Mestre: ‘La poesía es, por excelencia, el discurso de la desobediencia’

Juan Carlos Mestre es uno de los grandes poetas de nuestro país, Premio Nacional de Poesía en 2008, que con su faceta de artista visual ha conseguido convertir este género literario en un auténtico espectáculo que ilumina los sentidos. Incluso aquellos que están convencidos de que la poesía es aburrida y elitista, saldrán convencidos de lo contrario después de escuchar a Juan Carlos Mestre.

Con motivo de su presencia en Bembibre este jueves, para participar en el ciclo Tiempo de Palabras (20,00 horas en La Casa de las Culturas), reproducimos la entrevista que le realizó Nicanor García Ordiz .

—Sabes que estamos atravesando por vicisitudes un poco contradictorias y eso hace que nos planteemos muchas cuestiones, muchas dudas, y yo siempre recuerdo oírte, querido Juan Carlos, aquello de que, en realidad, no somos nada. Si venimos de la nada, si no somos nada y vamos a acabar nuestros días perdiendo nuestra vida, que fue nada, ¿qué fue del bagaje sagrado que nos dejaron los que pasaron como nosotros sin ser nada?

—Yo creo que lo que permanece siempre es la irreductible conciencia de nuestros antepasados, aquellos que sostuvieron moral y éticamente la intemperie de la nada con la nada que tenían, es decir: con sus brazos, con el esfuerzo cotidiano de los que pobres, humildes, débiles y vencidos sostuvieron la esperanza del porvenir. Mira, Nicanor, yo creo que la gente que no tiene nada, la gente que se sostiene de pie en la dignidad de la vida con el propio esfuerzo, que no es otro que el de la ilusión, el de conquistar cada día la necesidad de un camino por el que avanzar, es la gente que tiene sueños y en los sueños comienzan las responsabilidades. Entonces, mantener inmaculada y pura la sonrisa de nuestros antepasados, de aquellos que nos precedieron en el mandato moral de la esperanza, es acaso no una ejemplaridad, porque muy lejos de estar en ese lugar de lo ejemplar, pero sí de la conducta. La conducta de los dignos, la conducta de la honradez de nuestros padres y nuestros abuelos, que nos precedieron en el esfuerzo del cuidado de la tierra y también de la manera hermosa, bella y digna de estar uno y para con los demás en la vida, en la Tierra.

—En este mundo de lo material, de lo inmediato, de lo inmoral, ¿queda consciencia de la moral humana?

—Yo creo que, allí donde hay un ser humano existe el vértigo moral de una iluminación que no es otro que el de la conducta de hacerse responsable de un mandato que nadie nos ha hecho, pero que tenemos grabado en la conciencia de las civilizaciones, que es aquel que nos dice que los seres humanos somos responsables unos de otros. Hay gente que no cree en esto, pero basta con que haya un ser humano que, ahí en la intemperie de la historia, en las amargas canteras de la historia, diga soy inocente, ¿qué hay de mis derechos? No me mates. Está estableciendo la necesidad imperiosa de que sea reconocido en su condición de igual. Mira, Nicanor: allí donde cada lágrima que corre y podría ser evitada y no se hace, esa lágrima se convierte en una acusación. En la sociedad contemporánea, la acusación permanente al sistema, es la lágrima de aquellos que sufren.

—La palabra poética, tu palabra, la de todos los poetas del mundo, los que fueron, los que son y los que serán, ¿será suficiente para responder a la responsabilidad de la denuncia?

—No, en absoluto. La palabra establece una categoría de pensamiento simple. Las palabras son unas etiquetas de las ideas. Uno puede tener las ideas más conmovedoras, más piadosas, más misericordiosas hacia el mundo, pero si no las puede expresar, las ideas son como si no existieran. Las palabras son las etiquetas que tienen las ideas para poder ser expresadas; de ahí la importancia de la palabra en la cultura contemporánea; no esa palabra saqueada por la publicidad y por la soberbia obstinación del poder para seguir mintiéndonos día a día, si bien es cierto que, la poesía es un acto de legítima defensa contra esa soberbia estimación del poder para mentir, bien es cierto que la palabra no es suficiente, en todo caso no la palabra individual; puede ser suficiente la palabra colectiva, la palabra de las multitudes, la palabra asamblearia de aquellos que en semejantes condiciones se unen con sus iguales para decir no, para reivindicar los derechos civiles a la felicidad y los sueños.

—Al decir de los poetas, a la poesía, de continuo, se le asedia con conceptos que tratan de marcarla en casilleros establecidos, Juan Carlos. ¿Es esto un símbolo de la simplificación? ¿De dominio? ¿Tal vez de miedo a reconocer que la poesía es palabra, nada más y nada menos?

