El juego del calamar

Creo que sé cómo va la cosa, aunque no he visto ni un segundo de «esa» serie.

Como padre de dos niñas, una de año y medio y otra de cinco y medio… pues cinco años y medio que llevo sin poder ver una película (y tantas otras cosas) decentemente.
La única forma que tendría de hacerlo es robarle horas al sueño, pero éste me vence y me deja dormido a media película, de modo que las tengo que ver de dos o más veces.

Si se tienen niños pequeños no hay otro modo…
O sí, porque hay quien no está dispuesto a hacer ese sacrificio de que un pequeñajo le cambie tanto la vida, y ¿Qué hace? Pues pone la peli (o lo que sea) con el niño delante, aunque sea una película inapropiada para un crío.
Solución perfecta, porque no solo se sale con la suya de ver la peli el padre y/o la madre, sino que el niño se calma y no va a incordiar con otra cosa, porque para éste es un lujo poder ver con papá o mamá una peli de mayores.

-¿Cómo puede ser que a un niño se le deje ver «El juego del calamar»?-
Ya tenéis la respuesta. Si sois padres responsables podéis preguntaros eso mismo, porque justificación no tiene, pero haréis la pregunta retóricamente porque ya sabéis lo que hay.
Hay quien no es padre y de verdad se pregunta porqué alguien hace eso.

Esos mismos, los no padres, que dicen ofendidos -¡Si es que hay padres que les dejan las tablets o los móviles a sus hijos con cuatro años!-.
Esos mismos que, si tienen un hijo, le van a dejar la tablet o lo que haga falta con tal de tener unos minutos de calma.

No es ya que nadie nos enseñe a ser padres, porque a caminar se aprende andando, el problema es que nadie nos prepara para ser padres. De hecho, ahora ya se va oyendo algo más la letra pequeña, pero a la gente mayor solo se la oía que «es lo más maravilloso». Y bueno… lo es, pero ¿Veis la salsa esa que es agria y es dulce al mismo tiempo? Pues está riquísima, pero eso: que también tiene una parte agria.

Ser padre es dejar de vivir tu vida para vivir por y para tu/s hijo/s. Una especie de esclavitud. Un síndrome de Estocolmo.
No me malinterpretéis. Adoro a mis hijas. No he visto nada más hermoso que su sonrisa. Daría mi vida por ellas. No puede haber nada mejor en la vida que su alegría, sin duda.
Pero las cosas como son: también hay ratos que dan ganas de echarse al monte.

Volviendo al lío: que hay padres que no, que no están dispuestos a dejar de hacer como hacían cuando no eran padres: y cogen y ven lo que veían, solo que con su hijo delante. Y así luego tenemos a niños que imitan, jugando, series violentas; o que pintan con tiza, en el suelo del patio, escenas de sexo y hablan de follar.
Me pregunto si eso último es que algunos padres, ultramodernos, se han puesto a enseñarles que no los han traído las cigüeñas o que no es por aquello de «papá pone una semillita que crece en mamá»… porque lo cierto es que las imágenes de sexo que se ven en la tele, no llegan al porno que dibujan algunos mocosillos.
Ahora es que hay padres tan cool que también les joroban la infancia a sus hijos diciéndoles que Papá Noel y los Reyes Magos son mentira.

Ya bastante es que tengamos que quitarles parte de la inocencia, asustándolos un poquillo para que no confíen en desconocidos y esas cosas.
Hechos como el de ese malnacido que acaba de matar a un niño en La Rioja, nos recuerdan que parece necesario meterles un poco de miedo como precaución.
(Una vez más, dicho sea de paso, me pregunto para qué c quieren, esos que van de tan buenos, que un hp así esté suelto después de ya haber matado y violado, y se empeñan en darles una segunda oportunidad… de que vuelvan a hacerlo… ¡Que alguien me explique qué c pinta una «persona» así en la calle!)

Me pregunto hasta qué punto es grave que un niño vea una serie como esa del calamar, porque hace años los niños andábamos más que ahora por la calle sin supervisión, y jugábamos por ejemplo a indios y vaqueros con pistolas de plástico; seguro que también porque vimos eso en la tele, pero jugábamos sin ninguna consideración del bien o del mal, ni mucho menos nos preguntábamos por la equivalencia en la realidad de que un indio o un vaquero recibieran un disparo. No pasaba nada, era un juego inocente sin más.
Pero la violencia y el sexo se han ido haciendo cada vez más explícitos en lo que vemos; y no sé si será grave, pero lo que es seguro es que es innecesario, que sobra.
Un niño no tiene que pensar en esas cosas, no tiene ni que saber que existen. La inocencia es algo fantástico, que nunca más va a vivirse más allá de los primeros años, y rompérsela así, tan pronto, es algo que no hay que dejar que pase.

Así que ya sabemos que no es fácil, que a veces hay que recurrir a una tablet o una tele o un móvil para tener un resquicio de vida propia… pero que en esas pantallas no haya contenido para adultos, por favor.

Tomás Vega Moralejo

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