“Desde las entrañas” en Bembibre

Manuel Cuenya presentó su último libro “Desde las entrañas” en La Casa de las Culturas de Bembibre, un espacio que siente como propio porque “en este lugar, para mí entrañable, he podido realizar diversas actividades, desde Tardes literarias a Tardes de cine, entre otras”.

Cuenya quiso agradecer a la Concejalía de Cultura que organizara esta presentación, pero sobre todo a quienes han leído y reseñado Desde las entrañas, como es el caso de la escritora y profesora Margarita Álvarez, la también escritora y profesora María José Prieto, los escritores Yolanda Prieto y Ruy Vega o el periodista y escritor Tomás Álvarez, además de la pintora Cristina Masa Solís, cuyo cuadro de la cubierta del libro le corresponde.

Desde las entrañas, a modo de diario

Desde las entrañas, concebido como un diario de bitácora durante el periodo de travesía por los mares revueltos de la pandemia. Un diario que, tal vez siguiendo los pasos de La náusea, de Sartre o El Horla de Maupassant, entre otros (lo digo en términos de forma, en forma de diario,  pues ambos se me antojan extraordinarios), me llevó a reflexionar largo y tendido. En realidad, la pandemia ha sido una excusa para adentrarme, a través del arte, de la vida, de la Naturaleza, en la condición humana, tal vez con el deseo de entender, de comprender quién es uno y hacia dónde camino a través de la introspección. Y por ende comprender quiénes son los otros, mis prójimos, la Humanidad.

Tantas horas de encierro o confinamiento dan mucho de acerca de los temas que nos preocupan, que nos inquietan a los seres humanos, sobre todo ante una encrucijada como la que viviéramos en la primera parte de la pandemia, allá por los meses de marzo, abril y mayo de 2020, que andábamos todos desnortados, con mucha enfermedad y muerte en el horizonte de nuestros desvelos.

La ansiedad hizo de las suyas. Y el miedo y la incertidumbre nos tuvieron atenazados. El miedo y la ignorancia (el desconocimiento y/o la saturación de información, para más inri contradictoria, el ruido informativo/desinformativo y hasta tóxico) son factores claves para paralizar a toda una sociedad, a todo un Planeta. Factores que han sido estudiados con tino por la antropología, por ejemplo desde el materialismo propuesto por Marvin Harris, algo que aparece plasmado en el libro. 

Y, a partir de ahora, que ya comenzamos a ver la luz al final del túnel, seguiremos en la senda, con el entusiasmo de saber que, pronto, el coronavirus sólo habrá sido una pesadilla, aunque a veces nos asalte aquel microrrelato de Monterroso: «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí». Ojalá, que la Humanidad se despierte y el dinosaurio haya desaparecido. Y el protagonista de La metamorfosis, de Kafka, no haya amanecido convertido en una cucaracha. Ojalá. Inshallah. Un canto a la vida, hey. 

Realidad evaporada

Tengo la impresión de que vivimos en una realidad evaporada. Fue el filósofo alemán Nietzsche quien nos habló del humo de una realidad que se ha evaporado para referirse a la civilización occidental.  El humo que aun parece resurgir de las cenizas humanas. Occidente es también un inmenso cementerio. Da la impresión de que Occidente estuviera llegando a su ocaso. Como en su día lo hiciera el Imperio de Roma. Occidente ya tocó fondo con el holocausto, con los holocaustos, aparte de sus guerras mundiales, etc. Muchas escalofriantes páginas se han escrito después del holocausto (entre ellas las de Primo Levi, Anna Frank o el propio poeta Paul Celan, entre otros) para dejarnos testimonio del horror, de la barbarie, que unos humanos bestiales, con un grado espeluznante de perversión y psicopatía, cometieran contra otros humanos. 

Vivimos en un mundo espantoso, aunque por fortuna exista gente luminosa, que aún cree en los afectos, donde se repite la historia universal de la infamia. Por emplear terminología borgiana. La maldad, la vileza de los seres humanos, al menos de algunos seres humanos, que antes son bichejos parlantes, que se comportan como genuinos psicópatas, regodeándose en el sufrimiento, a veces tras una máscara de sonrisas y carantoñas, es algo evidente. En esencia, podríamos decir que nada ni nadie es lo que parece. La doblez, la falsedad, incluso el desdoblamiento de personalidad, es frecuente en nuestro mundo, aflorando el yo perverso aun en el momento menos inesperado, pudiendo arrojarte al vacío, al abismo.  

