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A Leopoldo María Panero

Nunca hubiera imaginado ver a Leopoldo María Panero en vivo y en directo… pero la ocasión, tal vez impregnada de suerte, se impuso, y al final he cumplido mi deseo. El pasado viernes, en León (ciudad de poesía y “capital de la literatura), con motivo de la Feria del libro, vi a ese poeta maldito, que algún día me dejara impresionado con su poesía bestial y demoníaca. Aún hoy me sigue pareciendo una bomba de relojería.

Una leyenda viva, Leopoldo María Panero, con su botella de coca-cola siempre en la mano, y su urgencia por salir al baño, aunque el “estaribel” esté ya en marcha. “¿Queréis que os recite un poema?” “¿Os recito un poema?”, decía una y otra vez, aunque nadie parecía hacerle mucho caso. Una buena oportunidad para que Leopoldo María se desfogue, se desdiga, haga y deshaga a su antojo, mas la “mesa” no da la impresión de estar por la labor. “Espérese su turno”, parece decirle un tipo, de cuyo nombre no me acuerdo. En realidad, uno desea que el poeta diga lo que le viene en gana, que se exprese con absoluta libertad, aunque por momentos resulte ininteligible su discurso. En el fondo, Leopoldo María ansía ser escuchado, querido… No en vano, los trastornos, su “desarreglo” ha de ser afectivo. Como casi todos los desequilibrios emocionales. En verdad, uno desea ser amado. A menudo (casi siempre) los hospitales llamados de “salud mental” castran la memoria afectiva, las emociones… Y Leopoldo María Panero ha sufrido mucho. Se nota a leguas. Algo nervioso, tenso por la situación, no para de moverse, levantar los brazos,  adoptar posición de combate (como para defenderse del público), hacer gestos con las manos, empuñar, echarse hacia atrás en la silla, sacar la lengua en un gesto sub-consciente. Pura gestualidad y mímica batalladoras.

Allí estaban también el premio Cervantes, Gamoneda, para recitarnos versos, y en una primera entrega otros muchos, como la mediática Ángeles Caso (a quien confieso no haber leído), Álvaro Pombo (que revolucionó el gallinero con sus sentencias, en ocasiones fuera de tono), Kirmen Uribe (conocido por su novela Bilbao-New York-Bilbao, que tampoco he leído), y como moderador el poeta, narrador y crítico literario Luis Artigue. Pero todo esto daría para otra reseña.

Leopoldo María Panero, dicho sea de corrido, me recuerda al francés Antonin Artaud, aquel surrealista terrible, que acabara recluido en un hospital psiquiátrico, manicomio, diría Panero. Siempre he sentido como una suerte de veneración por los desharrapados, los oprimidos, los marginales, aquellos seres que no se adaptan al sistema convencional, a ese sistema castrador y represivo, estúpido e intransigente que pretende, por todos los medios, meternos en adobo y en vereda. Desconfío, también por sistema, del poder.

El sistema, como tal, siempre aspirará a tener bajo control a la población. El Gran Hermano, ese que nos enseñó Orwell en 1984, nos vigila hasta en nuestros momentos más íntimos. Nos enchufa la cámara en el ojete y de paso nos ausculta con suma precisión. No hay escapatoria posible. Nos tienen fichados, queridos amigos y amigas, y controladines.

El sistema es por definición antropófago, y no soporta que se descarríe ninguna oveja del rebaño. Todos los “mutoncitos, o sea, los borreguines, por la misma senda. Que nadie se salga de la raya, que te fríen, y acabas siendo carne de ambulancia, de frenopático.
A las ovejas negras, en todo caso, se les obsequia pienso terapéutico para que se relajen, o simplemente se les administran sabias dosis de electrochoques. Y si todavía
continúan empalagosas, y no dejan de joder a la élite bienpensante y al poder carnívoro, les acaban propinando el latigazo definitivo.
No es conveniente decir verdades que arremetan contra el poder. No sienta nada bien que uno se lance al ruedo, que le entre a ese toro o vaca que es España por el lado que más duele.

Panero, Leopoldo María, que tuvo que sufrir a un papá intransigente y castrador (alcohólico, según él, como cirrótico acabó Michi), y a una mamá inadaptada a la Astorga mantecada, clerical y militroncha (Felicidad Blanc), aun siendo el tipo más inteligente de su familia (¿qué será de su hermano Juan Luis?), desestructurada sin duda, la familia como célula terrorista, al decir de este poeta maldito, acaba de psiquiatrico en psiquiátrico (de Mondragón a Las Palmas de Gran Canaria) por el abuso de sustancias, por tantos excesos, quizá, o porque quedó tocado por su familia, como nos cuenta en ese documento llamado El desencanto, de Chávarri, y luego continúa su sesión psicoterapéutica en Después de tantos años,de Ricardo Franco. Vaya dos documentales. Como para abrirse las venas.

Nos cuenta Panero en su Agujero llamado Nevermorque “escribir en España no es llorar, es beber,/ es beber la rabia del que no se resigna/ a morir en las esquinas, es beber y mal/decir, blasfemar contra España/ contra ese país sin dioses pero con/ estatuas de dioses, es/ beber en la iglesia con música de órgano/ es caerse borracho en los recitales…. caerse húmedo, babeante y tonto y / derrumbarse como un árbol ante los farolillos/ de esta verbena cultural”.

Escribir en España es como no escribir, porque a nadie le interesa lo que uno pueda contar, decir, sugerir, salvo que uno sea un farandulero o un enchufado. Entonces juntar letras puede convertirse en un gran negocio, y una forma rápida de alcanzar los tronos de esta verbena incultural. Se escriben tantas pendejadas que al final la escritura pierde su importancia primigenia. Cualquiera es capaz de escribir gilipolleces de cara a entretener a un público cada día más entontecido a resultas de las catástrofes que provoca, entre otros, el medio televisivo y aun otras prensas rosa. Escribir en España es como hablar al pedo. La palabra ha dejado de ser importante. Lo único que importa es salir en la tele a cotorrear en medio de esta podredumbre.

Hace algún tiempo coincidí, en Túnez, con un vasco, físico y aventurero, que conoció a este poeta, con aspecto de presidiario (no en balde la reclusión en un frenopático debe asemejarse mucho al encierro en una cárcel), cuando estaba en el manicomio de Mondragón. Por cierto, ¿que será de Mamel Ezquerra?

De gran interés es el ensayo, El contorno del abismo, que le dedica Benito Fernández al poeta de origen maragato, Leopoldo María Panero.

Manuel Cuenya

jachaves

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