Dicen que en las noches de niebla, cuando la N-VI se convierte en un río de sombras, aparece una luz pequeña, humilde, que no es faro ni señal de tráfico. Es la moto de Fofito, un exminero que cambió la oscuridad del carbón por la claridad del horizonte.
No lleva uniforme ni placa, pero todos lo reconocen. Los camioneros lo llaman por la emisora: ¿Cómo está el puerto, Fofito? Y él responde con la calma de quien conoce cada curva como la palma de su mano.
Cuando el hielo acecha, cuando un accidente rompe la rutina del viaje, allí está él. No pide nada a cambio, solo ofrece su presencia, su voz, su auxilio. Como un viejo cowboy, patrulla su territorio: el puerto de El Manzanal. Su ciclomotor es su caballo, la carretera su pradera, y la solidaridad su ley.
Algunos dicen que es un ángel. Otros, que es un loco entrañable. Pero todos coinciden en que sin él, la montaña sería más fría, más solitaria, más peligrosa.
Fofito no busca gloria. Su recompensa es el saludo agradecido de un camionero, el gesto de alivio de un viajero, la certeza de haber evitado una desgracia. En cada kilómetro, en cada curva, late su misión: cuidar de los demás.
Y así, mientras el mundo corre hacia adelante, él permanece allí, vigilante, como un guardián invisible. Porque hay héroes que no necesitan capa ni espada, solo una moto pequeña y un corazón inmenso.
Natalia Moratiel
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