fue ahí cuando ideé mi venganza contra los hombres. Era fácil, tan fácil que hasta me dio vergüenza llevarla a cabo, ni punto de comparación con el gran robo de un banco o el patético aborto del 23 F. Lo tenía todo a mi favor, el restaurante, la cocina, el tiempo, la inviolabilidad de un chef de acreditada valía al que pocas personas osaban contradecir. Y lo más importante, poseía el producto. El arma. El veneno.

     Todo cae, todo muere, todo ciega y empacha el paladar.

Y mientras recogía aquellas setas camufladas entre níscalos, boletus edulis, matacandelas, oía en la lejanía el ladrido de unos perros ¿Qué adivinan los perros cuando ladran de noche melancólicamente? Es lo más parecido al más allá. Es como si a través de ellos la muerte nos hablara.

Boletus  satanás. Aunque cocido es solamente indigesto, crudo es mortal. He aquí mi arma, os presento mi delirio, la causa de estos 19 años esperando en la desesperación de una muerte que siempre está llamando a la puerta.

Sinceramente no fue tan grave la cosa. Sólo acabé con la aburrida y patética vida de un empresario y su Nancy amante, estoy seguro que su viuda aún me lo estará agradeciendo.

Al final me acojoné, y pasé de un plan de 15 o más comensales del restaurante, a una simple pareja, eso sí, no escogida al azar, ya los tenía fichados, siempre con sus sonrisitas bobas, siempre con sus ademanes implantados, siempre con su altanería de ficción.

Me trae la cuenta por favor, ¡ah! y felicite al chef de mi parte.

     No paramos de huir, siempre estamos huyendo y cuando te vienes a dar cuenta la vida se ha acabado, se apayasa el presente y todo ha concluido.

Me quedan 72 horas para morir, en tres días estaré sentado esperando  una inyección que deseo que sea de verdad letal, que no me apayase y ya está, que me fulmine como un rayo. Que no deje que pase en unos segundos toda mi vida por delante de mis ojos.

Chef, te quedan 72 horas para decidir qué quieres para tu última cena, piénsalo bien, vas a irte con la barriga llena al infierno, menuda barbacoa se va a preparar contigo el morlaco de satanás.

 Saber de seguro que tu futuro está ya roto, estrangulado, muerto, tirado ahí como si ya lo hubiese vivido alguien que no eres tú, pero eres tú. Saber el tiempo exacto que te queda de vida. Saber que la esperanza es lo último que se pierde pero que yo ya la doy por perdida. De hecho, no la quiero, no quiero esa esperanza, dejadme en paz, dejadme acabar con esto.

Un gran chef y no sé qué pedir en mi última cena. Podría ser algo sofisticado, quizá un plato de sushi, o unos mejillones sobre una crema de anchoas y vermouth, unos pimientos del Bierzo rellenos de paté y queso tempurizado. O por qué no algo tan sencillo y apetitoso como una tortilla de patata rellena de queso y jamón.

     La vida entera se ríe de nosotros y todo es inútil. Buscamos algo y ese algo ya hace tiempo que nos ha encontrado. Todos lo sabemos. Pero yo hoy me voy a reír de todo y de todos. Ya se cual será mi última cena. La venganza es un plato que se sirve frío dicen las malas lenguas.

Un botillo, para mi última cena me apetece un botillo, un botillo del Bierzo, con chorizo, patatas y repollo. Y nada de ollas rápidas, dos horas de cocción si no pesa más de un kilo y cuarenta y cinco minutos antes añadimos la verdura y cuando resten treinta las patatas y el chorizo fresco.

¿Habéis escuchado bien? Un botillo, para mi última cena quiero un botillo.

Tomás, ¿a ti te gusta la buena mesa? La comida sin más.  Le pregunto Tomás: ¿Qué son los moluscos? Y me responde que son animales que te ponen de tapa en los bares. Le pregunto Tomás: ¿Tú has comido alguna vez un botillo? Y me mira con cara de saber de lo que le hablo y se le cae la baba por la comisura de los labios y  calma su ansiedad deshaciendo en migajas una mantecada y un trocito de chocolate delante de mí.

     He cambiado con los años, ya no tengo sentimientos auténticos. Soy un cuarentón al  que ya no le gusta Aute. Quise llegar a algo y terminé callando o llorando, soy perdedor de una verdad que nunca poseí, soy persona que se adapta a este mundo organizado. Me importa un carajo la diferencia entre Frank Sinatra y el ratoncito Pérez y el tiempo me desfigura como las drogas. ¿Qué queda por hacer, qué queda por decir?

No sé bien si esto que me invade es la felicidad. Mi última cena está escogida. Mañana es el gran día y hoy mi abogado viene a hablar conmigo por última vez.

     Pensando me di cuenta de que nadie más vendría a despedirme, los cinco o seis amigos que tenía con el devenir del tiempo habían pasado a ser amigables. Sólo nos juntábamos para beber moderadamente y para contar antiguas historias de la universidad, de los polvos que echamos. Y desde hace 19 años  sé poco de ellos, ni puta falta que me hace. Sé que los que están vivos follan de vez en cuando y se corren más o menos bien y se siguen riendo, y comen y conversan sobre fútbol.

