De premios de cine y colectividades, insultos y otras palabras; y periódicos y bares

Ha saltado la noticia de que peligran los Globos de Oro, los premios de cine que otorga la Asociación de la Prensa Extranjera de Hollywood, entre otras cosas porque el canal que les suelta pasta (NBC) dice que cancela la emisión de la gala.

En este caso el motivo principal es que se pide más transparencia y cuentas claras a la asociación, pero también se la acusa de racismo porque no hay ninguna persona negra en su organigrama (bueno, y por una reciente pillada a su presidente criticando el movimiento «Black Lives Matter», pero ya ha sido destituido y eso se supone depurado).

No hay ninguna norma en esa asociación que impida que haya personas de color; es más, ha tenido una presidenta de origen india. Y en una asociación de menos de cien componentes tampoco sería extraordinario que fueran todos blancos. En principio, y a falta precisamente de que haya más transparencia y se conozcan más entresijos, no hay negros porque no los hay y ya está.

Y es que, si sería censurable que en una organización así se prohibiera la presencia de un colectivo, también es censurable que se obligue a que haya personas de determinado colectivo.

Este último tema se ha dado ya con las mujeres. Ni que decir tiene que deben tener la misma consideración que los hombres, pero ¿Está bien que se haga por imposición?

Me refiero a las leyes de cuotas, o de paridad. Eso de obligar a que, por ejemplo, en los puestos directivos de una empresa haya la misma cantidad de mujeres (o, en algún caso, que sean al menos el 40%) que de hombres.

De ese modo, puede ocurrir que, en una empresa u organización en que haya, pongamos, 10 directivos, se deban escoger 5 hombres y 5 mujeres para esos puestos de alta cualificación. Sin embargo, para estas cosas se debe escoger a l@s mejores y ¿Qué pasa si por la ley de cuotas hay que descartar a 3 hombres que estuvieran más capacitados para ese puesto que tres de las mujeres que se cuelen por imposición? ¿Es eso justo?

Bueno, es cierto que hay que buscar formas de integrar a las mujeres y esa es una de ellas hasta que, esperemos, no haga falta una norma porque ya haya, precisamente, una normalización.

Así que venga, aceptamos cosas así para alcanzar la tan necesaria igualdad, ya que además hombres y mujeres somos casi iguales también en número de ejemplares.

Pero ¿Qué pasa cuando se hacen imposiciones o presiones para integrar colectivos menos numerosos?

|||STOP|||

A medida que voy escribiendo, voy consultando datos… y lo dejo. Estoy viendo que hay porcentajes realmente bajos de inclusión de colectivos como personas negras por ejemplo en la academia de los Oscar. Incluso, resulta que las mujeres están aún lejos de ser la mitad. Y es que no se trata solo de número de componentes de cada «tipo», porque efectivamente no tiene que haberlos porque sí sino por méritos, pero es que hace falta trabajar las oportunidades que se les dan a esos colectivos para que puedan adquirir los méritos.

Así que no, no quiero seguir por ahí.

La chispa que me llevó a iniciar este texto es que por ejemplo este año me parece que ha triunfado en los Oscar una película sencillamente aburrida (Nomadland), y su actriz protagonista (Frances McDormand, también productora de la película y reconocida feminista) ha ganado por un personaje bien ejecutado pero sin dificultades, y su directora (segunda mujer en la historia en ganar el premio) por una película que no tiene una sola escena complicada; es decir, que detrás de esos premios veo una reivindicación de la mujer, olvidándose de que son unos premios de cine.

Está claro que siempre es discutible quién gana, y yo este año además no puedo comparar porque no he visto casi nada de lo nominado, pero me parece una película tan del montón, que no se me ocurre otra causa que el tema de reivindicarse colectivos.

Y me fastidia, porque me parece estupendo que se reivindique a las mujeres y a las minorías, pero me encanta el cine y se trata de valorar cine, y con estas cosas se desvirtúa, como se desvirtúa si se cuelan nominaciones o premios porque les dé por ir todos a una entre el colectivo afroamericano, votando a los suyos por encima de la calidad cinematográfica.

Temo que los Oscar acaben siendo una especie de Eurovisión, donde a menudo asistimos a un baremo de qué países se caen mejor y se votan entre sí, que olvidan que se trata de un concurso de canciones y deberían votar únicamente la calidad musical.

Y en los Oscar ha pasado ya varias veces, casi parece ya una costumbre, que se cuele ese voto por reivindicar a un colectivo, por encima del cine sin más.

Creo que se coló también el año pasado con «Parásitos», tras haber ampliado y diversificado previamente la academia de Hollywood su membresía.

Pero quizás haya que pasar por esto para que un día los premios de cine sean más justos y se puedan centrar solo en el cine.

Iba también a meter por aquí el asunto de que parece que nos estemos haciendo demasiado susceptibles, refiriéndome a cosas como que se pare o suspenda un partido de fútbol por un insulto presuntamente racista.