—Pues sí, Nicanor, tienes toda la razón. La poesía es por excelencia el discurso de la desobediencia. La poesía no se atiene a preceptos, si no a resultado, a teorías. La poesía es un discurso por naturaleza antidogmatico. La poesía es el ejercicio en libertad de la palabra. Toda la teoría viene después. La poesía poco tiene que ver con el pensamiento teórico de la lingüística, de las corrientes literarias o generacionales; toca sobre la misma relación que existe entre los ornitólogos y los pájaros, es decir: ninguna. Son dos categorías completamente diferentes. La poesía, a diferencia de la literatura, es un proyecto espiritual, es una manera de estar en el mundo, y esa manera de estar en el mundo, en la que cada ciudadano, sensiblemente en función de su imaginación, decide. Ese es mi proyecto, esta es mi conmovedora manera de entender el azul del cielo y el canto de los pájaros, este es el lugar en el que mi habla y mis palabras van a fundar mi percepción del mundo.

—¿Quién te enseño a ver el mundo con ojos de poeta?

—Bueno, yo creo que todos nacemos con la misma percepción, todos los seres humanos nacemos iguales en condiciones de sensibilidad, de dones, de posibilidades de desarrollo de nuestra sensibilidad. Otra cosa es, después, cómo la escuela, cómo los sistemas de dominación, la microfísica del poder, en el colegio te va alejando del discurso de la imaginación: “oye niño, deja de vivir en las alpabardas, tienes la cabeza llena de pájaros, estás todo el día pensando en las moscas”. No, claro, un niño piensa en lo que debe de pensar, claro, vienen los sistemas de orden a decirle que todo aquello que está relacionado con la intuición y la imaginación está reñido con la práctica de lo pragmático, de lo útil, pero necesariamente utilitario, y claro, el poeta lo que produce son artefactos inconsumibles, que no sirven para otra cosa que para para ayudar a los demás a ser felices. En el fondo un poeta no es otra cosa que un taxista que lleva la gente dónde la gente quiere ir a vivir su propia vida. ¿Quién me sueño a mí esto? Me lo enseñó la manera amable y delicada de estar en el mundo de mis abuelos, de mis padres, de Gilberto Núñez Ursinos, de haber conocido muy pronto, de niño, a Antonio Gamoneda y a Antonio Pereira, mis padres literarios. Me lo enseñó la conducta en la honradez, en el sindicato de las artes blancas, que era la panadería de mi padre, en Villafranca del Bierzo.

—Tu palabra está sembrada siempre de aviso, de denuncia, de respuesta hacia las quebraduras sociales, las políticas, las morales. ¿Sientes que las expresiones artísticas que tú dominas, que tú practicas, que tú cultivas, están lo suficientemente comprometidas con los conflictos de identidad social que vivimos?

—Uno nunca puede pronunciarse con un mínimo de objetividad sobre cuál es la cualidad de lo que uno hace. Uno hace lo que puede, no lo que quiere. Yo hago lo que puedo. ¿Me gustaría hacer más? Ciertamente. Me gustaría escribir mejor, me gustaría pintar mejor, me gustaría pensar mejor, pero pienso, hasta dónde me ha sido dado el conocimiento de la práctica de estas sustancias, de lo misterioso que son los actos creativos. Ahora bien, ¿hacia qué lugar oriento yo la actividad, la creencia de mi práctica cotidiana con el arte? Me gustaría que estuviera imbricada en la responsabilidad civil de lo que Walter Benjamin llamaba “los cuidadores del fuego”, aquellos que anuncian de las catástrofes inminentes y las nombran en voz alta precisamente para que no sucedan. Creo que existe una gran responsabilidad civil en todo acto estético, que por último deviene siempre un acto ético. En el acto ético, que no es otro que el elogio de la dignidad humana, el de darnos cuenta, en absoluto, de que en el rostro del otro está escrito el signo permanente de la semejanza y de la igualdad. Creo que de poco serviría toda esta industria de símbolos y sustancias de lo misterioso si no fuera para contribuir a que algún día regresemos a los grandes tiempos de la esperanza, al lugar donde el porvenir sea más justo y donde el arte oponga una delicada, sí, pero pertinaz resistencia al mal. Me bastaría con eso, creo que es ese el desafío de todo acto de pensamiento frente a los ominosos actos de fuerza o poner el lenguaje de la delicadeza humana, que creo que es la poesía, y acaso también la teoría menos humillante de la historia.

—¿Sigue pedaleando sobre la bicicleta del panadero la dignidad, la esperanza, la generosidad de ese padre que fue tu padre, cuyo fruto del trabajo de sus manos se sentaba en las mesas de los hombres para alimentar sus cuerpos y sus almas? ¿Sigue dando pedal esa bicicleta, Juan Carlos?

