Con ocasión del primer aniversario del fallecimiento de José Manuel Martínez Rodríguez, la Academia de Ciencias Veterinarias de Castilla y León, cuya sede se encuentra en el edificio de la antigua Facultad de Veterinaria de León, conocido como El Albéitar, celebró el miércoles 10 de junio una sesión In memoriam de homenaje y recuerdo a su persona, como académico de número y tesorero que fue de la misma hasta su fallecimiento el pasado año.
Un acto emotivo en el que intervinieron varios de sus antiguos compañeros de docencia en la Facultad de Veterinaria, y luego miembros de la Academia, como él, profesores Francisco Rojo, Juan José Fernández, Olga Mínguez y Jaime Rojo; sus antiguas alumnas, Silvia Nicolás (también académica) y Margarita Marqués (profesora de Veterinaria, además de sobrina suya), y sus dos amigos de siempre, los bembibrenses Francisco Rodríguez y Ángel Alonso, investigador y académico de honor, actualmente jubilado del Centro Alemán del Cáncer, cuyo texto fue leído por Margot, y que fuera su mentor desde que José Manuel estudiaba bachillerato y luego su referente académico.
Sesión iluminada por las palabras de elogio y reconocimiento a su magisterio como profesor e investigador de Histología y Anatomía Patológica en la Facultad de Veterinaria, durante numerosas promociones, y de Histología en la Escuela de Enfermería; y a su fructífera trayectoria como director del Secretariado de Publicaciones de la Universidad, período durante el cual vieron la luz un crecido número de libros y obras facsímil, algunas tan relevantes como la serie Hortus Sanitatis o la Biblia Visigótico-Mozárabe de San Isidoro, cuyo códice data del año 960. Unos años intensos en que el departamento de publicaciones se convirtió en el segundo editor del país en soporte magnético o edición electrónica.
Compromiso y devoción por el saber y la divulgación de la ciencia y las humanidades que se prolongó de forma muy activa una vez jubilado de la docencia, en ámbitos como la Historia de la Veterinaria y la ya referida Academia de Ciencias Veterinarias, de cuya junta de gobierno formaba parte, y también como conferenciante en numerosas ocasiones. Sin olvidar su faceta como congresista y autor de múltiples artículos y varios libros, además de editor, actividad que siguió cultivando con entusiasmo hasta el final; entre otros casos, con la publicación titulada La peste blanca en El Señor de Bembibre o la edición facsimilar en dos ocasiones de la Adaptación escolar de El Señor de Bembibre, hecha por P. R. y M. en 1925, por la que él sentía devoción a pesar de tratarse de un libro sencillo, desde que su maestro D. José Alonso les inculcase su lectura en la escuela. A menudo, aludía José Manuel a los años de la niñez cuando se subían al muro del arruinado castillo de Bembibre, cercano a su casa, donde jugaban a emular los lances del imaginario don Álvaro Yáñez, protagonista de la mentada novela. Vivencias que andando el tiempo fueron semilla fértil.
Este acto académico de León tuvo continuidad dos días después en Bembibre con la misa de aniversario celebrada en el Santuario del Ecce-Homo: “un referente continuo en mi vida, en la infancia, la niñez, adolescencia, juventud, madurez y ahora en la senectud…” como bien recordara el año 2024 en su Pregón de Semana Santa, pronunciado precisamente desde el atril del Santuario, bajo la mirada del “Santín”. Fue este pregón su último acto público en Bembibre, la villa de sus querencias a la que siempre gustaba regresar y donde descansan sus restos; y en la que también fue pregonero de las fiestas del Cristo el año 2013, y promotor, junto con su sobrina Margot, de la Semana de la Ciencia iniciada al año siguiente y que tuvo varias ediciones después.
Mas, por delante de todo lo anterior, aunque figure al final, sería injusto y sesgado cerrar estas líneas de semblanza sin referirse a las que eran sus mejores señas de identidad como persona sencilla, cercana y afectuosa que era. Maestro en la empatía y el arte de cultivar el diálogo y celebrar la amistad. Y siempre disponible y dispuesto para ayudar y tender la mano con nobleza y buen corazón. Grande, como era él.
Su antigua alumna, Silvia Nicolás, de sangre berciana también, cerró su intervención en la Academia con estas bellas palabras que sirven de broche: “El Señor de la Villa Vieja ha vuelto a casa. Descansa en paz, ‘Señor de Bembibre’. Descansa en paz, maestro. Tu huella queda marcada en la tierra que tanto amaste y en el corazón de quienes tuvimos la suerte de aprender de ti”.
Jovino Andina
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