Categorías: Cocina Literaria

¡Caracoles….¡ (caracoles a la madrileña)

Hace muchísimos años, cuando quien esto escribe andaba en pantalón corto, había, por plazas y mercados -y, sobre todo, en estaciones del ferrocarril- junto a los cartelones que cantaban alabanzas al yute -“Las aleluyas del yute” porque nadie lo discute”- unos avisos en los se podía leer. “No blasfemes. La ley castiga la blasfemia”. Es decir, la ley prohibía y castigaba a quienes decían tacos o palabrotas y la Guardia Civil, envuelta en sus capotones verdes y cubierta con el tricornio charolado velaba celosamente para que nadie se propasase con palabrotas, así que uno decía por ejemplo: ¡‘Ostras…¡ por Hostia o ¡cara…coles..¡ por carajo.

Decir una palabrota era, casi casi, pecado mortal y, si no mortal, sí venial que podía ser perdonado introduciendo los dedos de la mano derecha en la pileta del agua bendita y diciendo. “Por esta agua bendita que pongo en mis manos sean perdonados mis delitos y pecados”. Así que, decir carajo o carallo o coño, era pecado sin llegar a delito.

Papá siempre decía ¡cara…coles¡ aunque no era dado a excesos verbales y, sí a buscar en abril, después de una tarde lluviosa, los caracoles. Miraba para el cielo y murmuraba: “Los de abril para mí, los de mayo, para mi hermano y los de Junio para ninguno” y con un palo pequeño en la mano buscaba entre la hierba húmeda, los caracoles, los recogía amorosamente y los echaba en un cestillo como el que llevaban los trabajadores de Cosmos la merienda y allí los dejan purgar, en ayunas, hasta que expulsaban toda la baba.

Hoy se lavan con agua y vinagre y se olvida uno de la purga. (Papa, al cabo de tres días de ayuno de los caracoles, los lavaba bajo un chorro de agua y se los pasaba a mamá que solía prepararlos a la madrileña, como le había enseñado Eugenia, la mujer de su hermano Vicente, pero como esa fórmula de preparar los caracoles es la que se usa en el Bierzo, voy a tratar de enseñarles otra: a la marinera y en olla a presión. Se hacen en diez minutos).

Pongamos agua en una cacerola y echemos en ella los caracoles para darles un hervor. Los retiramos y desechamos el agua. Ponemos una nueva cacerola al fuego con aceite y doramos dos cebollas finamente picadas, un diente de ajo y tacos de jamón. Cuando esté preparado este fondo, echamos los caracoles, condimentamos agregando un vaso de vino o una copa de coñac. Tapamos la cacerola y cocinamos a presión durante diez minutos. Mientras tanto, en otro recipiente, doramos unas cebollitas pequeñas, al tiempo que freímos una rebanada de pan. Pasados diez minutos retiramos la olla exprés del fuego, la dejamos enfriar y la destapamos. Colocamos las rebanadas de pan, frotadas con ajo crudo y las colocamos en el fondo de la fuente en la que echaremos los caracoles, colocando, alrededor las cebollitas. Y ¡cara…coles…¡ -o ¡carajo…¡- que buenos están.

Mario

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