Todas las personas que han llegado a conocerme bien afirman que nací viejo: Sabio, cansado y desocupado. La mitad de mi tiempo se me escapó y la otra mitad la perdí. Mi cabeza era un hervidero de grandes ideas, pero no me quedaban recursos para llevarlas a cabo. Al tomar conciencia de aquella verdad tan tremenda, sentí miedo por primera vez en mi vida. Un miedo tan intenso, que eché a correr hasta perder el sentido.

 

Tras recuperarme, experimenté una extraña calma en la que todo estaba bien. Sentí que no había margen de error para los hechos acontecidos a diario. De lo sucedido durante aquel intervalo entre un estado y el posterior, poco pude averiguar. Sencillamente, pasé a aprehender el principio universal en toda su simpleza. La única manera de aplacar mi angustia –capté con la entereza necesaria- era sacando partido a cada día y a cada instante, aprovechando lo más beneficioso de cada temporada.

 

Sin más demora, estaba decidido a dejarme llevar por tamaña necesidad. Aunque necesidad no fuese la palabra; tan sólo un modo aproximado de definir mi ansia de implicarme en la naturaleza, de asimilar todo lo que requería para fusionarme con ella.

 

 

El verano había comenzado y la gente transformaba progresivamente sus ocupaciones laborales en pasatiempos y residencias en la costa. Para compensar la sensación de inanición generalizada, decidí salir a faenar con los pescadores. Sentir el frío y la humedad fue una inyección de frescor cuyo efecto se alargaba durante toda la jornada. A media mañana, tras vender la mercancía, podía disfrutar de tiempo libre que dedicaba a consultar todos los libros que me permitían, de noche, estudiar el cielo. Con mi salario matutino pude adquirir un telescopio, de modo que unos intereses fueron derivando en otros. Al descubrir la mágica Nebulosa de Andrómeda, comencé a consultar también todo lo concerniente a mitología. Fue un estío suavemente templado.

 

Durante el otoño, barrí buena parte de las calles de la ciudad. El exceso de hojarasca me conminaba a ordenar el paisaje urbano. Por las tardes me resultaba delicioso volver a observar los tonos ocres, rojos y calderas al pasear por mi entorno o al hacer senderismo. Me impresionó sobre manera la fauna del bosque, la belleza del cual había mirado anteriormente sin ver. Llené cuadernos y cuadernos de campo con bocetos y dibujos a color del pelaje panocha de los zorros, de las sombras salvajes de los lobos, y de las ardillas integrándose entre las ramas de los árboles.

 

Aquel invierno lo recuerdo como el más cálido de mi existencia. Me dediqué a la forja, gracias a un anuncio que hallé por casualidad, dirigido a perpetuar uno de los últimos y casi desprestigiados oficios artesanos. Sabía que mi abuelo elaboró nuestras camas en la vieja casa familiar, las rejas de las ventanas, los marcos de los espejos y un sinfín de objetos que antaño se estilaban de hierro. La añoranza me embargó de tal modo que no pude resistirme. El resto de la jornada lo invertí en aprender a bailar, para no enfriarme. Me resultó doblemente excitante descubrir nuevas formas de mover el cuerpo y de expresarme con él, así como atreverme con los diferentes ritmos del mundo. La sensualidad árabe, la agresividad africana, la sincronización oriental.

 

Con la llegada de los primeros rayos de sol duraderos, comprobé que existían infinidad de actividades fructíferas. Contribuir a recoger las flores del invernadero, prepararlas, clasificarlas y llevarlas a la floristería. Allí realicé todo tipo de ramos. En particular, tuve ocasión de perfeccionar el sistema de conquista más tradicional y disfruté aportando mi toque personal.

 

Coincidiendo con la inminente aparición de los turistas japoneses por todos los rincones, me gustó dar conversación a unos y a otros. Y de ellos pude conocer un arte autóctono que bebe de su saber milenario. El ikebana me cautivó por no residir tanto en la capacidad decorativa, sino en el equilibrio. Dedicándome plenamente a escoger la combinación más adecuada de unos y otros tallos –resolviendo al menos una composición al día-, adquirí la abstracción idónea que me permitió ejercitarme en superar los obstáculos habituales de la vida cotidiana.

 

De una y otra disciplina lo aproveché todo. Desequé los ramos y flores sobrantes, confeccioné potpurrí… El arte floral resultó ser tan instructivo como relajante y me entregué por completo a él mientras fue posible. Pero la primavera se me escapó, y transcurridos doce meses desde aquel estado de revelación, estaba en condiciones de valorar todo lo acaecido y lo interiorizado. Realmente, me sentía muy orgulloso de lo que había conseguido y estaba seguro de poder volver a superarme.

 

Sin embargo, era lo que más me angustiaba. ¡Me faltaba tanto por conquistar y tan poco tiempo para emplear en sofocar mi fiebre de saber! Cuanto más llenaba mi cabeza; cuanto más alimentaba mi espíritu, más huecos vacíos sentía en mi interior. Joven, tan avispado y tan poco experimentado. Mi peor pesadilla se materializaba. Sentí miedo por segunda vez. Iba a morir rodeado de personas que conocían a la perfección el mundo, que podrían controlarlo. Terminaría mis días indefenso, sin saber a dónde dirigirme, perdido como un niño sin la guía de un adulto.

 

Pasé un año tras otro sacando el máximo provecho de todo lo que ofrecía la vida. Descubrí lo inenarrable, lo inalcanzable, lo incomprensible, lo sagrado y lo oculto. Lo perteneciente a otros planos astrales. Me inicié en todo ello y hasta pude profundizar en la mayoría de los temas. Cada día más memorable que el anterior.

 

Pero se me agotaba el aliento.

                                                                                                         Erika Cipré

Mario

Compartir
Publicado por
Mario

Entradas recientes

Jandri, Piñeiro I y Paco reciben la insignia de oro de los Veteranos del Atlético Bembibre

La Asociación de Veteranos del Atlético Bembibre celebró este sábado, 31 de octubre, una comida-homenaje…

15 horas hace

El Bembibre H.C. empata con el Palau en un partido muy serio

El Bembibre H.C no pudo doblegar al Palau i Plegamans tras acabar el encuentro con…

16 horas hace

Bembibre suma al luto nacional el duelo por el fallecimiento de Tamara González en el accidente ferroviario de Urda

Bembibre suma al luto nacional por el accidente ferroviario de Urda (Toledo) el duelo por…

1 día hace

Remontadas y goleadas en la cuarta jornada de la Liga Local de Fútbol Sala de Bembibre

La cuarta jornada de la Liga Local Villa de Bembibre de fútbol sala dejó remontadas,…

2 días hace

Bembibre repartirá 1.800 euros en el Concurso de Escaparates de Navidad

l Ayuntamiento de Bembibre convoca una nueva edición del Concurso de Escaparates de Navidad, que…

3 días hace

Buscan a una vecina de Bembibre desaparecida tras el accidente ferroviario de Toledo

Tamara González Costa, vecina de Bembibre, permanece sin localizar tras el accidente ferroviario ocurrido este…

3 días hace