Nairobi, Kenia. Junio de 1977.
El sol empezaba a caer cuando Wangari Maathai dejó de caminar. El sendero se perdía entre una tierra dura y resquebrajada que, años atrás, había estado cubierta de árboles. Allí había habido sombra. Había habido pájaros. Había habido agua cerca.
Ahora solo quedaba el color rojizo del suelo y un viento seco que levantaba polvo.
Wangari llevaba una pequeña radio portátil colgada del hombro. La había encendido hacía un rato, más por costumbre que por compañía. De pronto comenzó a sonar una canción que conocía desde niña.
“Malaika, nakupenda Malaika…”
La voz era suave, casi como si cantara para una sola persona. La presentadora había dicho que era una versión de Miriam Makeba, esa mujer valiente que también había tenido que vivir lejos de su tierra.
Wangari se sentó sobre una piedra.
Escuchó la canción mientras miraba el paisaje. Aquella tierra no era la misma que recordaba de su infancia. Entonces los árboles crecían cerca de las casas, y las mujeres no tenían que caminar kilómetros para encontrar leña.
Ahora muchas regresaban al atardecer con pequeños haces de ramas cada vez más escasas.
Una mujer apareció por el camino con un fardo de leña sobre la espalda. Caminaba despacio. Cuando pasó junto a Wangari, se detuvo un momento para descansar.
—Cada año hay menos —dijo señalando el terreno—. Los árboles desaparecen.
Wangari la miró. Aquella frase llevaba dentro algo más que cansancio.
Recordó su niñez en Nyeri. Recordó los grandes higuerones que nadie se atrevía a cortar porque protegían el agua de los manantiales. Recordó la sombra fresca del bosque.
La canción seguía sonando en la radio.
“Malaika…”
Wangari pensó en todo lo que había aprendido en los libros. En la universidad, en América, le habían enseñado nombres científicos, teorías, modelos. Pero allí, frente a aquella tierra desnuda, la respuesta parecía mucho más simple, si los árboles habían desaparecido, habría que volver a plantarlos.
Miró a la mujer.
—¿Y si plantamos árboles?
La mujer frunció el ceño, sorprendida.
—¿Nosotras?
Wangari sonrió.
—Sí. Nosotras.
Durante unos segundos ninguna dijo nada. El viento movía la hierba seca. La radio dejó escapar los últimos acordes de la canción. Wangari se inclinó y recogió una pequeña semilla del suelo. Era apenas un punto oscuro en la palma de su mano. Pensó que algo tan pequeño podía parecer insignificante. Pero también pensó que un bosque empieza siempre así.
Clavó los dedos en la tierra blanda junto a la piedra y enterró la semilla.
No había discursos. No había periodistas. No había cámaras. Solo una mujer, una semilla y una idea sencilla. Aquella tarde empezaba algo que con el tiempo se llamaría Green Belt Movement. Miles de mujeres kenianas plantarían árboles en los caminos, en los campos, en las colinas desnudas. Décadas después serían más de cincuenta millones.
La radio ya estaba en silencio.
Wangari se levantó, sacudió el polvo de sus manos y volvió al camino.
A veces la historia no empieza con grandes gestos.
A veces empieza con alguien que decide plantar un árbol.
Nicanor García Ordiz
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