El pintor y escritor Amable Arias en el candelero cultural

Amable Arias y Francisco Molinero, maestro de Bembibre, en Santiago de Peñalba. 1970. Arch. M. R

El 2017 será otro año amabliano. La figura del pintor y escritor Amable Arias Yebra (Bembibre, 1927-San Sebastián, 1984) vuelve a estar en el candelero cultural con tres nuevas exposiciones programadas en el MUSAC y en el Centro Leonés de Arte, de la capital leonesa, y en la Casa de las Culturas de Bembibre. Todas previstas para ser inauguradas el día 17 -la de Bembibre- y el 18 -los dos de León- de febrero, dentro de un proyecto en el que están trabajando animosamente las instituciones organizadoras junto con Maru Rizo, su gran valedora y compañera durante los últimos catorce años de vida, y Jesús Palmero, que será el comisario.

Continúa así este periodo intenso y dulce que viene acompañando la memoria de Amable Arias desde hace tiempo, y que en el año recién finalizado se vio festejado con varias exposiciones -colectivas y una individual- celebradas en Bilbao y San Sebastián, la ciudad en la que residió y creó la mayor parte de su obra pictórica y escrita. Y donde fuera junto con Chillida, Sistiaga, Zumeta, Oteiza, Mendiburu y Basterrechea uno de los promotores del Grupo Gaur, cuyo cincuentenario tuvo lugar igualmente el pasado 2016; en que se publicó asimismo Encantamiento y desencantamiento, el último poemario.

Es sobradamente conocida la serie de adversidades que marcaron y condicionaron la niñez y juventud de Amable, tanto en Bembibre como después de trasladarse a la capital donostiarra; sin embargo, gracias a su vocación, compromiso y férrea voluntad autodidacta, logró abrirse un espacio importante en el mundo del arte, conjugando en su obra las tendencias figurativas y abstractas. Tanto fue así que su nombre suena hoy, cuando están a punto de cumplirse noventa años del nacimiento, como una figura relevante de la que Juan Manuel Bonet, crítico de arte y exdirector del Museo Reina Sofía de Madrid (y desde el pasado viernes nuevo director del Instituto Cervantes), escribiera un día lo siguiente: “… cuanto más pase el tiempo, más se verá hasta qué punto fue grande este pintor oscuro y doliente y caótico y peleón, que supo definir, en soledad, un mundo propio, y que también cultivó la poesía”.

Son varias las etapas que distinguen los estudiosos en su trayectoria, que van desde la inicial más figurativa, cuando pintó los primeros cuadros con paisajes y personas de Bembibre a mediados de los cincuenta del siglo pasado, a la más abstracta de la década siguiente con cuadros que responden a una interpretación del mundo interior más que a una identificación con la realidad -“pintura del átomo” o “de la gota”-, o la posterior neofigurativa de los setenta con la presencia de personajes que introducen un ingrediente narrativo. Pero siempre simultaneando el mundo imaginativo con el de los seres y objetos que nos rodean, sin hipotecar la libertad expresiva por los dogmas vanguardistas y sin perder nunca el referente berciano, porque, como dijera el poeta Rainer Maria Rilke, “la verdadera patria del hombre es la infancia”.

En todo caso, la mejor demostración de ese arte, fecundidad y rica imaginación, es el copioso legado de 305 óleos y más de 6.000 dibujos (entre collages, grabados, acuarelas, papeles chinos, etc.), que en muchos casos han sido expuestos en San Sebastián, Madrid, París, Bilbao, Vitoria, Zarautz, Durango, Barcelona, Praga, Gijón o Irún, sin olvidar, lógicamente, Valladolid, León, Ponferrada o su Bembibre natal, en cuyo Museo hay varios cuadros suyos. Una selección significativa de esa obra, como los famosos “Cristos”, varios autorretratos, los artículos publicados en la prensa berciana o incluso la máquina de escribir que utilizaba, se expondrán ahora en Bembibre.