La modernidad, que al sociólogo Bauman se le antojaba líquida (como señalo en el libro) ha acabado evaporándose. De modo que todo se vuelve provisional, pasajero, efímero, y no tenemos mucho a lo que agarrarnos, aferrarnos, porque no hay nada sólido. Todo se diluye, todo se esfuma. Y de este modo resulta complicado construir algo sobre cimientos, porque la realidad se desvanece.

Otrora podíamos asirnos a algo tangible, palpable, pero ahora todo es evanescente, virtual, digital. Y eso nos preocupa, porque vivimos de modo artificial, siempre en la inmediatez. A una velocidad de vértigo. El vértigo de la angustia, de la incertidumbre, lo que nos lleva al infarto. Y en esa inmediatez, en esta vida apresurad, que procura la tecnología, nos movemos como marionetas al servicio de la Gran pantalla orwelliana, esclavizados a la Gran Mentira del Supra-sistema.

Somos incapaces de quedarnos durante horas contemplando algo, por ejemplo, las estrellas o un amanecer, porque eso podría resultarnos tedioso. Y en vez de charlar con alguien, cara a cara, preferimos hacerlo a través de una cámara web. Incluso para romper con una relación. Una puta locura. Todo se resuelve por la vía telemática. También nuestras gestiones burocráticas. 

El vértigo de la angustia

Vivimos en un permanente vértigo, el que procura esta vida esclavizada asimismo a las redes sociales como el Facebook, el Twitter, el Instagram… o bien al WhatsApp. Ya hemos comprobado cómo cuando se caen las redes, aunque sólo sea durante unas horas, nos volvemos majaretas perdidos. Es como si ocurriera una hecatombe. Y hasta alguna gente entra en pánico, en depresión. Si es que estamos harto desequilibrados. Y la pandemia ha acrecentado las patologías de la psique.

¿Qué ocurrirá cuando nos llegue un apagón tecnológico, que podría llegar, el cual nos sumerja en las tinieblas? Sin Internet, sin dinero, sin nada… 
Vivimos con una ansiedad descomunal, lo que podría desembocar en patologías varias. Nos bombardean con información, con ruido, que somos incapaces de procesar, de discernir, porque no somos robots, aunque todo apunta a que acabaremos deshumanizándonos tanto que nos convertiremos en puras máquinas, autómatas que ni piensan ni sienten, insensibles al horror (¡el horror, el horror!, como leemos en El corazón de las tinieblas, de Conrad, que Coppola adaptara al cine) que se cierne sobre nosotros. Dopados día y noche. Con algunas raciones de soma, acaso para disfrutar de la eternidad y un día en la cara oculta de la luna o en alguna reserva salvaje, que antes se asemeja a un parque temático de la factoría Disney. Pongamos por caso. Se nota que uno estuvo como cast member en esta multinacional, que trata a sus trabajadores como si fueran peones de un engranaje perverso, que lo es. 

Todo parece estar a nuestro alcance, creyéndonos incluso nuestras mentiras. El autoengaño, la falsa conciencia está a la orden del día. Basta con darle a una tecla del ordenador o del móvil para activar nuestro cerebro pre-programado. Nos entusiasma engancharnos a las redes porque lo que ahí pongamos nos procura una satisfacción inmediata, un refuerzo, sobre todo cuando colgamos algo que a otra gente parece gustarle, entonces es cuando se ponen en funcionamiento algunos de nuestros neurotransmisores del bienestar. Y eso nos convierte en adictos. En unos trastornados.

Nos ponen al alcance de la mano caramelitos, chutes psicodélicos, que nos jamamos sin repensar ni replantearnos nada. 

Vivimos en un mundo frenético, desequilibrado, de ahí que el personal se vuelva fuera de sí. Y las patologías de la psique sean tan frecuentes. Tan brutales en ocasiones. Y para más inri lo psíquico se acaba somatizando en cánceres y demás enfermedades.

Occidente, con todo su supuesto bienestar y sus quiméricas libertad e igualdad -la fraternidad está literalmente pulverizada-, se está yendo a la mierda.  Y el resto del mundo tampoco va por buen camino, porque el miedo, la ignorancia y el poder omnipotente, que ejercen las clases ricas sobre las pobres (las desigualdades entre unos y otros es cada vez más aterrador), me late vomitivo. La realidad se está evaporando. O ya está evaporada.

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