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Amable Arias: el artista que no pidió permiso

Hay artistas que caminan al margen, no por rebeldía, sino por necesidad interior. Que no buscan escuelas, ni favores, ni laureles. Que trabajan a solos o solas, en silencio, como si el mundo fuera un lugar demasiado frágil para soportar sus verdades. Uno de esos artistas fue Amable Arias (Bembibre, 1927 – San Sebastián, 1984), pintor, poeta, hombre herido, creador indómito. Su obra no es una escuela, sino una conmoción. Un modo de estar en el mundo sin adaptarse del todo. Una forma de decir lo esencial sin rodeos, sin ornamento, sin tregua.

El golpe que cambió su vida llegó temprano. A los nueve años, un vagón de tren le destrozó una pierna en la estación de su pueblo natal. La cojera fue irreversible. Pero más hondo que el daño físico fue el descentramiento existencial que aquel accidente produjo. Desde entonces, todo en Amable pareció girar en torno a una conciencia de la fractura. El mundo, tal como lo percibía, era un lugar inhóspito. Y su obra no hizo otra cosa que intentar habitar esa intemperie.

Trasladado a San Sebastián en plena adolescencia, se formó como autodidacta, al margen de academias, pero no de la lectura. Bibliotecas públicas, libros de filosofía, tratados científicos, poesía libre: todo lo que pudiera alimentar una mente inquieta, crítica, inadaptada. Fue lector antes que pintor, observador antes que actor. No había en él ni afectación ni teatralidad: había búsqueda. Y en esa búsqueda encontró en el arte no un refugio, sino un campo de batalla.

Apenas iniciado en la técnica, comenzó a crear con una intensidad feroz. Sus dibujos, sus óleos, sus acuarelas, su escritura: todo responde al mismo impulso. No hay jerarquías entre géneros ni medios. Amable no distinguía entre el cuadro y el poema. Todo era lenguaje, todo era intento. El trazo breve, la línea apenas sugerida, el gesto mínimo, tienen en su obra una densidad emocional que desborda lo visible. Su pintura no se exhibe: se pronuncia.

Durante un breve tiempo, a finales de los sesenta, formó parte del Grupo Gaur, núcleo de la vanguardia vasca, junto a figuras como Oteiza o Chillida. Pero pronto se apartó. No encajaba. Ni por estilo ni por espíritu. No buscaba pertenencia ni discurso colectivo. Pintaba porque necesitaba hacerlo. Porque el dolor, la lucidez, el asombro y la ira le exigían una salida. Su arte era un acto íntimo, a veces desesperado, siempre veraz. Amable no fue nunca un artista de salón, sino de trinchera.

Su escritura, igual de radical, dejó un poemario incontestable: Encantamiento y desencantamiento. Allí, sin rima ni ritmo convencional, rompe el lenguaje para sacarle las astillas. Habla desde el límite, desde el escepticismo, desde la compasión más honda. Hay en sus versos ironía, denuncia, ternura, desengaño. Pero sobre todo hay verdad. Y esa verdad, seca y luminosa, cala más que cualquier retórica. Lo suyo era hablar claro cuando nadie quería escuchar.

La enfermedad lo fue acorralando poco a poco, hasta su muerte en 1984. Pero no dejó de crear. No dejó de pensar. No dejó de ser incómodo. Ni siquiera después de muerto. Porque Amable Arias no es un artista fácil de colocar en un estante. Su legado, que supera las dos mil obras, ha sido durante décadas custodiado con devoción por Maru Rizo, su compañera, que ahora ha ofrecido donarlo íntegramente a su pueblo natal, Bembibre. No como un acto de nostalgia, sino como un gesto de justicia y memoria.

La pregunta es si sabremos estar a la altura. Si Bembibre, si el Bierzo, si quienes defendemos la cultura sin intereses, sin cálculo, sabremos comprender lo que esta obra significa. No basta con colgar sus cuadros. Hay que habitarlos. No basta con inaugurar una sala. Hay que pensarla. No basta con incluirlo en un catálogo. Hay que leerlo, mirarlo, difundirlo. No como se honra una estatua, sino como se escucha una voz viva que aún tiene mucho que decir.

Porque Amable no murió. Sigue ahí, en cada trazo, en cada línea que no se cierra, en cada poema que no concluye. Sigue exigiendo a quien lo mira un acto de sinceridad. Su arte, como su vida, fue un ejercicio de resistencia. Contra la mentira. Contra el olvido. Contra la complacencia. Y eso, en tiempos como estos, sigue siendo más necesario que nunca.

Nicanor García Ordiz

Mario

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