Pero no es la pintura el objeto del presente artículo, sino su obra escrita, porque Amable Arias, al igual que otros muchos artistas o músicos, también compaginó la faceta de creador plástico con la de escritor, demostrando así su inquietud y capacidad para expresarse con lenguajes y códigos diferentes. Una decisión irrevocable, la de “escribir y pintar”, que tomó siendo muy joven, y aunque siempre se considerase más pintor, poesía y pintura fueron actividades simultaneas y complementarias, y a la vez independientes.

A la hora de hurgar en su biografía buscando los primeros pinitos de escritor, las huellas nos conducen a una novela temprana, redactada cuando tenía 18 años y cuyo protagonista es Capa Negra, famoso bandido de las montañas del “Vierzo Alto”. Ambientada en la tercera década del siglo XVIII e ilustrada con dibujos suyos al estilo Freixas de las revistas infantiles, no faltan en el argumento amores contrariados, lances de capa y espada y otros elementos del romanticismo idealista que recuerdan incluso ciertos episodios de El señor de Bembibre. No obstante, se trata de una pequeña obra de principiante, con lo que eso significa, que alcanza una treintena de páginas contando las ilustraciones. De ese tiempo más lejano son asimismo los “Poemas a Lurdes”, “Poemas a Elena” o “Un romance inacabado”, composiciones que continúan inéditas al igual que la novela.

En cualquier caso, esa decisión clara de ser escritor fue creciendo y madurando a la par que su entusiasmo de lector interesado por temáticas diversas, desde tebeos, novelas y poesía, hasta filosofía y ensayo de autores progresistas, como refiere Carmen Alonso-Pimentel en el libro de la tesis doctoral dedicada a él. Fruto de ese esfuerzo autodidacta y del afán por investigar y crear para ser “él mismo”, Amable se fraguó un universo imaginario y de reflexión que fue germinando en textos de distinta condición, desde los más literarios -poemas, cuentos, aforismos y luego ensayos, grabaciones magnetofónicas, memorias y teatro- hasta artículos dedicados a cuestiones artísticas y otros asuntos de posicionamiento social que aparecieron espaciadamente en publicaciones periódicas entre los sesenta y primeros años ochenta.

Buena parte de ellos, los relacionados más directamente con el Bierzo, se publicaron en el semanario Aquiana de Ponferrada, como los titulados “Un berciano en el Louvre” (noviembre de 1977), “Sobre El Señor de Bembibre” (mayo de 1979), otro evocando al también pintor y profesor bembibrense Antonio Gago (mayo de 1978) y unos cuantos más.

No obstante, el momento más satisfactorio de esa faceta de escritor le llegó con la edición del primer poemario, La mano muerta, que vio la luz en 1980 cuando tenía ya cincuenta y tres años. Publicado inicialmente por ediciones Hordago de San Sebastián, volvió a reeditarse, una vez agotado, en el año 2012 por el Instituto de Estudios Bercianos y la editorial leonesa Lobo Sapiens. Escrito durante los inviernos de 1973-74, tiene un contenido poliédrico y discrepante, con un centenar de poemas “tan pronto agresivos y de embestida frontal, como delicados y tiernos”, según apunta Alonso-Pimentel; y que no dejan indiferente al lector. La mayoría están ilustrados con dibujos ex profeso de 1980 en tinta negra, ilustraciones que muestran su ironía y “talento fabulador”. La reedición del 2012 tiene algunas variaciones respecto a la primera.

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Los versos de este poemario, y los que vinieron después, no se adaptan a las reglas y preceptos clásicos de medida, rima y demás; son anárquicos y transgresores como lo es la obra restante, “escribiendo -dice él- de la forma que a mí me gusta sin problemas de sintaxis semántica y semiótica, y manteniendo una postura ética marxista”. Así era su vivir y pensamiento crítico.

