Hace ya algunos años -exactamente durante las Olimpiadas en Los Ángeles- escribí, mientras aguardaba el comienzo de las retrasmisiones, un libro que aún permanece inédito, “La verdadera historia de don Miguelín Lanuza y otras historias no menos verdaderas“, en el que incluí un relato -La oscura historia de Avelino Santaelices Fierro- en la que hablo de los “suspiros de monja”.
Hace ya algunos años -exactamente durante las Olimpiadas en Los Ángeles- escribí, mientras aguardaba el comienzo de las retrasmisiones, un libro que aún permanece inédito, “LA VERDADERA HISTORIA DE DON MIGUELIN LANUZA y OTRAS HISTORIAS NO MENOS VERDADERAS“, en el que incluí un relato -LA OSCURA HISTORIA DE AVELINO SANTAELICES FIERRO- en la que hablo de los “suspiros de monja”.
Quiero decir, -y digo- desde este mismo momento, que no soy amigo de dulces. No me gustan, pero, a veces, en alguno de mis cuentos -no es lo mismo ser amigo de cuentos que ser cuentista- aparece alguna receta de postre y en este me pareció oportuno incluir “suspiros de monja”.
Copio textualmente.
-Hoy no comeré en casa -dijo Avelino a Clara- tengo una reunión con los candidatos de otras coaliciones.
-¿Hoy…?. ¿Precisamente hoy…? -preguntó la mujer-.
-Sí. Hoy. Vamos a formar un pacto de no agresión verbal entre todos los partidos, para no atacarnos y dar ejemplo al resto de Europa. Tenemos que demostrar que no somos unos salvajes.
-Antes no opinabas así.
-¿No…?
-No. Dijiste, durante las municipales que en el amor, en la guerra y en la política, todo vale.
-Bueno..… eso era antes. Ahora las cosas han cambiado
Hay una pausa entre los dos.
-Está bien, -cede ella- pero tú te lo pierdes…
-¿Qué es lo que me pierdo…?
-¡Suspiros de monja…¡.
Los suspiros de monja son unos pastelillos que trastornaban a Avelino, muy aficionado a la repostería casera y cuya receta había sido ofrecida a Clara -doña Clarita como la llamaban las monjas en el convento- cuando iba a recoger unas camisas bordadas para Avelino.
Años después -sigo contado la historia de Avelino Santaelices Fierro, este se enteró que un tal Manuel María Puga -“Picadillo” en el mundo de la cocina- había dado a conocer a los lectores de un periódico, la receta de los “suspiros de monja. Receta que las monjitas copiaron en las últimas páginas de un novenario a santa Tecla y adoptaron como suya.
Avelino conoció el asunto porque don Miguelín Lanuza, su amigo del alma en Villamor, lector infatigable, le había regalado el libro de “Picadillo”, comprado en la imprenta de don Tomás Nieto, en Villavfranca del Bierzo, en mil novecientos cuarenta y siete durante la Feria de San Antonio Abad.
Al pie de la receta había unos versos que Clarita y Avelino aprendieron de memoria y que se recitaban el uno al otro en los breves momentos de felicidad que conocieron:
También en aquellos momentos felices -breves pero felices- Clara que, como la mayor parte de los villamorinos, escribía, recitaba a Avelino una cuarteta compuesta en un momento de euforia amorosa:
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