20 mujeres que cambiaron la historia

20 mujeres que cambiaron la historia: Clara Campoamor (1888-1972)

Lausana, Suiza. Enero de 1945.

Clara Campoamor llevaba años ya en tierra ajena. Desde su exilio en Ginebra y luego en Lausana, veía el mundo reconfigurarse sin ella. Se había marchado de España en 1936, con la certeza amarga de que ni la ley ni la palabra podían frenar la tragedia. Había defendido el voto de las mujeres, había escrito, debatido, propuesto. Pero tras el golpe militar, tras el silencio, vino el exilio.

Vivía sola en un pequeño apartamento del Boulevard de Grancy. Apenas unas cartas de antiguos compañeros, algún libro enviado desde América, y las noticias de guerra que llegaban por las ondas: Berlín se desmoronaba, los aliados avanzaban, y Franco seguía ahí, asentado sobre los escombros de la república.

Esa tarde de invierno, el frío era más blanco que nunca. Clara preparó una infusión y se sentó junto a la radio Telefunken que había rescatado de una tienda de segunda mano. No tenía más compañía que sus papeles —una biografía que preparaba sobre Concepción Arenal— y la memoria de una vida interrumpida.

La radio emitía un programa en español desde alguna emisora clandestina de los Pirineos, filtrado a veces por las ondas de onda corta. De pronto, sin anuncio previo, sonó una música de guitarra, seguida por una voz que desgarraba el aire:

 

“Apoyá en el quicio de la mancebía,
miraba encenderse la noche de mayo…”

 

Clara se quedó quieta. La voz era masculina, pero no áspera: era pura emoción afilada.

Miguel de Molina, el gran intérprete de coplas, prohibido por el franquismo, pero filtrado por alguna emisora que lo rescataba desde Argentina o desde alguna grabación pirata. Era su famosa versión de “Ojos verdes”, esa copla que recorría las heridas del deseo, la traición, la nostalgia y la pasión sin reglas.

A Clara no le gustaba dejarse llevar por sentimentalismos. Había luchado toda su vida por el derecho a razonar, a no ser tratada como una emoción con piernas. Pero aquella copla la atravesó. En su voz había un temblor que no era solo musical: era de exiliado, de cuerpo que canta porque no puede volver. Porque tampoco lo dejan.

Mientras escuchaba, los versos le pintaban en la mente escenas de otra vida:

Una noche en Madrid. Las Cortes con su rumor de voces. El Congreso aún vibrando por su defensa del voto femenino. El eco de sus propias palabras:

“La mujer española espera hoy de vosotras el voto que ha de redimirla”.
Y luego, los silencios, las traiciones políticas, el destierro.

También recordó otro momento: cuando una periodista le preguntó si se sentía derrotada, y ella respondió:

“Yo no fui derrotada. Me retiré cuando la mentira se hizo ley”.

La copla seguía. La guitarra subía de intensidad.

 

“Ojos verdes, verdes como la albahaca,
verdes como el trigo verde
y el verde, verde limón…”

 

Clara sonrió con una lágrima quieta. Aquellos ojos verdes que cantaba Miguel de Molina no eran los de una mujer traicionera, como decía la letra. Para ella eran los ojos del país que dejó atrás: una patria inmadura, con el alma rota, pero suya.

Verde también era la esperanza, y aunque el presente fuese gris y extranjero, aún quedaba algo por escribir, por decir, por testimoniar.

La canción terminó. El locutor, nervioso, no comentó nada. Como si temiera ser delatado por haber dejado entrar al exiliado Molina en las ondas del régimen.

Clara apagó la radio. Volvió a su mesa. Sacó una hoja en blanco y escribió:

“Hay coplas que valen más que muchos discursos.
Miguel de Molina, desde su exilio, ha dicho hoy lo que tantos callan.
Y yo, exiliada también, lo agradezco”.

Guardó la hoja. Quizá algún día alguien la encontraría. O no. Pero la verdad ya estaba dicha.

Luego volvió al manuscrito de Concepción Arenal y escribió una nota al margen:

“También ella supo que la justicia empieza en el corazón”.
Fuera, nevaba.

Nicanor García Ordiz

 

Mario

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