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El desencanto, de Chávarri

He vuelto a ver El desencanto, en Versión Española, y me quedé enganchado literalmente a la pantalla, flipadín, viendo y escuchando a los Panero, unos fenómenos, todos ellos, incluido Michi, que parece el más mono e inmaduro de todos, pero que en la peli también sale, en algún momento, por soleares, poniendo en evidencia a la familia, a su madre, en concreto (lo que parece dejarla desconcertada, a tenor de su mirada), destapando el meollo del cogollo de la famiglia Panero, con un padre, cuentan ellos mismos, castrador, brutal, alcohólico (lo que aprenden y hasta heredan sus hijos) y una madre cínica (cinismo que emplea como mecanismo de defensa, sin duda), intransigente, en ocasiones, aunque luzca una máscara saludable y apuesta. En realidad, ella hubiera querido casarse con un médico (su padre lo era) en vez de matrimoniar con un poeta maragato, falangista y brutal, porque Felicidad Blanc era una señorita bien, muy inteligente y despierta, que cayó en las garras de un marido violento y casi siempre ausente (como muchos padres, pues se desentendía de la prole).

No se extraña uno que la madre, Felicidad Blanc, también acabara de aquella manera, habida cuenta de que tenía que soportar a un tipo como Leopoldo Panero, además de a sus vástagos.

La película, dirigida por Chávarri y producida por Querejeta, nos introduce de lleno y por la puerta grande en una estremecedora puesta en escena psicoanalítica, en la que vemos a los personajes, reales como la vida misma, contando sus intimidades, sus miserias y vergüenzas, sobre todo Leopoldo María Panero, acaso el más inteligente de la  familia, aunque consciente de que sus gestos, sus tics y ademanes nerviosos, compulsivos, lo desrazonan.

En El desencanto los Panero, ya fallecido el padre, sacan a relucir toda su verdadera historia, la que han vivido y sufrido. Una familia desestructurada en toda sin regla. No se extraña uno que los hijos se vuelvan “trastornados”: esquizofrénicos Michi y Leopoldo María, y paranoico Juan Luis, que en la peli aparece como un dandy con sombrero, con cierto acento mexicano. Qué chistoso, el tipito o tipote, aunque por instantes se vuelve extravagante, grotesco. Si bien, Chávarri insiste en que Leopoldo María (que ha llevado una vida de psiquiátrico en frenopático) no es un loco (claro que no, es un tipo fuera de la realidad convencional, vive en otra dimensión, incluso temporal, lo que le ha permitido, por momentos al menos, escribir poemas malditos) que habla recitando, con envidiable lucidez (“en la niñez vivimos, luego sobrevivimos”), porque en su día debía de tener una memoria de elefante, prodigiosa. Pero el paso del tiempo, los fármacos, los hospitales, lo han dejado para el arrastre. Tuve la ocasión de verlo hace poco más de un año en León y el pobrecito (lo digo con todos los respetos) era incapaz de articular, no un discurso más o menos coherente, sino algunas frases inteligibles. Sólo se le oía farfullar, levantarse al baño, tomar coca-cola y ponerse en guardia cuando intenté retratarlo.  

Concebido inicialmente como un cortometraje documental, al decir de su director, El desencanto acaba siendo un largo y una película de culto, un experimento magnífico, que ha logrado resistir el paso del tiempo (y me atrevería a decir que ya es un clásico) porque los personajes cuentan con veracidad -en primeros, estupendos y arriesgados primeros planos- sus vidas, acaso “malogradas”. Michi la espichó aún joven (pero con aspecto de viejo) hace unos años en Astorga, cirrótico perdido. O eso cuentan las malas lenguas. Leopoldo María, ya se sabe, con incontinencia verbal y de la otra, esclavizado a la coca-cola, etc. Y de Juan Luis poco se sabe. Anda desaparecido como un fantasma.

 A lo largo del visionado de la película, los vemos quitarse la máscara griega y teatral para mostrarse al desnudo frente a la cámara, frente a los espectadores. El que más se nos muestra es sin duda el poeta maldito Leopoldo Panero, el cual llega incluso a verbalizar que por un paquete de tabaco les dejaba a los “subnormales” que se la chuparan en la cárcel, que ésta es un buen sitio para estar, etc. Bueno, Juan Luis también se expone a nuestra mirada. Todos ellos (y ella, su madre) se nos abren, como una herida sangrante, en una época (la peli es de 1976) en la que aún pervive el fantasma del franquismo, represivo y castrador (como el padre Panero). El desencanto sí que es un Gran Hermano en estado puro. Se anticipa sin duda a lo que ahora chifla y rechifla al público.

En este documental también vemos pronunciando un discurso, mientras se descubre una estatua de Panero, al poeta Luis Rosales, icono de la época (venerado, por cierto, por el poeta y flamencólogo Félix Grande), en aquella Astorga folclórica.

Transcurridos algunos años, Michi le llegaría a decir a Chávarri (guionista y director de El desencanto) que había convertido una historia cotidiana y vulgar en una leyenda. Y eso es este documental sobre la familia Panero, una leyenda.

Manuel Cuenya

Mario

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