Ese rostro que a nadie interesa / esa voz que no se escucha / esa presencia anodina / caída del tiempo absoluto / ese desconocido / cambiante / presente y ausente / ese estar en el mundo sin valor ninguno. / Eres tú y yo.

Al año siguiente (1981), la misma editorial Hordago publica un libro colectivo titulado 23, con narraciones, cuentos y poemas de treinta y ocho escritores entre los que figuran, además de Amable Arias, el escritor y farmacéutico oriundo de Cacabelos Raúl Guerra Garrido, junto con Gabriel Celaya, uno de los representantes más destacados de la “poesía social”. En este caso la aportación de Amable se limita a una docena de cuentos cortos escritos el año anterior, microrrelatos iluminados con cinco dibujos hechos también a propósito. Estas dos fueron los únicos libros de su autoría que llegó a ver publicados.

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Tras fallecer en 1984, el Instituto de Estudios Bercianos editó en octubre de 2003 la primera obra póstuma, Sobre el vaivén de las cortinas. Un volumen de bella y cuidada factura en el que se recogen treinta y cinco poemas -treinta de ellos inéditos habían sido escritos diez años antes de morir, titulándolos poemas “De la verdad”, mientras que los otros cinco pertenecen al primer libro-. En cuanto a las ilustraciones, decir que corresponden a la serie “Maquillajes y Carnavales” (1981), para cuya elaboración utilizó papel de hilo coloreado con rouge de labios y sombra de ojos, o sea simple maquillaje del que usaba su musa; eso sí, con un resultado sutil y de gran efecto estético.

Los ojos / esos ojos que las personas tienen en la cara / no miran ya de frente / ¿Dónde está la mirada altiva del rebelde?

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La siguiente obra en aparecer, Sherezades, “admirablemente editada” por Bassarai Ediciones -según reconoce la propia Maru Rizo-, vio la luz en noviembre de 2005 y reúne una amplia selección de textos sobre sus relaciones con distintas mujeres que dejaron huella en su vida, unas por amor y otras por amistad, o por sus situaciones o actitudes. Un libro oral, ya que no fue escrito por él sino fruto de las conversaciones con Maru, quien copiaba los relatos directamente a máquina, recogiendo en este caso 51 de los 114 que le había dictado unos años antes de morir; como si intentara demorar la llegada de la parca, al igual que hace la reina Sherezade en Las mil y una noches.

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Hablamos, por tanto, de un trabajo muy diferente de los anteriores y de los que vendrían posteriormente, pues, además de nacer de una relación de complicidad y confidencialidad entre ambos, tiene un marcado interés autobiográfico al versar el contenido sobre diversos aspectos de la vida cotidiana: su relación con las mujeres -como ya se dijo- pero también sus amistades, deseos, soledades, frustraciones, preocupación por la pintura, primeras exposiciones, etc.; abarcando una etapa vital amplísima y tan distinta que va de los siete años de la niñez a los cuarenta y cuatro, uno después de conocer a Maru en 1970.

Sherezades es el más extenso y cuidado de los libros que recogen su obra escrita -sin contar los numerosos catálogos de obra plástica y la ya mencionada tesis de Alonso-Pimentel- y lleva además un estupendo prólogo de Iñaki Beti Sáez, de la Universidad de Deusto-San Sebastián. Añadir, asimismo, que cada relato va acompañado de un óleo o retrato de la protagonista del texto, o bien de un dibujo del ambiente que describe.

Como muestra, este breve fragmento de neto sabor bembibrense.

Andaba yo por el café Mero como por mi casa. Dibujaba a todas horas y por todos los rincones toneladas de papel, y mi carpeta, que era de tablas y cuerda, estaba siempre en Casa Mero. Allí pasé ratos muy agradables. En fin, el café Mero es uno de los lugares concretos donde me forjé.