No justifico el que se insulte, pero no tiene porqué ser peor llamar a alguien hijoputa o cabrón, que llamar a un negro «negro» en tono despectivo.

Cuando se insulta, se busca hacer daño, y para ello se aprovecha lo que se tiene a mano. A Pablo Iglesias hay quien lo llama «el chepas» o «el coletas» (en tono despectivo), y eso no quiere decir que quien así lo llama esté en contra de las personas que tengan algún problema de espalda o el pelo largo y recogido. Buscan meterse con esa persona, punto.

Quien usa el socorrido «hijoputa» no está pensando ni de lejos en la madre del insultado, que bien puede ser una gran persona.

Quien llama a una mujer zorra o puta en un jaleo tiene nula educación, pero hace así porque sabe que con esos insultos hace daño, no necesariamente es el machismo su problema.

Entonces, que se pare todo un partido de fútbol, lo cual afecta a miles de espectadores, entre otras cosas, porque llamen «negro» o «mono» a una persona que tenga la piel oscura, probablemente es exagerado, porque probablemente no es racismo, sino una falta de educación pero equiparable a la de emplear «cabrón» u otra cosa como insulto. Buscan ofender, y saben que así lo hacen ¿Por qué se para el partido por unos insultos y no por otros?

¿No será mejor dejar el fútbol correr? ¿No será mejor aplicar aquello de «no hay mayor desprecio que no hacer aprecio»? Probablemente se esté haciendo un flaco favor llamando tanto la atención sobre unos insultos concretos.

Cambiando, un poco, de tema, leo que «el gobierno elimina el término disminuido de la Constitución»… y es una palabra que suena especialmente arcaica ya, pero en esto el «problema» no está en la palabra empleada para definir a personas con problemas físicos o mentales. Lo que no gusta, o duele, o cuesta asimilar… en fin, no sé cómo decirlo o cómo lo definiría cada persona, pero quiero decir que el «problema» no está en la palabra sino en lo que hay detrás de ella, en el problema real. En el problema físico o mental.

No sé el orden cronológico exacto, pero tras disminuido probablemente se optó por la denominación minusválido, que acabó sonando mal; también se usó la palabra discapacitado, que también está ya en desuso… y alguna otra se me quedará, hasta llegar a la manera oficial de ahora para referirse a «ello»: diversidad funcional.

Pero tiempo al tiempo que eso, que de momento suena simplemente extraño, acabe sonando mal y tenga que buscarse otra forma de referirse al asunto. Porque lo dicho: el problema no está en la palabra sino en lo que refiere.

Seguramente baste con asumir, aceptar el problema. Pienso que quien lo tiene es el primero en aceptarlo, pero los demás nos empeñamos en buscar circunloquios para decir eso que ¿Tememos?

E iba a escribir también, ya aparte, pero lo meto aquí ya que este artículo quedó malogrado y al final no voy a escribir tampoco ese otro, sobre que estoy harto de que un periódico como El Mundo (es que es el que me toca más de cerca), presuntamente moderado (al menos por comparación con ABC o La Razón), meta cada día algo en la portada para meterse con el presidente del gobierno. Alguna vez lo hará justificadamente, pero es que aunque haya cosas más importantes que tratar, eso siempre está ahí, a menudo con una falta de seriedad total, retorciendo las cosas con tal de tener algo con lo que darle caña.

Aburre, cansa… Habrá gente a la que le guste leer eso, pero ¿Tan difícil es publicar información de calidad?

Es una auténtica lástima que no haya ni un solo medio realmente neutral, y que los medios importantes también jueguen a polarizar a la sociedad.

En mi bar cogemos el Diario de León, porque es el que la gente demanda. La gente quiere un periódico provincial, y aquí al menos piden principalmente ese. A mí me gusta más La Nueva Crónica, porque lo percibo más neutral, pero un tiempo que lo cogimos había quien se quejaba y bueno, el Diario de León me parece también un buen periódico.

El Diario de León viene con El Mundo y, de ese modo, es como si estuviéramos metiendo ideología de derechas en el bar. Pero es que en León no tenemos escapatoria, porque ABC (que es el que viene junto con la Nueva Crónica) es aún peor y algún día lo echaría directamente a la basura… y tampoco está la cosa para gastar un plus en traer también El País para tener información de los dos lados (a veces, parece que hablan de distintas cosas aunque traten el mismo asunto).

En el bar, por cierto, está habiendo muy poca gente… menos incluso que otras veces de las que hemos podido abrir en esta pandemia. Me preocupa que ni siquiera sea una cosa temporal, fruto de señalar constantemente a la hostelería como uno de los culpables principales de transmitir el virus, mientras que curiosamente en sitios como los cajeros de los bancos no hay ni un miserable dispensador de gel y nosotros tenemos que estar todo el p día con el espray…

Me preocupa que mucha gente ya se haya acostumbrado a pasar de «ir a tomar algo», y entonces la crisis en este país de bares va a ser más larga y profunda de lo que se podía prever.

Tomás Vega Moralejo

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