Palabras en los ojos

Y dime, Pilar, ¿qué ves cuando miras con esos ojos receptores de vida la nada? No es con esos ojos, Pilar, que se ve nacer un níveo océano de luz que ha de ser, que fue. No son esos ojos los que te permiten aferrarte a los rincones del dolor y de las risas para percibir el cómputo de los silencios y de las entregas a cuenta. No, esos no, son otros los ojos que, como la vida, van apagándose con cada golpe de tiempo, con cada aliento del alma, con cada coito de ternuras desmadejadas en la noche. Lo sabes, Pilar. Sabes que son otros los ojos que te permiten ver cómo ocupa tu interior un océano de costa a costa, y que va dejando que toda la sal del mar habite en ti, todo el rumor del mar, toda la espuma… Y puedes ver cómo siempre al crepúsculo tus islas son anegadas por las mareas infinitas de los pájaros y vuelven a emerger con la brisa de lo urgente. No has de saberlo tú, Pilar, que anocheces con aquellos ojos (los otros) henchidos de los bierzos que se te acumulan durante el día, para amanecerte deslumbrada frente al mar en el medio de las tierras. No has de saberlo tú, poeta, que son otros los mirares que encienden tu ser con la excitación por el verbo, y esa fiebre fue quien parió tu mensaje al retratarte: “La mujer que se esconde detrás de estas palabras como fruto del almendro o la promesa tierna que eriza los castaños no tiene ya otra voz que este oficio insensato de decirse”. Decirse, Pilar, mirando para los adentros con los otros ojos, aquellos tan expresivos, tan receptores como con los que nos miras. Decirse diciendo a los demás que eres luz y palabra y silencio. Que eres tiempo y lugar y la nada. Eres amor y olvido y muerte. Poesía eres, como la de tus ojos, los del rostro y los del alma. Tus ojos, Pilar, que miran evocando palabras. Palabras que nunca fueron tan hermosas como en tus ojos. Nunca tan dulces las palabras fueron como las que se desprenden de tu mirada ni tan altos los sueños que alcanza el pensamiento al sentirte poeta. Nunca, tampoco, tanto dolor se amotinó de golpe tras unas pupilas ni tan herida estuvo la esperanza tras una mirada. Cuántas miradas dadas, Pilar, hacia fuera y por dentro. Cuántas miradas para alcanzar la lluvia, al pájaro de nubes, al silencio que guardas. Tus ojos son tu palabra, tu bella palabra que hilvanas a tu mirada con un hilo de oro arrancado a la tierra de las Médulas, en la mañana. Tu palabra, Pilar, adivina de lo que pasa pasando sin dejar nada o casi nada, tan solo un poco de polvo en la mirada, un poco de cal entre los dedos y más nada.

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Mario

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