Juan Carlos Mestre, Poeta

Detenga el Burbia sus aguas bravas y silíceas a su paso por la villa de las villas, Villafranca del Bierzo todo. Detenga el río su ímpetu y transforme su discurrir en rumor claro de luna. Abra sus entrañas y albergue en ellas el llanto puro de este querubín, blondo como el As de Oros. Deténganse los peregrinos que a Santiago van, y descalcen sus pies del polvo del camino, y ganen la indulgencia rindiendo saludo al Príncipe de la Palabra. Que es tiempo de ablución y bautismo en la casa del padre de los signos, que con generosidad dio al mundo tal Poeta. Acérquense al alba o en la madrugada y pronuncien todos su nombre y nombren también su apellido con sílabas blancas, como fécula para el pan de la esperanza: Juan Carlos Mestre. Dejen ante él sus cansancios de ser hombres, que él ha de reescribir sus historias elevando al aire sus raíces. Serán testigos de su quehacer, verán cómo alumbra anocheceres en las alboradas y es capaz de acariciar la piel del viento con sus palabras. Todo empezó en esta villa franca, donde el río se hace río y el agua pasa por la calle. Vengan aquí, a iluminarse con el Poeta, como las noches de los pueblos, como si llevaran amaneceres en las manos y rayos de esperanza en la mirada. Pídanselo, y se llevarán un real decreto de su puño y letra, que les hará merecedores de las estrellas y les convertirá en especie protegida ante las penas. Párense, igualmente, donde se detienen las náyades del río, y Euterpe, que galopa en el viento que llega desde el Olimpo de la Peña Cuiña; Calíope, que viaja a hombros de los hombres; Erato, que viene entre las plumas de las palomas que hacen pausas en los tejados de la Colegiata de Santa María; Polimnia, Talía, Urania, Terpsícore… Las Musas todas, que hacen nido en el pecho de Mestre, Poeta. Que a nadie le incomode el misterio del hombre hecho palabra, que todo está negro sobre blanco en las hojas de los árboles que se mecen al paso de las horas de Juan Carlos. Preocúpense de dar de comer al universo de la alegría, y proyéctenlo al futuro, al lugar de donde viene el pretérito perfecto de este Poeta, nacido de sí mismo, inaugurador de su propia humanidad. Poeta de todas las horas, de todos los días, de todas las vidas. Sin descanso. Abriendo el vientre de la luz. Inquiriendo su propia identidad para poseerse y entregarse. Dándole a cada hombre su ración de hombre. Dignidad por dignidad igualada. Siempre creyendo en la esencia del otro, en el porvenir glorioso del otro. Así que, ven, detente, este es Juan Carlos Mestre, el Espíritu hecho poema.

 

 

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