El año 2007 marca otro hito en la obra amabliana escrita, con la aparición de Cuadernos experimentales de arte, publicado por la Universidad de León en la colección “Plástica & Palabra” dirigida por Javier Hernando y José Luis Puerto.

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Se reúne en él una amplia serie de textos e imágenes realizadas por Amable en diez libretas escolares donde experimentaba y registraba la creatividad cotidiana. Algo así como una especie de catálogo o diario que abarca desde noviembre de 1978 a febrero de 1979. Una “biología imaginaria” poblada de monigotes, figuras humanas, animales y vegetales, además de lecturas, pensamientos y reflexiones donde no faltan guiños a la “poesía visual”. Y siempre con “una vocación de fragilidad, y un aire de levedad, improvisación e intrascendencia”, como dice en el prólogo Francisco Javier San Martín, profesor, historiador y crítico de arte. Tiene 155 páginas y está ilustrado en color.

Ya para concluir, hemos de referirnos necesariamente a Encantamiento y desencantamiento, el más reciente de los libros, ultimado en la primavera de 1978 aunque no vio la luz hasta marzo de 2016 en edición al cuidado de Maru Rizo y sello editorial de Eolas Ediciones.

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En este caso se trata de una recopilación de más de un centenar y medio de textos inéditos y plurales (159 concretamente) tomados de los propios manuscritos y corregidos pacientemente por Maru, pues la letra de Amable era complicada y la ortografía bastante laxa. Poemas amétricos y rompedores, de vértigo, encanto y desencanto como la vida misma; ramalazos denunciadores del hombre comprometido y disidente que resiste y se revela con ironía contra un vivir tantas veces sembrado de falsedad, injusticia y poder devorador. Poemas que pivotan sobre los temas que definen su pensamiento: “la pobreza como dignidad, la religión como intento destructivo de la razón, Bembibre como arcón de memorias, la libertad como empeño, el azar como zancadilla prodigiosa, el marxismo como teoría y práctica, yo -Maru- como tantas cosas, la codicia legalizada como hacedora de sufrimiento, el sexo como gozosa liviandad, el Bierzo como impulso estético, el arte como espejo multiplicador o la noche como aproximación al yo”.

Finaliza el libro, que está ilustrado con una veintena larga de dibujos de la serie Clamoxyl -medicamento que le hacía sentir “una especie de fantástico desvarío cuando lo tomaba”-, con un esclarecedor epílogo de Rogelio Blanco Martínez, pedagogo y escritor cepedano que fuera Director General del Libro del Ministerio de Cultura y buen conocedor de la obra poética y pictórica de Amable, a la que califica de “luminosa y delatora en tiempos tibios y lúgubres… voz heridora y vibrante, entrañable y humilde… que golpea a los aquietados para superar el aterimiento y la banalidad… y a los dominantes osa y lanza palabras como sal y dolor”.

Arriero fue por los caminos que buscan el ideal de un mundo más digno y justo, dejando “a jirones la vida” entre los desgarros y bocanadas de viento fresco. De ahí que su poesía y obra escrita sean, junto con su lenguaje plástico, un espacio de denuncia y libertad plenamente actual, aunque hace más de treinta de años que nos dejó.

Ya como broche, este poema tomado del citado libro, cuyas últimas presentaciones tuvieron lugar en Ponferrada y Bembibre a finales de 2016.

 

Te llevaré una flor con ciento un pétalos, todos de diferente color / quien tenga esa flor tendrá el paraíso en las manos. / Pero esta flor se encuentra a la orilla de un río en tierra firme y / hasta ahora sólo se han visto flores cercanas a la que te digo, / tenían sesenta pétalos y muchos de un mismo color.

Hay quien dice que cada pétalo promete salud amor amistad / otros han visto castillos de piedra transparente / o sueños de alegría libres del tiempo de trabajo / y otras muchas fantasías que te contaré. / No obstante, persigo la primera flor / y sólo creo en el primero de los dichos.

 

Jovino Andina

 

 

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