Categorías: Cultura y Espectaculos

Cuento de Navidad / El último tren

Él se puso el abrigo, colgó la bufanda del cuello y se acercó a la cocina.

Ella levantó la mirada al presentir su presencia y lo vio parado en el quicio de la puerta.

—No me esperes a vivir —le dijo él.

Ella lo observó, fingiendo entereza.

—Entonces… ¿Ya te vas?

Él, sin mirarla, asintió con la cabeza y ella, conociendo la respuesta, aun preguntó, intentando alargar la evidencia:

—¿No vendrás a comer?

—No vendré a vivir.

No hubo beso ni abrazo de despedida. Ya se habían dicho todo lo que tenían que decirse.

 Él se dirigió a la puerta de la calle y antes de abrirla se percató de que se le olvidaba algo. Se detuvo y se quedó un instante sopesando si debía hacerlo. Se dio la vuelta y volvió a la cocina. Ella seguía con la faena, entre fogones, y con los ojos anegados de emociones.

—Pero, si quieres, podrás soñarme. No me importará que lo hagas. Puedes hacerlo siempre que quieras —le dijo, sin atreverse a mirarla a la cara, surcada ya por regueros de amargas lágrimas.

Ella solo acertó a responderle encogiéndose de hombros, inconscientemente rendida a la certeza.

Él reanudó la marcha.

Ella detuvo su quehacer y permaneció inmóvil y en silencio, agudizando los sentidos, para no perder detalle de las sensaciones que aquellos últimos instantes habrían de dejar marcados en su memoria para siempre. Oyó el ruido de la puerta al cerrarse tras él y sus pasos perdiéndose, lentamente, escalera abajo. Cerró los ojos lacrimosos, apretó los labios y deseó que regresara, que diera la vuelta y volviera a estar de nuevo con ella, para siempre.

El aroma de la cebolla, a punto de quemarse, en la sartén, la arrancó de su ensoñación. Entonces su corazón hizo ademán de detenerse. Sabía que él ya nunca iba a regresar, que ya solo podría saber de él en sueños. En aquellos sueños a los que la había autorizado a asomarse para volver al reencuentro.

—“Si quieres podrás soñarme. No me importará que lo hagas”.

—————— XXX ——————

Él se acercó despacio al andén de la estación y detuvo su andar al pie de la vía. Introdujo las manos en los bolsillos del gabán y permaneció rígido, como una tabla, esperando. Frente a él, a lo largo de la tarde, habrían de detenerse algunos trenes, con destino a cualquier parte. Para ninguno de ellos tenía billete. El tren que él aguardaba nunca se detenía en aquella estación. Era el tren de mercancías que pasaba a toda velocidad a las dieciocho horas y cuarenta y cinco minutos, por aquella misma vía. Y aquella tarde, tal y como lo hacía a diario, también habría de llegar puntual.

La noche ya era manifiesta. Una leve niebla invernal cubrió la estación. De algún próximo lugar le llegaron tenues sonidos de una canción navideña radiada.

Miró el reloj. Era la hora. Giró la cabeza, buscándolo, y lo vio enfilar a toda velocidad, como siempre, la vía recta que lleva a la estación y, justo cuando iba a pasar frente a él, con determinación, dio un paso hacia adelante. Acababa de subir su existencia a aquel último tren que pasó por su vida.

—————— XXX ——————

Ella soñó con él aquella noche, al regreso del tanatorio. Lo soñó intensamente, como nunca lo había hecho: limpio de padecimientos, dolencias y males. Lo soñó alegre y joven, como lo fue durante unas cuantas navidades, distintas a aquella Navidad que empezaba a pasar sola por primera vez. Lo soñó amante, atento, sensible… y suyo; para siempre suyo. Lo soñó suyo, como lo había sido antes de que él pasara a pertenecerle a la maldita enfermedad, aquella calamitosa enfermedad que nunca nombraban. Lo soñó, y ya siempre habría de verlo así, porque, la mala fortuna, también le había arrebatado las pocas fotografías que de él había tenido, cuando ardió su casa. Aquellas fotografías en blanco y negro con las que ya tampoco iba a poder retener la desmemoria del paso del tiempo.

—“Si quieres, podrás soñarme”.

—Lo haré, amor mío.

Nicanor García Ordiz

Mario

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