La ternura que da la fuerza

No sabíamos si estaba la halterofilia antes que tú o si nació de ti, Lidia Valentín. Tú le pusiste nombre, soñándola, creándola. Todo empezó a ser contigo. Todo surgió porque lo amaste, surgió todo de tu amor, mujer encinta de universo, mujer concreta, dama-haltera, mujer-tú. No fuimos conscientes de las coordenadas espacio-temporales que encuadran la historia desde el carácter y la utopía, e ignoramos que se podía alcanzar el Olimpo de los dioses desde Camponaraya. Y ahí, tú, con las manos llenas de ríos, de rosas rosas la sangre, de luces quietas las pupilas, sabiendo desde siempre que la libertad de elegir un sueño puede llevarte a la orilla del universo. Fue duro el camino. Difícil ser mujer con alma en el equipaje y transitar lejos del hogar y los tuyos. ¡Cómo no acordarse de cuando el pan era calor familiar y besos y cariño! Porque tuvieron que pesarte los sentimientos, los afectos acumulados, las manos buscadoras de caricias, mensajeras de tactos, y no hallar, como entonces, los saludos de los pájaros. Nunca estuviste conforme con el destino escrito sin tu consentimiento y buscaste lo que buscas sabiendo que lo has de encontrar. Siempre tejiendo esperanzas para darle horizonte a la flor de los cerezos, futuro a los montes de tu mirada y a las sonrisas de la tarde. Ahora lo eres todo, Lidia, un espejo, más que nada, donde vienen a mirarse las ilusiones de otros ojos. Y ahora, al fin, las lágrimas te permiten volver la mirada, por encima del tiempo, y ves que ya no hay distancia entre tu presente y el cielo. Te asomas, orgullosa, al otro lado de la gloria, gritando como gritan los huracanes por los montes de la piel. Ya no eres aquel retoño, Lidia, ya estás plena, como un árbol pleno, y vendrán a buscar en ti la sombra de tu cuerpo de árbol, que lleva flores, que fecunda, que crea ramos de estrellas. Árbol tú, sí, porque abrazas un río, porque abres tus ramas al sol erguido del sol, porque tus raíces abren túneles de sangre en la sangre victoriosa de las sienes. Árbol ancho, como una patria donde guardar el dolor, la pena, la alegría, el miedo, donde hacer un nido de tristezas azules que cantan alegría en primavera. Árbol, tú sí. Siempre árbol, Lidia, robusto y flexible. Árbol que refugia, protege y guarda, haciendo camino al hundir sus raíces. De ramas que crujen al paso de la luz sin sombras, abiertas al mundo honesto, a tu interior de cristal, transparente, líquida tu sabia como el agua que bebes, limpia como el agua que desnuda tu cuerpo, suave como el agua de lluvia en tus hojas. Después de todo, tú, Lidia Valentín; porque ya sabemos que antes de ti no tenía nombre la halterofilia, ni tiempo ni recuerdos. Porque, para escribir la historia del deporte que tanto y tanto amas, hay que preguntar por una berciana que sonríe con toda la ternura que le da la fuerza de un corazón que guarda en sí la luna, mientras busca amaneceres.

 

 

Mario

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