Penachada. La Cuevona. Capítulo 17

Diciembre de 2007. Extraerle a cada signo los fermentos vitales es tarea peliaguda. A la dificultad de precisar el contorno y definir el color, se suma acertar el sentido que los brujos les dieron. Unos pocos son tan pastosos que parecen esculpidos en lacre más que pintados, pero por lo general se muestran etéreos, increíblemente translúcidos sobre la opaca piedra. Muchos presentan a la vez anaranjados, cárdenos, bermejos, pardos. Además, mudan de tonalidad según tengan el día, como si alentaran vida propia. El humanoide rojo en tarde soleada, con lluvia torna a morado; los sonrosados bajo nublado, con luz directa desaparecen. A mayores, en este abrigo la roca es pésima. Resquebrajada, húmeda, con veneros ferruginosos que sudan hidróxidos, ácidos, azufre, carbonataciones.

En la parte baja de la Cuevona hay una pared lisa, a pecho descubierto contra los azotes del clima, y sin embargo sus pinturas resisten mejor que las de dentro. Es un friso muy diferente. Si las del abrigo sugieren un dominio metafísico, las del exterior tienen otro más práctico. Haré hincapié en el monigote situado a más altura. Lo he apellidado Jezulín, porque es la cabal imagen del torero cuando recibe dos orejas. Una representación anómala, no es la única, comparada con los parámetros habituales en la estación. Para variar calza pies y posa con ellos de perfil, mientras el tronco está de frente, los brazos alzados. Aunque fuera un aborto contemporáneo, le encarezco a Jezulín viva tranquilo, pues si hasta en los conventos aprovechaba todo, incluso el mancebo que portaba en brazos la madre superiora, por lo que a mí respecta ha de aprovechar también en este manicomio. El panteón egipcio posee una figura clavada a Jezulín, la de Shu, dios de la atmósfera, que con los brazos en alto sostiene a Nut, diosa del cielo, y la mantiene separada de Geb, dios de la tierra. Siguiendo en plan comparativo y acaso descabellado, tendríamos también un Anj o cruz ansada, símbolo de vida, de fertilidad. Atmósfera creadora, cielo, tierra, fertilidad, si pudiéramos relacionar el resto de dibujos con la festividad o la muerte, quizás estaríamos ante un calendario solar. Las figuras se sitúan no de forma aleatoria sino estricta, como si la sombra de alguna prominencia cercana marcase pautas al coincidir con cada una.

Para lograr copias decentes en la Penachada, es conveniente una escalera. De lo contrario has de mudar en mono araña, mantenerte colgado en postura insoportable. Lo ideal sería un andamio, claro está. Hay en el mercado uno muy robusto, subvencionado con noventa mil euros, que incluye en el kit de montaje un lote de becarias. Lástima, el pringao lo tiene fuera de alcance, piden pedigrí y compadrear los fajos.

 “Jamás conocí a nadie que trabajase tanto para no hacer nada”, me decía el abuelo Casimiro. Fabriqué la escalera en aluminio, a medida, trabada con remaches, y es una de las mejores cosas que discurriera nunca. Supuso un adelanto, revolucionó el sistema de estudio, acercándome posibilidades inalcanzables. En el panel inferior desentrañé, gracias a ella, un hombrecito, evanescente, contorsionado por una espina dorsal quebrada: nada menos que un feto de ángel. Envalentonado con la altura de miras, entré de nuevo en faena con Jezulín, por si deparaba novedad. Le dediqué un pase de pecho y otro de costado, con el bloc en una mano y el pincel en la otra, pero la tauromaquia fue huera, el maestro estuvo ausente. Lo ratifico una vez más, cada figura es veleidosa cual mortal, alienta vida propia, encarnándose o volatilizándose a su libre albedrío, perfilando contornos o difuminándolos a capricho. Escéptico, aunque armado de buena voluntad, regresé a los paneles superiores. Perfeccioné alguno, a costa de dioptrías. Trazos hay tan deteriorados que dejé por imposibles.

Invierno modélico, hostil. Empieza a nevar. La virginal cortina cae suavemente, apaga todo sonido, me aísla en un silencio absoluto. Hablan entonces a gritos los signos, resucitados por una claridad que les confiere mágica fosforescencia. Recojo los bártulos e inicio el descenso. Habita entre las sienes la afinidad malsana de las tempestades.

Escribo unas líneas en la libreta, acogido al rescoldo de la hoguera abandonada por los cazadores. Es obra inequívoca, ningún pastor, forestal, agricultor, colmenero habría actuado así, sólo clubes de abogados o dentistas osarían tanto. Alrededor del fuego hay esparcidos envoltorios, bolsas, cajas de cartuchos, latas de cerveza, de sardinas, botellas de vino. El vetusto soto de castaños, tan ahíto de dignidad, siente vergüenza ajena. Donde quiera que va, este gremio esparce desprecio, si cabe aún más bajeza: aversión a la vida. Ve mal los melindres, es de julandrones limpiar. Incentiva la brutalidad, en un claro intento de enmascarar cobardía y tendencia.

 

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Mario

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