—Sí. Yo creo que la bicicleta de la esperanza lleva muchísimo más lejos que el automóvil del miedo. En la sociedad contemporánea la bicicleta sigue representando el esfuerzo sencillo de los débiles y los descontentos, de aquellos que saben que, adónde quieren llegar, se llega mucho antes, y de manera mucho más fácil, con el esfuerzo sencillo de la gente que no necesita adelantar a nadie para ocupar su lugar en el mundo. La bicicleta es un símbolo y el panadero pues también. Creo que dedicarse a hacer pan es una tarea digna, como tantas otras tareas, como la tarea del zapatero, la tarea del minero, la tarea del maestro… hay otras tareas más indecentes en la vida, y contras esas tareas indecentes pues también se levanta la voz de la poesía. La voz de la poesía que se constituye en un acto de permanente desobediencia frente a la malversación que el poder ha hecho del lenguaje. El lenguaje con el que habla la gente común, y el lenguaje con el que hablan los poetas no es otra cosa que el lenguaje que antes refería de la delicadeza humana, el lenguaje de una averiguación que intenta devolver a las palabras el sentido primero que han tenido. La de pequeños ladrillos hechos para ayudar a construir la casa de la verdad y no para destruirla, para que las palabras sigan significando lo que parece han dejado de significar en la sociedad contemporánea: el mandato que han tenido a través de las civilizaciones, porque la palabra justicia significa exactamente justicia y la palabra piedad significa exactamente piedad, y ante un desalojo, la palabra misericordia significa, óiganlo bien los poderosos, exactamente eso: misericordia.

—En tu obra reflejas muchas cosas, pero siempre manifiestas el compromiso con los que no están. Juan Carlos, ¿qué fue de los que fueron y que trataron otros de sepultar, para esquilmarles la vida, sus pensamientos, su alma, su identidad?

—Querido Nicanor, tú lo sabes perfectamente, porque es un tema que te ha tocado tan de cerca… Para decirlo de manera sencilla, pero también radical, son los sueños pendientes de ser soñados. Las cunetas de la historia, las cunetas de nuestro país están llenas de miles de bocas cerradas que no han podido todavía pronunciar la palabra digna de los sueños que no llegaron a tener. Los proyectos de felicidad truncados por la violencia fascista que desencadenó en este país el golpe de estado de Franco. En las cunetas de la historia está pendiente aún la memoria, la última memoria de la dignidad Civil y de la última utopía hermosa de este país, que es el viejo sueño de Pablo Iglesias, el sueño de los libros de la Institución Libre de Enseñanza, el sueño de la Segunda República, de la Barraca de Federico García Lorca, de la Residencia de Estudiantes, de la igualdad de oportunidades, de la enseñanza laica, de todos aquellos que soñaron algún día con una vida más justa, más equitativa y con el derecho civil a la felicidad de todos los ciudadanos. La memoria se impone como un imperativo categórico. Cuando yo escucho a algunas personas que dicen: “bueno, es que hay que olvidar, hay que olvidar, porque solo desde el olvido se puede construir la tranquilidad social del futuro”, pues siento una cierta indignación como ciudadano. Primero porque ninguna víctima nos ha autorizado, a nadie, para que la olvidáramos, ninguna víctima, y en segundo lugar porque el imperativo categórico de la memoria es el imperativo categórico de la dignidad humana. No hay ninguna posibilidad de construir el porvenir sobre la base injusta de unas raíces que ahondan la gran herida, todavía no cerrada, y no cerrada por no nombrada, no, no cerrada porque sobre la violencia ejercida sobre las víctimas se ha vuelto a ejercer la doble violencia del olvido. Todas las personas deben ser rescatadas en su condición de dignidad y deben de volver a esos sueños que sus familiares, sus contemporáneos, cualquier otro ciudadano, puede asumir como responsabilidad civil para ser nombrados en la dignidad que corresponde a su memoria de personas.

—Regresas a Bembibre este jueves, a las ocho de la tarde, en la Casa de las Culturas, para ofrecer a tus gentes y a las gentes que te quieran acompañar, tu lírica, tu música, tu quehacer… Qué necesaria es, Juan Carlos, esa levadura que nos vas a traer, con la que nos vas a obsequiar. Necesaria, en todo caso.

—A mí me gustaría que fuese un encuentro entre amigos, con mis versos. Yo invito a todos para que, si nos pueden acompañar, lo hagan, pues vamos a tener una asamblea, una asamblea de disconformes, sí, ciertamente, una asamblea de disconformes, que aspiran a que los sueños pendientes de ser soñados comiencen a atravesar la frontera de lo pendiente para convertirse en hechos de futura realidad. La esperanza, amigos y amigas, siempre lleva muchísimo más lejos que el miedo.

 

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