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El perfume, de Süskind

Hace ya años que leí El Perfume (Historia de un asesino), de Süskind, y me encantó. Ahora lo releo porque me han pedido, de la Ser, Radio Bierzo, que hable de un libro, y he elegido, cómo no, esta novela impregnada de aromas, efluvios y también hedores, nauseabundos, como los que caracterizan ese París del siglo XVIII en que está ambientada esta obra.

Un París que poco o nada tiene que ver con el actual (capital de perfumes sofisticados), aunque si uno se adentra en los bajos fondos, y aun en la céntrica e histórica calle de Saint-Denis, la capital francesa, la ciudad de la luz, sigue hediendo a queso rancio, a leche agria… como en la novela de Süskind, escritor alemán que logró proyectarse en todo el mundo con esta singular, sorprendente, olorosa y poética narración.

El argumento es bien conocido, no sólo por aquellos que la hayan leído, sino por quienes se asomaran, en su día, a la película homónima, con un prodigioso Dustin Hoffman en el papel de Baldini, como maestro perfumista del personaje principal o prota, Jean Baptiste Grenouille (la rana).

Süskind nos cuenta la historia de un niño huérfano, abandonado, como si se tratara de un Oliver Twist dickensiano, al que le ocurren todo tipo de desgracias, y aun así, es capaz de sobreponerse a todas, lo que lo convierte, con el paso del tiempo, en un monstruito “por dentro y por fuera”, cual Frankenstein que vagara solitario y en la noche oscura del alma por las montañas, alejado del mundanal ruido -como un eremita, profeta o loco-, y sobre todo de los humanos, a quienes desprecia. Si bien se siente muy atraído por las doncellas -en realidad por su aroma-, a las que asesina, con el fin de obtener, a partir de sus efluvios, una pócima mágica. En este sentido, cabría emparentarlo con otro libertino (y francés), estilo el marqués de Sade.

Bajo, encorvado, cojo, feo, picado de viruela y sarampión, nacido sin olor y aun embotado para olerse a sí mismo, aunque con un sublime y desarrollado sentido del olfato y una extraordinaria memoria olfativa… insensible al amor, al afecto, a la ternura, inmune al mal, casi analfabeto y descreído, reniega de Dios -“¡Qué miserable era el olor de este Dios!-” y de toda condición humana.

Su verdadera y única aspiración es poseer una fragancia o elixir, lograr un aroma “mágico”, “hipnótico” que hechice a la humanidad, con el fin de subyugarla, para que se doblegue ante él.

Abandonado a su suerte (o desgracia) comienza laborando como curtidor -limpiando de carne las pieles putrefactas de los animales, donde contrae una enfermedad que no consigue acabar con él-, luego, cual buen aprendiz de lazarillo, se le ofrece al reputado perfumista Baldini para ayudarle en su trabajo y aprender la técnica de la destilación, hasta que se harta de éste y emprende rumbo hacia la universitaria ciudad de Montpellier donde lo acogen como a una celebridad. Y así continúa recorriendo diversos lugares de Francia, entre otros, Marsella, Cannes, Grasse, en busca siempre del preciado elixir o fragancia única, que acaba logrando con el asesinato de hasta 25 mujeres virginales.

Al final, acaban descubriéndolo y apresándolo, pero cuando lo van a ejecutar -oh, milagro-, con su perfume consigue que la muchedumbre, y aun sus verdugos y familiares de las doncellas asesinadas por él, se arrojen a sus pies, como si fuera un Nuevo Mesías, y se les despierte a todos un apetito sexual salvaje, y comiencen a fornicar en una orgía o bacanal. Es como si se riera de la humanidad, pero cuando uno cree (incluso él mismo) que ya está a salvo, de regreso a París (su ciudad natal), sus congéneres (los de su misma calaña) lo despedazan y se lo zampan en gesto amoroso y sin remordimiento. “Aparte de una ligera pesadez de estómago, tenían el ánimo tranquilo” (escribe el autor refiriéndose a los caníbales).

De este modo, tan irónico y tan cruel a la vez (como la vida misma, como el propio Grenouille) nos relata Süskind el trágico final de este desharrapado que algún día creyó que podría llegar a ser un nuevo Mesías.

La novela es, en el fondo, una crítica feroz contra nuestra sociedad de caníbales, nuestro sistema antropófago, que devora a propios y extraños. También nos muestra el apasionante y efímero mundo de los olores (sobre todo en una época, la nuestra, tan audiovisual). 

A través de Grenouille, Süskind no invita, en un ejercicio harto arriesgado y sinestésico, a ver a través de los olores, algo parecido a la propuesta fílmica de Wenders en Lisboa Story: ver la ciudad a través de los sonidos.

“El olfato, los olores, ese mundo complejo…”, escribe Umbral en ese monumental diario en prosa poética que es Mortal y rosa. “Oler es una actividad poética -prosigue Umbral-. El olfato es quizá el sentido más lírico”.

Y Süskind, con El Perfume, logra una narración lírica de altos vuelos. “Basta con dar un olor o un color -insiste Umbral-. Al lector le basta”. “Los seres tienen aura, que es el olor. Por el olor somos mágicos… Drogarse de olor”. Por el olor nos enamoramos. Cada cual tiene su propio olor, cada ciudad, cada casa… tiene el suyo. Somos pura feromona. Y muy, pero que muy caníbales. Caníbales y reyes, por decirlo al más puro estilo materialista-cultural antropológico. Ahí queda eso. Léase al siempre genial Marvin Harris.

Ahora recuerdo que Amenábar, cuando nos visitó en la Escuela de Cine de Ponferrada, me dijo que le habían propuesto adaptar El perfume, de Süskind, pero al final no salió. Entonces aún no había realizado Mar adentro.

Manuel Cuenya

jachaves

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