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Bernardo Alonso Villarejo

Sueños en blanco y negro

¡Ay, don Bernardo, si lo hubiera visto, la señora Pradera, pasar pasando, como usted pasaba, con su porte apuesto! Le habría cantado aquello de “fina estampa, caballero; caballero de fina estampa, un lucero que sonriera bajo un sombrero…” Aunque lo cierto es que no era usted de mucho sonreír, don Bernardo, al menos no en público. Siempre conservaba ese aire circunspecto de quien se mira a sus adentros, de quien pretende marcharse de sus propias cercanías, de los límites que le circunvalan, buscando su Hamlet interior que le enfrente a su propia calavera, tratando de llenar de luz las sombras de la duda cartesiana. Siempre buscándose. Porque los genios siempre se buscan, siempre se miran dentro, escrutando la perfección. ¡Ay, don Bernardo! Tal vez fuera timidez. Tal vez un miedo venial. Tal vez un respeto impuesto, o que un Hamlet en miniatura le danzaba la conciencia. ¿Sabe lo que yo pensaba? Cuando le veía caminar con andar sereno y seguro las calles de su Bembibre, pensaba que usted usaba sombrero con doble intencionalidad: para que, a causa de él, nadie pudiera ver a través de su transparente testuz sus introversiones, y como almacén de los sueños que, por acumulación, ya no le cabían en la cabeza. Porque yo tenía claro que usted era un soñador, don Bernardo, y que sus sueños, en blanco y negro, aquellos que no podía retener en su sombrero, los plasmaba usted en bellas fotografías. Era hermoso soñar y crear soñando, como hacía usted, don Bernardo, reflejar plásticamente aquel mundo onírico y tangible del siglo XX, que era, en definitiva, el suyo propio, el de sus adentros y el que veían sus ojos daltónicos. Dos realidades, dos fantasías… (¿Quién sabe?), que se funden, al actuar la luz que entraba por el objetivo de su cámara, en una emulsión química y emocional con la película que captaba lo que usted percibía e imaginaba. Hombres, mujeres, paisajes, vida… Bembibre, España, Europa… Encuadres, picados, contrapicados, contraluces, enfatización de las siluetas, reflejos de un alma autónoma, de un hacedor metódico, de un sentimental callado y un pretendiente del humanismo. Un Quijote, en definitiva, con una cámara fotográfica por lanza, el silencio por adarga, la libertad como rocín y su filantropía como galgo corredor. Que trató de dar al mundo tanto como el mundo le regaló. ¡Ay, don Bernardo! Siempre tuvo usted la conciencia de estar vivo, y tal vez nunca el deseo de regalarnos sus mundos, por eso su sombrero evitaba poder contemplarlos a quienes nos cruzábamos con usted en sus paseos..

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Mario

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