Si mi abuelo Vicente -por mal nombre “Alomorcestes”- no se hubiese casado con mi abuela Rafaela, tal vez mi madre no hubiese nacido y, si mi madre no hubiese nacido, yo no estaría aquí tratando de escribir sobre gastronomía bañezana.
La Bañeza -permítase hacer un poco de historia- es la capitalidad de treinta y tantos municipios en uno de los cuales -San Martín de las Torres- estuvo enclavada la antigua Bedunia, ciudad que figuraba en todos los itinerarios romanos que nacían en Caesaraugusta y terminaban en Braccara y en los alrededores de La Bañeza, el veintidós de Enero de mil ochocientos once, caían humilladas las águilas napoleónicas por el ejército gallego mandado por don Ramón Romaní.
Es tierra de paso La Bañeza y su Páramo por estar abierta a la rosa de los vientos. Pero es tierra, también, querenciosa para las gentes que van o que vienen.
No se trata ahora, aquí, de abrumar al lector con datos históricos. Permítaseme, más bien, acercarlo a una de las realidades bañezanas: la gastronomía. Y lo hago porque, no en balde, como dije en otra ocasión, soy hijo de bañezana y de ella heredé la pasión por las sopas de ajo que, de cuando en vez y siguiendo su receta, compongo para amigos y compadres.
Mi madre decía que la verdadera sopa de ajo tiene que comerse -eso ante todo para no incurrir en herejía gastronómica- en cuenco de barro y con cuchara de madera. Félix Pacho Reyero, periodista y hombre metido en aventuras culinarias- –VIAJE A LA GASTRONOMIA LEONESA es uno de sus libros- afirma que él utiliza cuchara de raíz de brezo -arbusto de unos dos metros de altura, madera durísima y raíces gruesas que sirven para hacer carbón de fragua- y cuenco de barro de Jiménez de Jamuz, como aquel en el que degustaron los Reyes de España, las sopas de ajo durante su visita a León.
Una de las fórmulas que mejor conoce este cronista es la siguiente: “Viértase aceite en una cazuela honda, de barro, y póngase al fuego. Cuando el aceite esté bien caliente échense los dientes de ajo y una cucharada de pimentón, dulce -a mi me gusta más el pimentón picante- y déjese en rehogo durante tres o cuatro minutos o, mejor, cinco. Añádase un litro y medio de agua, pan del día anterior cortado en rebanadas y cuézase durante media hora a fuego lento. Sepárese, después, la cazuela de la lumbre e incorpórense los huevos -uno por persona- y tápese el recipiente y dejándolo en reposo diez minutos y añádasele, si acaso, un poco más de pimienta y sírvase en la misma cazuela en la que se cocinó.
Mi abuelo Vicente -Vicente Alonso, más conocido por “Almorcestes”- al concluir la degustación de la sopa de ajo vaciaba en el cuenco, un vaso de vino y, tras agitarlo, bebía el líquido, besaba el cuenco y añadía: “Cojonudas. Están cojonudas. Si no almorcestes todavía almorzad con unas sopas de ajo”
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