Personalísima persona

¿Habrá alguien que te recuerde, César? Seguramente. Pocos, tal vez, y menos por tu nombre. Anonio les sonará más. Ese era tu renombre. Anonio, probablemente en recuerdo de algún antepasado tuyo que se llamase así. Y es bueno que los demás vean en uno al ascendente que dejó huella. Aunque también pudiera ocurrir que de tanto recordar al ancestro, en tus propias carnes, acaben por anular tu propia identidad. Pero no. Ese no era tu caso. Tú te hiciste poseedor de un nombre que, sin ser el tuyo, lograste adherir a ti como una piel, y nombre y nombrable fuisteis una misma y personalísima persona. Habrá quien diga que eras un ser excesivamente introvertido, taciturno, frío, apático… y que vivías en un mundo propio, paralelo y solitario. Pero ignoran que te gustaba la soledad, porque tenías muy poca necesidad de otra compañía que no fuera la tuya propia, y te sentías más cómodo cuando estabas contigo mismo, porque, aún sin tú saberlo, la soledad es la huella de los espíritus libres. Dueño de tu propia autonomía, no pretendías la interacción con los demás, porque no la necesitabas para disfrutar de tus propias rutinas y salir adelante en la vida. Aunque hubiera quien solía murmurar al verte pasar, criticando tu talante o tu gesto, pero a ti no te conmovían las burlas (ni tampoco las alabanzas, si es que alguna vez las hubo), porque tú asumías tu propia manera de proceder. Y porque mirabas de reojo te llamaban desconfiado. Qué poco sabían que en realidad tú lo que hacías era practicar escrupulosamente el cultivo del pudor. Histriónico, decían que eras, cuando tu temperamento era ecuánime, sereno y desapasionado. Te recuerdo, César, de pie, tras los paisanos de alguna partida de cartas, en el Uría o en casa Mero, observando cómo jugaban aquellos hombres; y observando te inmortalizó en uno de sus retratos el añorado Amable Arias. Ya ves, César, que sin quererlo y muchos años después de aquel dibujo de Amable, hoy vuelves a la vida a través de otro retrato. Hoy regresas a tu querido Bembibre, y vuelvo a verte subir la cuesta de Susana González, sudando, empujando tu remolque de mano, atestado de paquetes y mercancía que acababas de recoger en la estación del tren y que llevabas a repartir a sus destinatarios. ¡Ah, aquel remolque, César! En el que una tarde, siendo yo niño, me llevaste hasta casa, a cambio de unas lonchas de mortadela que mi madre me había encargado comprar en la tienda de Ceferíno y Bernarda, en Matachana. Me regañaron al llegar, pero mis padres no supieron lo que yo había disfrutado viéndote comer aquellas dos o tres lonchas que me costó el viaje.

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Mario

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