Me muero de risa, aquí nunca nadie antes había cocinado un botillo, los “cocineros” de esta cárcel analizan sus partes diseccionándolo como un cadáver, admiran su textura, el color, la elaboración de algo tan simple y tan imaginativo a la vez. Su potencia en boca, su aroma a invierno y a calefacción. Se han puesto de acuerdo para hacer un pedido a lo grande y añadirlo al menú aburrido de aquí. ¡Cagüen la puta! Si va a ser que ahora, cuando me resta nada para abonar la tierra, me voy a hacer famoso por dar a conocer el botillo del Bierzo.

Todavía no entendemos lo de la existencia. Un día vives y al otro no. Te mueres y ya está. No hay El Cielo. Ni hay Juicio Final. Así es esto. Se acaba todo y luego los colegas dicen: mira se ha muerto fulanito de tal que trabajaba en lo de telefónica o era maestro ¡pobrecito! Se juntan una noche en torno a la caja, llorisquean, hablan de fútbol y de putas, recuerdan anécdotas de cuando estabas vivo, te llevan a la iglesia te entierran y ya está. ¡A la mierda con todo!

Hoy es el gran día. Sólo quedan 13 horas para mi última cena. Un botillo que espero que esté en su punto. ¡Y me han dejado escoger el vino! Sin duda alguna un Mencía de la misma tierra. Creo que no me van a dejar la botella, deben tener miedo a que me emborrache y llegue a mi decisiva hora tambaleante y escupiendo tonterías. Una copita, me ha dicho el funcionario. La beberé deprisa  y olvidaré despacio aquel dolor de ser para la muerte.

Me hace falta beber. Desde pequeños se nos alienta a querer y a esperar. Nos acostumbran a esperar y esperar hasta que nos hartamos y nos damos cuenta de que no sabemos qué cojones estamos esperando, y cuando recién nos damos cuenta algo nos coge de los huevos y nos los aprieta y retuerce. Nos atrapa la realidad verdadera y nos quita la magia de poder cambiar las cosas, de decidir, de que esto sea distinto, de que sigamos soñando. Uno lleva muriendo desde hace tanto que ya está acostumbrado a todo y eso es lo malo, que uno se acostumbra.

Tienes visita, tu abogado, y no sé qué mosca le habrá picado. Llega alterado y sudando. ¡A ver si te trae malas noticias! Jajajaja. Hoy mueres pendejo. No me lo tengas en cuenta, no es que me alegre de ello, es que estamos faltos de espacio y tú ya vas sobrando en este hotel, se te acabó el alojamiento gratis.

.No todo el mundo logra lo que quiere. La mayoría nos quedamos en la cuneta. La gente espera volver a reír algún día con motivo y yo no espero nada. Nada puede salvarme de mi vida. Es duro cargar con todo esto y seguir adelante. Yo ya no creo en nada, hace ya mucho que dejé de creer, sólo me limito a soportar.

Tengo la mesa puesta. Mantel, servilleta, copa (de plástico). Pretenden que saboree un Mencía en copa de plástico. Hay más. Tenedores y cuchillos blancos, flexibles. En apariencia un poco más consistentes de los que venden en paquetes de 50 en los chinos. No importa, no me quejo. Lo importante es el contenido, no el continente. Ya huele, ese aroma inconfundible. Cierro los ojos y lo saboreo y regreso a mi casa, a mi madre. Amo este olor y me moriré amándolo. Y fuera de estos muros llueve. Llueve rotundamente. Llueve esta noche como una hija de puta. Llueve como si se estuviera desangrando el verbo llover.

No hay manjar más delicioso. Botillo, procede del latín botellus, diminutivo de botŭlus ‘embutido’. En estos tiempos de asepsia en la gastronomía, donde toda la comida se presenta envasada en mil y un derivados del plástico y retractilada hasta la desesperación,  reconcilia con la sociedad ver un envase de carne, tripa, intestino…

Oigo la voz lejana de mi abogado que grita mi nombre.

David, para, espera, deja todo lo que tengas entre manos. Necesito hablar contigo, es urgente, no, urgentísimo. Ay qué alegría David, qué alegría. El supremo ha revisado tu causa. Han decidido que las pruebas aportadas en su día no son suficientes para condenarte a la pena de muerte. Que no se puede demostrar a ciencia cierta que supieras de la existencia del hongo venenoso. Vamos, que como diría mi hija la pequeña, que no lo has hecho aposta. Que te vas para casa coño David, que te vas para casa.

La realidad tiene un montón de ratos peores y pocos mejores. Pasa el tiempo y nunca pasa nada. Y hoy, precisamente hoy, que tengo un botillo delante, una copa de Mencía a su derecha y un hambre de gato callejero, me vienes con éstas. Pues sabes que te digo, solícito abogado, ¡una mierda! Yo de aquí no me muevo hasta que del botillo no queden más que los huesos del espinazo y del rabo, hasta que mi última patata haya desaparecido del plato, hasta que el repollo y el chorizo entren picantones por mi estómago regado con la miseria de esta copa de plástico rebosante de tinto del Bierzo. ¿Me has oído bien, letrado?

Y mientras tanto, la vida se ríe de nosotros, de todos nosotros.

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